España - Galicia

Detente, ¿eres tan bello?

Paco Yáñez
viernes, 2 de junio de 2017
A Coruña, viernes, 26 de mayo de 2017. Palacio de la Ópera. Jesús Torres: Faust, música para la proyección del film 'Faust - Eine deutsche Volkssage', de Friedrich Wilhelm Murnau. Ilduara Perianes, soprano. María Rivera, mezzosoprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. José Ramón Encinar, director. Ocupación: 50%.
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En la tragedia goethiana, lo que tenía a Fausto inmovilizado, ahogado en un hastío complejo e indefinido, presentaba no pocos visos, además de su impotencia ante tan desmedidas ambiciones en el ámbito del saber, de disociación entre sus investigaciones como hombre de ciencia y el disfrute de la vida cotidiana que lo rodeaba, imposibilitando su integración armónica como ser humano pleno; de ahí, las ineluctables apetencias que, de inmediato, Fausto manifiesta tras su mefistofélico pacto por la juventud, el viaje y, como aspiración tan atávica como espiritual, el amor y el sexo (alquimícense y revuélquense como se desee)...

...devastado en/por su apatía, Fausto clamaba por ese momento de realización, por un instante en el que todo refulgiese armónicamente como un acorde vital perfecto: ese fulgor ante el que pedir a la existencia que se detuviese, para apurar el asombro de la belleza (como equilibrio) absoluta.

Quienes a diario afrontamos el desafío de tener una existencia integrada en la vida musical gallega (aunque más bien nos podríamos situar en el bando de los apocalípticos -siguiendo la dicotomía expuesta en 1964 por Umberto Eco-), sabemos, como Fausto, que las plagas que azotan a nuestra sociedad son difícilmente conjurables. Entre ellas, destaca en nuestras programaciones orquestales la peste del conservadurismo, momificante virus ante el cual algunos no encontramos pócima que lo remedie, estando a un tris de trazar un círculo de fuego en el suelo e invocar a un Mefistófeles que pueda dar la vuelta a esta tortilla de tan enmohecidos ingredientes y tan sobada receta.

A tal grado de inmovilidad hemos llegado, que los únicos conciertos que en nuestros auditorios cuentan con un programa orquestal íntegramente dedicado a la música del siglo XXI tienen que venir de la mano de una disciplina artística mucho más joven, como lo es el cine. Tal fue el caso, en noviembre de 2012 (dentro de la temporada de abono de la Real Filharmonía de Galicia), de Nosferatu - Eine Symphonie des Grauens (2002-03), partitura del compositor andaluz José María Sánchez-Verdú para acompañar el filme homónimo de Friedrich Wilhelm Murnau (Bielefeld, 1888 - Santa Bárbara, California, 1931); y tal vuelve a ser la situación, casi un lustro más tarde, de Faust (2007-09), música del compositor aragonés Jesús Torres (Zaragoza, 1965) para la proyección de la película Faust - Eine deutsche Volkssage (1926), de nuevo, de un Friedrich Wilhelm Murnau que parece ese Mefisto que posibilita el que nuestras orquestas dediquen un concierto monográfico a la música de nuestro siglo (aunque triste es que siempre con el 'caramelito' de la película en pantalla, como si la música por sí sola no tuviese peso suficiente para dar solidez y enjundia a un programa). El problema de estas rutinas conservadoras es que acaban atrofiando la capacidad del público para la sorpresa, renunciando buena parte del mismo a abrirse a experiencias musicales más allá de los estrechos límites impuestos por las direcciones orquestales...

...la gala de inauguración de la VIII Muestra de cine periférico [S8] de A Coruña, fue un buen ejemplo de ello, al no estar programado este concierto como parte de la temporada de abono 2016-2017 de la Orquesta Sinfónica de Galicia, sino como primer evento de dicha muestra cinematográfica (de cuyo riesgo y voluntad de modernidad bien podían aprender quienes diseñan nuestras temporadas orquestales). Si algo no falla en los conciertos de abono de la OSG, es un público que prácticamente llena el Palacio de la Ópera cada fin de semana. ¿Cómo entender, por tanto, que ni la mitad del aforo estuviese cubierto para este concierto (con el agravante de que, de esa mitad, gran parte de los asistentes no era público habitual de la orquesta herculina)? Coyunturas de índole personal no pueden justificar (¡¿coincidentes todas ellas en un solo día?!, ya sería mala pata, cuando a otras citas orquestales fuera de la temporada se asiste en masa) la deserción de más del 75% del público habitual de una OSG a la que siguen con tal fidelidad cada año. En mi opinión, es esa rutina acomodaticia, esa peste del conservadurismo, lo que hace del melómano alguien de tan escasa curiosidad más allá de los barrotes de oro (de hojalata, en tantas ocasiones) en los que los confinan las programaciones orquestales, dándose situaciones de deserción masiva ante novedades como la de esta noche; algo por lo cual, de entrada, así como por las implicaciones que ello tiene en cuanto a rutinas y políticas culturales, no podría decir, en absoluto, aquello tan fáustico del «Detente, eres tan bello».

Y eso que uno asistió al concierto con la esperanza de vivir ese instante epifánico de belleza y plenitud, en el que todo refulgiese armónicamente: diálogo interdisciplinario, música de calidad, interpretación convincente y una alta asistencia de público que rubricase con éxito la apertura de nuevas vías en la programación de eventos similares; vamos, algo del estilo de lo vivido en noviembre de 2012 en el Auditorio de Galicia compostelano en el antes mencionado Nosferatu de José María Sánchez-Verdú... Nada que ver, la velada de hoy, con aquella jornada, una de las más completas y satisfactorias que recuerdo en la vida de nuestras orquestas desde su formación, hace aproximadamente dos décadas.

Tampoco la partitura en sí puedo decir que colmara mis expectativas. Conozco desde hace años la música de un Jesús Torres que siempre me ha parecido (dentro del innegable oficio del zaragozano para la escritura orquestal) capaz de obras de notable interés junto con otras de menor fortuna. Su Faust sintetiza todo ello, mostrándose como un trabajo irregular, repleto de altibajos, con pasajes muy logrados sucedidos por compases simplones y/o efectistas (aunque, en mucha parte de su metraje, la película de Murnau a ello se presta, más moralizante y esquemática que el Faust (1808/1831) de Goethe, por poner un ejemplo -si bien, con guion de Hans Kyser, el Faust de Murnau también se basa en la tragedia goethiana, además de en el Dr. Faust (1604) de Christopher Marlowe-). El propio Torres declara sobre su composición que ésta no pretende ser una banda sonora al uso: el acompañamiento o el subrayado musical de la imagen, sino construirse en paralelo casi al modo de una suite. Es un pensamiento, sin duda, interesante, pero que provoca que película y música presenten demasiadas incoincidencias que obstaculizan mutuamente el desarrollo integrado de ambas. A mayores, se produce un abuso de temas reiterativos estilísticamente cercanos a un postminimalismo que no pega en modo alguno con el cine de Murnau, tan expresionista y descarnado (incoincidencia no por el estilo en sí, pues recordemos la banda sonora de Philip Glass para el Dracula (1931) de Tod Browning).

Fueron esos compases los más desafortunados, por machacones y extraños a Murnau en cuanto a expresividad; especialmente, en los temas de las cuerdas. En sus notas para el estreno del Faust de Jesús Torres, Álvaro Guibert nos hablaba de una «música a contrapelo», que jugaba de forma incluso antitética en ritmos, alturas, tonos y colores con respecto a lo aparecido en pantalla, lo que refuerza su carácter de obra musical para ser escuchada en paralelo, o a «un par de metros por encima de la película, en el sentido de que, salvo en ciertos momentos de sincronización imprescindible, no se ve compelida a reaccionar a la peripecia menuda, sino a más periodos formales de orden superior», dice Guibert, para quien la película sigue inalterada, señalando dos planos entre la acción cinematográfica y la sublimación musical estructurada por Torres en nueve escenas; algo que, creo, no acaba de funcionar como lo hacía, por ejemplo, el Nosferatu de Sánchez-Verdú con respecto a la película de Murnau, diálogo interdisciplinario en el que música, imagen y color (asociación sinestésica crucial entonces) fluían con una respiración compartida.

Pero, de entre las nueve escenas de este Faust musical, sin duda hay pasajes, como antes señalamos, realmente logrados, como la tercera de ellas, el 'Pacto con Mefisto', trepidante y más apropiada en timbres graves y siniestros, como el del contrafagot, además de presentar una acerada paleta de colores y ritmos en la orquesta, con profusión (uno de los logros de la partitura) de un juego percusivo proliferante que envuelve la orquesta en texturas y polirritmos diversos, marcando las dinámicas y los acentos musicalmente más extremos; aunque todo ello desemboca, en la propia escena de la invocación, en ese motivo postminimalista, facilón y simplista, que el propio Guibert describía así en 2009: «La firma del pacto ocurre en un ambiente repetitivo de diseños do-re-mi, sencillísimos, tipo “Fausto on the Beach”», aunque falte la integridad estilística de Philip Glass en sus bandas sonoras, partituras que no tienen porque gustarle necesariamente a uno más que este Faust de Jesús Torres, pero que, al menos, mantienen una coherencia en cuanto a lenguaje.

Otras escenas presentan más engaste con la película de Murnau, como la quinta, 'Llega el amor', en la que se presenta un pertinente juego de ambientes sonoros entre el idílico enamoramiento de Faust y Gretchen, por un lado, y el picante juego de Mefistófeles y la tía Marthe, por otro (escena que despertó algunas risas entre el público: algo tan extraño en nuestros circunspectos conciertos orquestales -aunque hemos de aducir dichas risas a lo visual, si queremos ser justos-). Al no ajustar Torres su música al montaje de Murnau, por momentos ese acierto en la duplicidad de caracteres acaba dando la vuelta a las cosas, con lo que se producen situaciones que (se interpreten como se interpreten, pues una justificación la hay para casi todo) rompen el sentido visual, produciéndose una -digamos- 'esquizofonía' (no se tome aquí el término en el sentido primigenio acuñado por Murray Schafer) entre película y música. Por el contrario, en la sexta escena, 'La trampa del diablo', la proliferación de técnicas extendidas es un buen trasfondo sonoro para una imagen llena de equívocos, dobles sentidos y peligros, que concluye con el asesinato del hermano de Gretchen y con el rechazo de ésta, ya embarazada, por parte de sus vecinos. Una pena, que Jesús Torres no se haya extendido más en escenas acústicas como éstas, más modernas en estilo musical y coincidentes con la tensión de la película, algo que le hubiese dado un mayor empaque y una respiración compartida con Murnau; además de ahorrarnos esos dejes facilones que en nada ayudan a construir los que Guibert catalogaba como «periodos formales de orden superior».

'Rechazada', séptima escena de Faust, vuelve a mostrar esas dicotomías entre pasajes a tempo, mutuamente reforzados entre imagen y música, y periodos de 'esquizofonía' en los que se rompe el vínculo de una forma que creo perniciosa para la construcción/integración compartida de significados (y fácil hubiese sido en esta parte del metraje, con el lúgubre deambular de Gretchen por la nieve hasta la muerte de su hijo y su sucesivo arresto -y sin caer necesariamente en una música programática-). En 'El último adiós' hace aparición la voz, con un trabajo técnica y expresivamente muy refinado de la soprano Ilduara Perianes y de la mezzosoprano María Rivera en el serpentear ascendente de sus pasajes asemánticos, entrecruzadas y apoyadas sus voces mutuamente como dos chorros de luz para señalar la verticalidad del inminente ascenso de Gretchen y Faust al cielo, ya en la novena y conclusiva escena, 'La resolución final', en la que las sutiles proyecciones de las cantantes (no sé si estaba preparado el que delante de ellas se emplazaran dos pianos, pero lo cierto es que los efectos de reverberación de sus voces en las cajas y arpas de los pianos generó un eco de lo más sugerente) dejaron paso a un poderoso efectivo de percusión, con una triangulación entre el set central y dos sets (con preponderancia de membranas) instalados a ambos extremos del escenario, prácticamente en su frontal. Un gran crescendo percusivo marca la rúbrica sonora de este Faust, tan efectista en la música de Jesús Torres como en el moralizante final de la película, en uno de los pasajes que diría desafortunados en ambas, con el ascenso de un Faust salvado por el amor, con unas percusiones en fortissimo que han atronado el Palacio de la Ópera con una contundencia inmisericorde.

La interpretación de Faust a cargo de la Orquesta Sinfónica de Galicia me ha parecido, en el desarrollo de los muchos planos que Jesús Torres señala, más compacta y homogénea que la propia partitura, con una firmeza a destacar, poniendo en un primerísimo plano a la sección de percusión, esta noche especialmente afortunada, ya en lo más puramente rítmico, en los muchos efectos de espacialización, en la síntesis de timbres y texturas (como el roce de arcos contra láminas), en un manejo ejemplar de las dinámicas, o un su pulso compartido (en especial, en la escena conclusiva). También muy destacadas las maderas, tan rugosas en el registro grave, con una densidad y un carácter mistéricos; así como las cuerdas, ya a bloque (excelentes, los contrabajos), ya en formato camerístico, pasajes en los que brillaron los primeros atriles de violonchelo y segundo violín; y los metales, esta vez sin estridencias desaforadas, también rotundos y fantasmagóricos en el registro grave, poniendo voz a lo diabólico. Al frente de solistas vocales y OSG estuvo esta noche José Ramón Encinar, director que estrenó en Madrid la partitura (de la que es dedicatario) y una de las batutas con las que la OSG ha vivido algunas de sus páginas más afortunadas en lo que a repertorio contemporáneo se refiere. Gran seguridad, la suya, a la hora de matizar la música de Jesús Torres, aunque imagino que lo suyo costará navegar en tantos compases a contrapelo del metraje visual, algo en lo que ha mostrado contención y un profundo respeto a las ideas del compositor. Muy atento, también, a las sutilezas dinámicas de la obra, que marcaba sistemáticamente con todo su cuerpo, para graduar los diferentes planos y presencias que cohabitan en una película tan prolija en estratos y capas de significado, ya explícitas, ya soterradas, como lucha entre las fuerzas celestiales y diabólicas, cuya presencia Torres no deja de insinuar aunque en pantalla no aparezcan, haciendo latente esa tensión (en lo que sería, aquí sí, un acierto de su partitura).

La respuesta del público fue, en global, realmente entusiasta, con numerosas personas puestas en pie vitoreando el espectáculo, quizás buscando detener ese instante tan bello que, sin duda, habían experimentado. Personalmente (quizás, fáusticamente), en el evento encontré claroscuros que me privaron del acorde perfecto; pero, en conjunto, se trata de una de esas apuestas interdisciplinarias que deberían estar más presentes en nuestras programaciones orquestales (como obras con ballet en directo, teatro musical, etc.: otra muestra de la escasa voluntad de innovación que padecemos sobre nuestros escenarios). De hecho, como ya hemos comentado, este concierto no formaba parte de la temporada de abono de la OSG, lo que ha deparado tan pobre asistencia de público habitual de la orquesta. Haber programado este concierto dentro de la temporada (como sucedió en Santiago de Compostela con Nosferatu, entonces en coordinación con Cineuropa), hubiese supuesto un ambiente mucho más propicio para el descubrimiento compartido, para abrir rutas en nuestras anquilosadas orquestas, llegando (especialmente si se hubiese doblado viernes y sábado el concierto) a mucha más gente, algo que debería ser uno de los objetivos tanto de la orquesta como de la muestra [S8], así como de una concejalía de cultura que, pese a su supuesto 'progresismo', en cuanto a propiciar una modernización artística de la OSG no deja más que desear (si es que algo les importa una música culta que, igual, creen periférica a sus intereses).

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