Por fin Haydn entró en Les Arts. Lo hizo con exquisita modestia. La modestia la otorgó exclusivamente la brevedad del espectáculo (una hora). La exquisitez, casi todo lo demás. Es cierto que basta que un desfile de deidades clásicas cruce el escenario con garbo de títeres mientras se desenvuelve la obertura para que el espectador rinda su plaza y se entregue sin condiciones. Pero no es menos verdad que el garbo es mucho, tanto, al menos, como el trabajo que oculta. Tan bien llevado a cabo este último (la tradición de la compañía Carlo Colla e Figli se remonta prácticamente a los tiempos en los que aún vivía Haydn) que se llega a olvidar no sólo de dónde vienen los hilos que mueven las figuras, sino los mismos hilos.
Philemon und Baucis es el único de los signspiele para marionetas que se conservan de Haydn. Se estrenó en Esterházy como…
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