¿Qué es eso de la crítica musical?

Momentos musicales

Raúl González Arévalo
viernes, 20 de octubre de 2017
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Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

Hace unos meses, con ocasión de la publicación del primer volumen de la serie iniciada por Elvio Giudici (Il Seicento) abría la reseña diciendo: “¿Quién critica al crítico? No es infrecuente que los melómanos cuestionen las reseñas de periodistas y colaboradores de medios musicales, sobre todo desde que Internet impuso la globalización y permitió que todo el que quisiera publicara su opinión en foros y blogs. Evidentemente, cada uno es dueño y señor de su criterio, esté más o menos formado. Y el juicio de quien hace críticas (musicales, cinematográficas, literarias o del tipo que sea) no deja de ser una opinión personal (...). En este contexto ¿tienen sentido las guías de grabaciones en el siglo XXI? Rotundamente sí: opiniones particulares y publicaciones especializadas de autores de trayectoria y saber reconocidos no son en absoluto incompatibles”. Ahora bien, ¿quién y cómo decide que otro puede hacer de crítico? Y sobre todo ¿qué es la crítica?

La pregunta que nos han pedido que respondamos en Mundoclasico.com puede parecer sencilla, pero no lo es. Cualquiera que haya escrito crítica musical con cierta regularidad se ha preguntado en algún momento por su sentido. Cuando escribieron su primera crítica probablemente fueron conscientes de sus propios límites. Pero, sobre todo, se plantearon cómo abordarla porque, además, como es evidente, no hay estudios oficiales para ser crítico musical (ni literario; ni cinematográfico; ni teatral). Es más, ni siquiera hay asignaturas de crítica musical en los conservatorios ni en todos los grados de Musicología universitarios: los primeros preparan músicos, los segundos académicos e investigadores. De hecho, en muchas ocasiones, incluidos algunos de los autores más reputados, los críticos no tienen estudios musicales oficiales. Citaré dos ejemplos foráneos significativos: Elvio Giudici, el decano de la crítica italiana, autor de importantes publicaciones de corte enciclopédico, es licenciado en Biología y ejerció como profesor en la Universidad de Milán. Por su parte, Christian Merlin, del diario francés Le Figaro, comentaba en una entrevista concedida en febrero pasado que no tiene estudios de musicólogo, no toca ningún instrumento y no tiene formación específica como crítico musical: cursó estudios de Filología alemana.

Con cierta frecuencia quienes se dedican al tema de modo profesional se quejan del intrusismo derivado de la proliferación de “críticos musicales” en los últimos años, especialmente al amparo de Internet. Y tienen razón. En un ambiente de opinadores y osados algunos (no sé si muchos o pocos, ni llevo la cuenta ni me interesa) se han subido al carro de la crítica musical y expresan su opinión en diversos foros, blogs, medios y espacios de opinión. Huelga decir que eso no convierte a nadie automáticamente en crítico, de la misma manera que el que investiga por gusto y publica artículos sobre la historia de su pueblo podrá ser considerado un erudito local e incluso cronista oficial (cargo que existe), pero nunca un historiador profesional.

En sentido contrario, tampoco debe haber una ‘casta’ (palabra de moda) que decida de modo unilateral y arbitrario quién forma parte de ella y tiene por tanto derecho a pontificar de forma absoluta sobre el bien y el mal musical. En realidad, ambas figuras son compatibles y pueden convivir. A condición de que los términos estén claros. Por más que tengan un conocimiento amplio sobre la materia, no son lo mismo un bloguero que publica su opinión en una página cuyo contenido controla en exclusiva, o un forero que intercambia pareceres con otras personas con las que comparte un interés, que un crítico que forma parte de un equipo más amplio y publica con regularidad en un medio de comunicación en el que las funciones y los campos están repartidos según el criterio de un director o editor jefe, con una línea editorial (de mínimos o de máximos).

Podemos seguir hablando de los tipos de crítica y el sentido de cada una. Lo primero que salta a la vista es que no hay un solo modo. Las características de la ópera, la música instrumental de corte sinfónico y la música de cámara son muy diferentes. Sin ánimo de polémica, la lírica es probablemente el género más complicado por todos los elementos que reúne: canto, orquesta, puesta en escena y tradición. El elemento teatral, sobre el que ya ha reflexionado Jorge Binaghi, marca una diferencia importante, al margen de la discusión eterna sobre el lugar que debe ocupar. Además, de modo general, en muchas ocasiones hay que tener en cuenta también la existencia de escuelas nacionales, con tradiciones muy concretas, más allá de la división por estilos y períodos. De hecho, con frecuencia los críticos se especializan y tienden a actuar en un espacio delimitado, ya sea de género musical, ya de época (o ambos a la vez). En mi caso, la ópera.

Comoquiera que sea, entiendo que el sentido principal de la crítica es dar información al lector: de las características de una producción, del estado vocal de los cantantes, del nivel del conjunto instrumental, y la visión que ofrece un director. En el caso de las grabaciones discográficas, a las que en los últimos años he dedicado más atención, considero fundamental, además, valorar si aportan algo nuevo cuando se trata de obras que conocen múltiples versiones. Para ello hay que distinguir entre sentido artístico y sentido comercial, una cuestión en la que ya entré hace poco a propósito de un nuevo DVD de Los Cuentos de Hoffmann: “Lo primero que me pregunto cuando me llega un lanzamiento para reseña es qué sentido tiene. En el caso de la música clásica en general se puede distinguir claramente entre sentido artístico y sentido comercial. El primero justifica el interés de una grabación desde el punto de vista musical: primicias, recuperación de patrimonio, interpretaciones novedosas o excepcionales. El segundo no siempre concuerda con el primero. De hecho, el mercado del disco no se habría saturado, acabando con la gallina de los huevos de oro, si muchas grabaciones perfectamente prescindibles no se hubieran materializado, pese a la previsible imposibilidad de recuperación de inversión”.

Así pues, el sentido comercial responde más bien al interés de la compañía por explotar el tirón de un intérprete, no necesariamente excepcional ni novedoso, y que puede residir más en una cuestión de imagen que de calidad musical. O incluso en la obligación de cumplir un contrato de exclusividad por el que ha comprometido un número concreto de grabaciones. Por último, si se trata de una primicia discográfica absoluta habrá que introducir brevemente el contexto de su creación, tanto si es contemporánea como si se trata de una recuperación.

Por otra parte, el propio concepto de crítica puede ser tan complejo como se desee aunque, probablemente, lo que defina el tipo y el sentido de la crítica es el medio en el que se publica y el destinatario al que se dirige. No se puede poner en el mismo plano la media columna que se concede en un periódico local, donde el crítico prácticamente es un cronista, o en un suplemento cultural generalista, que el análisis que se puede desarrollar (y el lector espera) en un medio musical especializado. No digamos ya cuando no hay límites de espacio, como es el caso de las publicaciones digitales. Y como todo en la vida, un crítico no tiene que valer para un roto y para un descosido: siempre ha habido excelentes divulgadores y grandes expertos. Uno y otro tienen su público y se esperan cosas diferentes de ellos.

Ahora bien, el medio y el público al que se dirige la crítica no dejan de ser elementos externos, los que conforman un sentido y una utilidad social y cultural. Pero desde un punto de vista interno la crítica tiene que ir forzosamente más allá del sentido particular del gusto y estar fundamentada. En este sentido las variaciones más evidentes se dan en el mundo de la ópera: de María Callas a Anna Netrebko pasando por Pavarotti o Domingo, los intérpretes más grandes tienen detrás una legión de partidarios y detractores acérrimos. Al margen de pasiones, inevitables y hasta necesarias, lo cierto es que hay cuestiones que no son de gusto, empezando por la capacidad técnica y las condiciones naturales. O la adecuación –vocal, estilística– a un papel.

El marketing que despliegan las grandes discográficas contribuye a confundirlo todo. Vende como estrellas productos enlatados y cantantes que apenas están comenzando y tienen todo por demostrar, o son simplemente honestos profesionales. Además, es prácticamente imposible que todo lo que canta un intérprete lo haga bien, siempre. Difícilmente puede debutar de forma magistral un papel, en el escenario o en disco, en una interpretación histórica. Aquí es donde el crítico debe distinguirse del palmero. Más que nada por honestidad, credibilidad y respeto a sus lectores. Solo hay una factor que lo garantiza: independencia, económica (del medio de comunicación y del crítico) e intelectual.

Yo no me defino como crítico musical, no es mi actividad laboral. De hecho, no solo no vivo de ello: nunca me han pagado por escribir. Llegué a mundoclasico.com, donde comencé mis colaboraciones musicales, por azar: un compañero de este diario al que me presentó una amiga común supo que iba a Italia por trabajo y habló con Xoán M. Carreira para que me acreditara ante el San Carlo de Nápoles. Y nuestro editor me puso a prueba. Dieciséis años después sigo aquí. Aprecio enormemente la libertad y la confianza que me han concedido siempre. Por supuesto, también la posibilidad de tener buenas entradas y recibir grabaciones.

De todas las satisfacciones que me ha traído escribir críticas me quedo con la experiencia de compartir la pasión por la música, los profesionales que he conocido (sobre todo cantantes, por razones obvias, pero no solo) y lo que me ha enriquecido como persona. Y los buenos amigos que he encontrado por el camino y los momentos que hemos compartido. Al final la vida son momentos. Las críticas también: una ventana a un momento musical.

En ese sentido, como historiador considero muy importante –a buen seguro por deformación profesional– la dimensión histórica de la crítica, en especial con las grabaciones discográficas: el Don Giovanni de Richard Bonynge para Decca (1968) fue machacado por el uso de una orquesta de dimensiones reducidas y por introducir variaciones en la línea vocal. Hoy en día se reconoce su carácter pionero, a pesar de que algunos criterios han quedado superados. Por otra parte, el consenso que concita a día de hoy el mito de María Callas no se corresponde con las críticas alternas que recibió en vida, en pleno auge de la rivalidad mediática con Renata Tebaldi.

De la misma manera, es probable que las críticas de hoy en el futuro, con otra perspectiva, se interpreten mediante claves de lectura diferentes. Así, la revisión presente del pasado también puede conducir a cambios de valoración, en un ejercicio que se podría definir de memoria histórica, para restaurar en su dignidad y en el lugar que en justicia les corresponde a compositores y artistas maltratados por razones ajenas a su valor musical. Así lo he entendido recientemente al revisar la Thaïs de Anna Moffo, con una crítica que titulé Redimir el ídolo caído, o con el monográfico de Diana Damrau sobre Meyerbeer.

Después de leer todo lo que he puesto tendré que concluir que, entre otras razones, escribo desde un compromiso ético que nace de un modo de entender la vida y la sociedad a la que aspiro, de forma que al final la ventana de la crítica es bidireccional, entre un momento musical concreto y la mirada que saco de él.

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