España - Andalucía

La Ópera vuelve a Málaga

Raúl González Arévalo

martes, 14 de noviembre de 2017
Málaga, viernes, 3 de noviembre de 2017. Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Giacomo Puccini (final Franco Alfano): Turandot, ópera en tres actos sobre libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni. Othalie Graham (Turandot), Eduardo Sandoval (Calaf), Ruth Rosique (Liù), Felipe Bou (Timur), Antonio Torres (Ping), Emilio Sánchez (Pang), Luis Pacetti (Pong), Juan Manuel Corado (Mandarín), Cipriano Campos (Altoum). Escolanía de Santa María de la Victoria (Narciso Pérez del Campo, director). Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director). Orquesta Filarmónica de Málaga. Arturo Díez Boscovich, director. Emilio López, dirección escénica. Aforo: 1.104 localidades. Asistencia: 100%.La Ópera vuelve a Málaga

El título de esta crítica no es genérico, a pesar de las apariencias. Desde la marcha de Lorenzo Ramos como director artístico encargado de la temporada lírica del Teatro Cervantes, la ópera había recibido un tratamiento marginal en Málaga, evidenciado en espectáculos de calidad artística y musical más que dudosa. Para muestra, las sucesivas producciones contratadas con Opera 2001, en las que ni siquiera se contaba con el Coro de Ópera y la Filarmónica de la ciudad. Las cosas empezaron a cambiar la temporada pasada y han culminado en esta apertura, en la que hemos vuelto a las buenas costumbres abandonadas.

Para el estreno de la XXIX Temporada Lírica el teatro malacitano ha echado la casa por la ventana. Se ha repuesto el histórico telón pintado de Ferrándiz después de años de restauración y se ha programado un título espectacular y atractivo para el gran público. Se ha ofrecido una producción escénica del Teatro de la Maestranza, se ha contado con las fuerzas musicales más destacadas de la ciudad y se ha realizado un casting de papeles secundarios y figurantes, anunciado convenientemente en la prensa local. En este sentido, y como he reivindicado desde estas páginas en diversas ocasiones, un buen teatro de provincias (dicho en el mejor de los sentidos, y no solo en el más digno) tiene una doble obligación de servicio: el cultural a la sociedad local, pero también el de conceder oportunidades de desarrollo a talentos locales. En esta ocasión se han vuelto a conjugar todos los elementos como hacía mucho que no ocurría. Y la Ópera volvió a Málaga por la puerta grande. El resto de la temporada promete: Così fan tutte dirigido por Hernández-Silva con un plantel muy atractivo de voces jóvenes con recorrido internacional en marzo y Rigoletto en mayo. Además, en febrero regresa el tenor americano Gregory Kunde. Parece que la travesía del desierto ha llegado a su fin.

Aclaradas estas premisas, llega el momento de la reseña propiamente dicha. Hace poco reflexionaba en la serie programada por Mundoclasico.com sobre la naturaleza de la crítica y los diferentes tipos [ver artículo]. Me doy cuenta ahora de que hubo una variable que no introduje: el crítico debe realizar sus comentarios en el contexto musical en el que se desarrolla el espectáculo. No se puede medir con la misma vara una producción en los primeros teatros mundiales que en otros contextos más modestos. Lo que no quita la necesidad de realizar un comentario honesto que no caiga ni en la autocomplacencia ni en el conformismo.

El papel protagonista de Turandot es muy difícil de asignar por sus exigencias vocales. Sin duda Othalie Graham posee la voz dramática necesaria para hacerle frente, con un volumen muy grande que dominaba con facilidad todos los momentos de conjunto, haciéndose escuchar por encima de coro, orquesta y demás solistas con una potencia y una facilidad sorprendentes. Sin embargo, su gran aria de entrada, “In questa reggia”, no las prometía felices: la soprano canadiense la acometió con la voz fría y tuvo algunas incertidumbres en la afinación, aunque como suele ser habitual con las voces grandes la interpretación mejoró conforme avanzó y se calentó. Así ocurrió a partir de la escena de los enigmas. Lo que no cambió fue la pronunciación, con un deje anglosajón muy perceptible.

Eduardo Sandoval posee los medios spinto adecuados para Calaf, aunque por momentos se echó en falta un volumen mayor. La celebérrima aria “Nessun dorma” no fue lo más destacado de la noche, probablemente sintió el peso del momento y se notaron los nervios. Pero fuera de ella su interpretación del príncipe fue notable, más lograda que la de la protagonista, dotó de la dulzura necesaria a “Non piangere Liù” y le imprimió fuerza a “Principessa di gelo”.

La más aplaudida al final de la noche fue Ruth Rosique, que también fue la más ajustada a su cometido. Aunque un tanto corta de fiato y con tendencia a tocar los agudos más que a sostenerlos, centró el personaje, presentando una Liù sensible y tierna. También destacó por su buen desempeño Felipe Bou como Timur.

El trío de ministros estuvo perfectamente equilibrado y compenetrado. Quizás el menos personal fue Emilio Sánchez, en cualquier caso, un Pang más que suficiente. Antonio Torres llevó la voz cantante como Ping. El barítono malagueño posee una voz bella y dominio técnico sobrado que le permite centrarse en la interpretación y “olvidarse” de las notas. Por su parte, Luis Pacetti como Pong fue el que mejor transmitió el carácter burlesco del trío con una mímica simpática. Eché de menos haberles visto en desempeños de mayor calado porque tienen capacidad sobrada para eso. Juan Manuel Corado fue un Mandarín correcto y Cipriano Campos encontró el equilibrio justo entre el canto necesario y el carácter anciano del emperador Altoum.

El Coro de Ópera de Málaga tuvo una gran noche y la mejor interpretación que le recuerdo en años. No cabe duda de que ha sabido aprovechar la oportunidad que se le ha brindado para reivindicarse. Desde la escena inicial se notó todo el trabajo que ha realizado con Salvador Vázquez, todas las cuerdas sonaron homogéneas, aunque quiero destacar en particular la de los tenores. Hubo muchos matices y fue un gran pilar en el éxito de la función.

De la misma manera, en la Filarmónica de Málaga se nota el nivel de calidad al que la ha vuelto a llevar Hernández-Silva. La orquesta supo trasladar toda la opulencia orquestal y el preciosismo sonoro ideado por Puccini. Los instrumentos de viento metal y la percusión, tan solicitados, destacaron en los momentos clave que les requerían. La cuerda sonó cálida, apuntalando el edificio sonoro dirigido por Arturo Díez Boscovich. El joven director malagueño da un paso más en su carrera con la apertura de la temporada lírica y con un título tan complejo. La solvencia técnica para guiarlos a todos está sobradamente acreditada. Acompañó a las voces atento a sus necesidades, en particular a la protagonista, que se lo agradeció en los saludos finales. Respecto a la interpretación, hubo ideas muy buenas, como confirmó en particular todo el primer acto. En los siguientes por momentos eché en falta más pulso, en particular en el final del segundo acto, que le faltó rematar y donde encontré el tempo más académico que dramático. Probablemente se solucione con más rodaje y más oportunidades. Sin duda las merece.

La puesta en escena es lo mejor que ha visto el Cervantes en mucho tiempo. Desde un planteamiento tradicional se aprovecharon bien los recursos de que dispone el teatro. Pero, además, hubo una buena dirección de actores, en particular del coro. No era fácil con un espacio reducido y con escaleras, pero se salvó la tentación de una masa y unos solistas estáticos. La participación interpretativa de todos los implicados hizo el resto. Bravo.

 

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