En los quince años que llevo asistiendo como abonado a los conciertos de la Real Filharmonía no recuerdo haber tenido que guardar cola en ninguna ocasión para acceder al interior del Auditorio de Galicia. Ignoro si semejante avalancha de público se debió a que los mahlerianos santiagueses salieron temporalmente de la clandestinidad, o a que los padres y madres de los niños de la Escolanía de la Catedral no querían perderse la actuación de sus hijos. El caso es que la sala estaba llena hasta la bandera (y -justo es decirlo- que el respetable se comportó razonablemente bien, habida cuenta de que la única obra en cartel dura casi dos horas).
Es bien sabido que la partitura de la Sinfonía nº 3 en Re menor de Gustav Mahler prescribe un plantel de intérpretes gigantesco: además de una cantante solista, un coro femenino y otro infantil, maderas…
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