Saben bien los amantes de la novela negra (género que —dejando a salvo lo muy superior de su interés y calidad— presenta no pocas afinidades con la actual situación de la musicología en España) que uno de sus trances más característicos se da cuando, sea cual fuere el cuerpo del delito, hay que hacer desaparecer al testigo: a aquel cuya mera presencia desmonta la coartada, cuya sola mirada acusa, cuya palabra denuncia, cuyo conocimiento estorba.En eso están ahora con Isaac Albéniz los especialistas-de-toda-la vida; o sea, los que hasta ayer ignoraban, negaban o caricaturizaban y hacían chirigota de los esfuerzos serios por sacar a la luz su relevancia en otras áreas distintas del piano: la canción, la escena, la orquesta ... Y como aquí ninguna buena obra deja de recibir su justo castigo, de pronto el temible furor de los conversos…
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