DVD - Reseñas

Que les quiten lo bailao

Raúl González Arévalo

miércoles, 12 de abril de 2017
Georg Friederich Handel: Theodora, oratorio en tres actos (1750). Katherine Watson (Theodora), Philippe Jaroussky (Didymus), Stéphanie d’Oustrac (Irene), Kresimir Spicer (Septimus), Callum Thorpe (Valens), Sean Clayton (The messenger). Orchestre et Choeur Les Arts Florissants. William Christie, director. Stephan Langridge, dirección escénica. Philippe Giraudeau, coreografía. Alison Chitty, escenografía y vestuario. Fabrice Kebour, iluminación. Olivier Simonnet, director de vídeo. Subtítulos en inglés, alemán y francés. Formato audio: PCM Stereo 2.0, Dolby Digital 5.1. Formato vídeo: NTSC 16:9. 2 DVD de 182 minutos de duración. Grabado en el Théâtre des Champs-Elysées, París (Francia), el 13-16 de octubre de 2015. ERATO 0190295889906. Distribuidor en España: Warner Classics

Hay algunas producciones que alcanzan la categoría de mito desde el mismo instante de su creación. La Theodora de Handel tiene lugar, fecha y nombres propios: Glyndebourne, 1996, Christie y Sellars. Aún recuerdo el impacto que tuvo en la prensa musical de la época. Y la emisión en la única cadena de pago que había en España entonces. Las grabaciones caseras en VHS circulaban de manera privada. En cuanto Warner la comercializó mereció inmediatamente los más altos reconocimientos, con premios y los mejores posicionamientos en las listas de recomendaciones. Hoy, dos décadas más tarde, sigue siendo la piedra de toque contra la que se miden todas las grabaciones posteriores. En 2003 el propio Christie volvió sobre la obra, en una de las ultimísimas grabaciones del sello Erato antes de su desaparición, pero el aura mágica que envolvía la primera propuesta había desaparecido. Más tarde Ivon Bolton ofrecía su versión (C-Major 2009), con su mejor baza en el Didymus de Bejun Mehta. 

Cuando parecía que estaba todo dicho, hete aquí que Christie vuelve sobre sus pasos y regala su tercera versión del penúltimo oratorio handeliano. Las comparaciones, más que inevitables, son obligadas. No es el primero (ni el último) que lo hace, como revela sobre todo la discografía de obras decimonónicas: Karajan, Solti, Bonynge, Mehta, Plasson, Abbado, Muti... la lista de obras y directores que las han grabado más de una vez es enorme. Pero en el repertorio barroco es mucho menos habitual, quizás porque hay más obras por descubrir. Más de uno se preguntará qué necesidad tenía el director galo-americano de volver a una obra en la que ya había alcanzado la perfección. El propio Christie lo explica en unas notas inusualmente extensas para los tiempos que corren (¡se agradecen mucho!). Así, sitúa el oratorio entre las obras maestras de uno de sus compositores favoritos, aquellas que nunca se cansa de dirigir. Y, más allá de las diferencias del reparto, en veinte años el propio Christie no es el mismo, no ve la obra de la misma manera y tampoco la interpreta igual. De hecho hay una más que probable identificación con Handel, que la escribió cuando su estado de salud le hacía ser plenamente consciente de que se acercaba al final de su vida, una etapa que afrontó con una serenidad de ánimo y energía musical que plasmó en una partitura más perfecta que el libreto que la sustenta. De la misma manera que el director de 73 años parece afrontar la última fase de su carrera. Será uno más de una ilustre nómina, para la que me vienen a la cabeza inmediatamente los nombres de Karajan, Abbado y el recientemente desaparecido Zedda. Que les quiten lo bailao. 

La dirección de Christie sigue siendo mágica, insufla teatro a una obra que prácticamente no tiene acción, y aunque afronta los tiempos con más serenidad que hace veinte años, surge una teatralidad diferente, más reposada, en consonancia también con un reparto de características vocales y dramáticas entre notables y sobresalientes, pero no geniales. De la misma manera, Les Arts Florissants suenan más suaves, menos aristados, que The Age of the Enlightenment, aunque con el mismo virtuosismo y transparencia sonora que los ingleses. El coro está sencillamente magnífico. 

Katherine Watson es una estupenda protagonista, con un perfil muy trabajado, vocal y teatralmente, aunque sin la luminosidad y la cualidad angelical de la inolvidable Dawn Upshaw. Por su parte, Philippe Jaroussky está encarnando cada vez más papeles de alto, y aunque ciertamente ha ganado extensión para hacerlo, sigue teniendo su mejor baza en el registro superior. También en su caso la sombra de un David Daniels sencillamente perfecto, en el mejor papel de su carrera, es alargada. La tesitura se adaptaba mejor a los medios del americano, favorecido además por dominar como nativo una lengua que en el caso del francés es más trabajada. Y sobre todo, frente al galo, que canta divinamente pero resulta inevitablemente más plano, transmitía mayor pasión y tensión dramática. 

Más complicado aún lo tenían Irene y Septimus, que también han debido trabajar más la lengua. Lorrain Hunt era simplemente uno de esos monstruos escénicos, actriz-cantante de personalidad musical y dramática arrolladora, de los que aparecen uno en cada generación. Su Irene barre la siempre interesante Stéphanie d’Oustrac, que no obstante obtiene mejores resultados en el repertorio francés, barroco o romántico. Respecto a Kresimir Spicer, probablemente sea el menos singular de este nuevo reparto. Aunque maneja bien la coloratura y el estilo, carece del mordiente y el empuje incisivo que aportaba al papel un Richard Croft más centrado. 

Respecto a la puesta en escena, hay que decir que la ambientación (escenografía y vestuario) de Alison Chitty suena a déjà vu respecto a Glyndebourne. Todo lo contrario que Langridge, que frente a Sellars, que optó por subrayar la dimensión política del drama -el enfrentamiento entre cristianos y paganos romanos- se vuelca en la dimensión humana de los personajes y sus luchas internas. Dos visiones diferentes y complementarias que sin duda sirven para acercar la trama y sus personajes a la sensibilidad moderna. 

En definitiva, se trata se trata de una nueva propuesta con méritos propios e indudables, aunque no perturbe la gloria de los dioses. 

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