Lo mismo Britten pensó que de ponerse a escribir una ópera cuyo título no identificara un carácter principal, la primera de las suyas que cumplía esa particularidad, lo mejor era acudir a una obra literaria que fuera modelo universal del “este personaje no es quien parece (o quizás sí)”. De esta forma Henry James, condensado en el libreto de Myfanwy Piper en escenas de acumulativa tensión, le proporcionó al compositor su mundo de relaciones laberínticas entre niños y adultos, entre humanos y fantasmas, entre sueños y realidades. Como Britten tenía un bisturí por estilográfica y un tintero repleto de sensibilidad y poesía, el resultado fue, una vez más en él, genial. Y también, claro, un desafío para sus intérpretes.
Que este desafío haya sido aceptado por el Centre de Perfeccionament Plácido Domingo y que el desenlace haya sido tan…
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