Lo siento, lo necesito. Aún a riesgo de otorgarle el protagonismo a quien no le tendría que corresponder, déjenme que primero suelte la bilis amarilla: me rebosa. Nada nuevo, en realidad. Pero más exasperante que nunca en esta ocasión (o será que a mí se me ha acabado la paciencia). Un sector del público del Palau, no precisamente discreto (ni en número ni en usos) es maleducado en extremo. Nadie está libre de un acceso de tos, pero si en vez de amortiguar el impacto sonoro con la mano o, mejor, una prenda, se dedica a proyectarlo sobre el escenario, no merece más que desde el cielo le caiga un contundente y veterotestamentario tornavirón (deseé que muchos de ellos se precipitaran cual lluvia torrencial sobre las butacas). Naturalmente, la indecencia escala una posición cuando la tos no es individual sino colectiva, alternada y, por…
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