Cuando en un concierto los papeles se reparten entre pianista y director puede ocurrir que haya divergencia de criterios entre uno y otro con un resultado desastroso; del mismo modo que si los criterios convergen el placer es doble. Por eso normalmente no soy partidario de que un solista asuma también la dirección: bastante tiene con su parte como para ocuparse además de concertarla, y no me gusta nada la idea de estar sufriendo por si atinar con una tecla va en detrimento de atinar con una entrada -o viceversa-, como menos aún me agrada que la atención al instrumento comporte un acompañamiento orquestal rutinario.
Salvo en los supuestos de previo e íntimo conocimiento entre las partes (y siempre que la obra en cuestión lo permita). Cosa que no se daba esta noche, porque -si no yerro- el alemán Lars Vogt (Düren, 1970) sólo había tocado…
Comentarios