No escuchaba en vivo a la Orquesta Filarmónica Checa desde los tiempos de Vaclav Neumann, así que ya he perdido la cuenta de las canas que me han salido desde entonces. En todo este tiempo la orquesta ha vivido una época llena de turbulencias, con los tijeretazos presupuestarios derivados de la crisis generalizada, y con el nombramiento de directores que venían con fallidas promesas de grabaciones discográficas –o que se han demostrado incompatibles de carácter-.
Todo ello se ha traducido en una muy escasa presencia en los circuitos internacionales de una orquesta que se ha visto obligada a viajar en los aviones de la fuerza aérea checa. O en autobuses de poca fiabilidad, como se puso de manifiesto en el accidente sufrido tras un concierto en Viena en marzo de 2015, resultando heridos trece de sus miembros.
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