España - Galicia

La mirada cómplice

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 23 de enero de 2018
Santiago de Compostela, jueves, 18 de enero de 2018. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Lars Vogt, piano y dirección. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano nº 2 en Si bemol mayor, op. 19; Concierto para piano nº 3 en Do menor, op. 37; Sergei Prokofiev: Sinfonía nº 1, op. 25 «Clásica»; Igor Stravinski: Concierto en Re. Asistencia: 90%.
Lars Vogt © Neda Navaee

Cuando en un concierto los papeles se reparten entre pianista y director puede ocurrir que haya divergencia de criterios entre uno y otro con un resultado desastroso; del mismo modo que si los criterios convergen el placer es doble. Por eso normalmente no soy partidario de que un solista asuma también la dirección: bastante tiene con su parte como para ocuparse además de concertarla, y no me gusta nada la idea de estar sufriendo por si atinar con una tecla va en detrimento de atinar con una entrada -o viceversa-, como menos aún me agrada que la atención al instrumento comporte un acompañamiento orquestal rutinario.

Salvo en los supuestos de previo e íntimo conocimiento entre las partes (y siempre que la obra en cuestión lo permita). Cosa que no se daba esta noche, porque -si no yerro- el alemán Lars Vogt (Düren, 1970) sólo había tocado una vez con la Real Filharmonía (y eso fue en 2010, y con director), y encima en cartel había no uno sino dos de los Conciertos beethovenianos. Sabía que, de un tiempo a esta parte, a Vogt le ha dado también por dirigir; pero, así como conocía su buen hacer al piano, no tenía la menor referencia directa sobre sus habilidades con la batuta. De manera que me senté en mi localidad con espíritu escéptico.

Y entonces sucedió aquello por lo que –no siempre- vale la pena asistir a los conciertos: el mensaje intelectual y el mensaje sensorial que uno recibe hacen que los prejuicios salten en pedazos, y lo que prometía ser una velada sin pena ni gloria se convierte en una experiencia plenamente satisfactoria. Vogt tocó los dos Conciertos con la soltura y la seriedad de quien conoce estas piezas del revés; y además ofreció una dirección orquestal llena de matices, de buen gusto, y de fraseo imaginativo. Hubo rotundidad en los primeros movimientos (con algún momento de apresuramiento poco justificado), y sana diversión en los últimos; y hubo magia suficiente en los tiempos lentos –sobre todo en el Concierto en Si bemol- como para convertirlos en el centro de las obras.

Vogt no es un pianista de sonido especialmente poderoso, pero a su Beethoven no le faltó ni un ápice de limpieza ni de contundencia; y en esos tiempos lentos supo jugar con los armónicos de su instrumento (tocar el piano sin su tapa también tiene alguna ventaja) para hipnotizar a la orquesta y al público. En la orquesta se preocupó por los acentos sin perder la fluidez del discurso (si hubo algún desajuste en un par de entradas, no fue nada que no se enmendara en una fracción de segundo), y sobre todo por hacerla cómplice de su concepto, que no es otro sino el de participar de igual a igual para dar coherencia a la interpretación. Valga como ejemplo la conclusión del primer movimiento del Concierto en Do menor: Vogt terminó la cadencia preparando el aire misterioso que ha de iniciar el latido del timbal, y con paciencia y proporción construyó un final brillante.   

Que dos (casi) desconocidos lleguen a ese grado de complicidad en unos pocos días de ensayo no es algo que ocurra todos los días. Por eso es de justicia felicitar asimismo al concertino James Dahlgren: él sabe igual que Vogt que la mitad de la labor de dirección se hace con la mirada (más aún en este caso, en que las manos están ocupadas con el teclado), y Dahlgren acertó a captarla, procesarla y distribuirla en la orquesta. Con razón Vogt no quiso ningún aplauso en exclusiva, aunque al final no le quedó más remedio que corresponder con una propina, por cierto apropiadísima: Buenas noches de Leoš Janáček.

Por si no fuera bastante, en esos mismos pocos días Vogt y la Real Filharmonía también tuvieron tiempo de preparar un par de piezas orquestales. El Concierto en Re de Stravinski (conocido como “Concierto de Basilea” para no confundirlo con su Concierto para violín, y porque se lo encargó Paul Sacher para su orquesta basiliense) salió de una finura impecable. Y si a la Sinfonía Clásica de Prokofiev le faltó ligereza de pulso en el primer movimiento, el resto fue una gozada, con ese “finale” en el que se escuchaba todo, y todo se escuchaba con su picardía y su buen humor. Esta obra le sienta como un guante a la Real Filharmonía, y debiera ser obligatorio que la tocaran una vez al año. Por lo menos.  

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.