Ópera y Teatro musical

Mozart en el desierto

Fernando Peregrín Gutiérrez

jueves, 1 de febrero de 2018
Trilogía Mozart Da Ponte © Ópera de Dubái

A mis nietos Marlén y Olmo, tercera generación de operófilos de mi familia

Dubái, la capital del emirato del mismo nombre que forma parte del Estado de los Emiratos Árabes Unidos, es sin duda la ciudad más cosmopolita de la región del Golfo1. La población, cercana a los tres millones de habitantes, se compone de un 15% de nativos o ciudadanos emiratíes. Del resto, el 85%, la mayoría son de origen asiático, predominando los hindúes. En general, excepto una pequeña parte de estos emigrantes de origen asiático (principalmente de India), se trata de una población obrera y de bajo nivel económico y de vida. Adicionalmente, pero sin mezcla alguna, hay una pequeña pero muy importante presencia de occidentales (principalmente británicos), directivos, técnicos y financieros de gran nivel profesional y económico, a los que se les denomina como “ex-pat” (del inglés “expatriates”), estatus que confiere grandes privilegios como residente aunque no es fácil de obtener oficialmente.

La ciudad ha crecido y trasformado enormemente desde que yo la visité por primera vez, a principios de la década de 1980. El hecho de haber sido designada como sede de la Exposición Universal de 2020 ha dado lugar a un desarrollo urbanístico espectacular y se dice que exagerado. Parte de ese desarrollo en el centro de la ciudad (“Donwtown Dubai”) lo constituye el llamado Distrito de la Ópera.

De todas las iniciativas culturales que han cobrado vida en los últimos años, la más destacada es la Ópera de Dubái. Según Jasper Hope, Directos General, "desde el punto de vista técnico, es una verdadera obra de vanguardia, desde la iluminación hasta su capacidad de adaptar distintos estilos y equipamientos a su diseño, es extraordinaria". Con vistas a la Fuente de Dubái y al Burj Khalifa, la estructura inspirada en un “d-how”2 árabe le debe su diseño al arquitecto neerlandés residente en Dubái, Janus Rostock. Con capacidad para hasta 2000 asistentes, su exterior de vidrio curvado recuerda a las embarcaciones de madera tradicionales tan arraigadas en la historia marítima de Dubái. Se tardó tres años en terminarse y su costo ha sido de 330 millones de dólares.

Se trata sin duda de una ambiciosa y algo extravagante iniciativa cultural, pensada para conferir prestigio internacional a la ciudad y atraer a la flor y nata de los “expat” occidentales. Se asienta en lo que hasta hace relativamente poco tiempo era un desierto de arena que atravesaba el Creek, una ría natural que se adentra unos 10 kilómetros en los arenales. Tanto por su diseño exterior, claramente relacionado con el mar, como por sus elegantes, amplios, modernos y discretos interiores cerrados por grandes ventanales curvados, recuerda a la Ópera de Sidney, si bien la sala parece inspirada por la de la Metropolitan Opera de Nueva York.

Por dentro, la temática náutica prosigue; el arco del edificio, como el de un barco, alberga el escenario principal, la zona de la orquesta, las zonas de los asientos, que son cómodos y de discreta elegancia, además del tejado y del jardín elevado. La parte trasera del edificio se expande como el casco de un barco y hace las veces de zona de espera, parada de taxi y zona de aparcamiento. El interior ha sido diseñado para funcionar en tres modos sin problema: teatro, suelo plano y de conciertos, con capacidad para albergar banquetes además de conferencias y exposiciones de arte.

Inauguración

La Ópera de Dubái fue inaugurada oficialmente el 31 de agosto de 2016 con un recital de ópera y zarzuela a cargo, ¡cómo no!, de Plácido Domingo, acompañado por la soprano portorriqueña Ana María Martínez. En el programa, en su primera parte, arias como “Nemico de la patria” (Giordano) y los más célebres dúos de La Traviata (Verdi) e Il Trovatore (Verdi).

En la segunda parte, un repertorio más ligero, con dúos de musicales de Broadway (My Fair Lady y West Side Story) y de arias y dúos de zarzuelas. La gala lírica concluyó con cinco propinas, con el bolero Bésame mucho como último encore, que a instancias del tenor, fue acompañado, lo mejor que pudo, por la audiencia, poco versada en este tipo de repertorio.

En el foso, la orquesta de la Fondazione Teatro Lirico Giuseppe Verdi de Trieste, bajo la batuta de Eugene Kohn, que abrió la velada con la, obertura de Die Meistersinger von Nürnberg (Wagner).

La acústica tanto del foso como de la escena, cuando la sala está configurada como teatro, lírico, es aceptable y clara, aunque más bien seca y en palabras de miembros de la orquesta del Teatro San Carlo de Nápoles con los que conversé durante mi visita a ese teatro de ópera, un tanto “particolare”, en el sentido de ser diferente de la tradicional de las salas típicas italianas – Teatro alla Italiana, según las pautas establecidas por el Teatro Farnese de Parma (1618) -- en forma de herradura y con escenario separado de la sala por la embocadura o arco de proscenio.

Temporada 2017-2018

La programación de la sala lírica está previsto que sea ecléctica, con predominio de los recitales de ópera y de los más célebres musicales internacionales. Así, y en la actual temporada 2017-2018 han pisado el escenario de la Ópera de Dubái el dúo (lírico y sentimental) formado por la soprano Anna Netrebko y el tenor acerbaiyano Yusif Eyvazov; la también soprano Danielle de Niese y el barítono Bryn Terfel.

Las representaciones operísticas programadas incluyen las tres óperas de Mozart-Da Ponte (Così fan Tutte, Le Nozze di Figaro y Don Giovanni), la Mandela Trilogy (ópera/musical de Louis van Dijk y Mike Campbell, con libreto y dirección de Michael Williams), Aida (Verdi) y Eugen Onegin (Chaicovski).

Adicionalmente, y en estos días, se pondrá en escena el musical Evita (Andrew Lloyd Webber/Tim Rice) y los ballets Romeo y Julieta (Prokofiev) y El lago de los cisnes (Chaicovski).

Asimismo están programados conciertos de la European Union Young Orchestra, la Orquesta de Cámara del Festival de Verbier, el pianista y compositor Ludovico Eunadi y su banda y la serie de recitales de músicos jóvenes titulada Music in the Studio.

Festival de óperas de Mozart-Da Ponte

El punto álgido de la temporada estuvo, sin duda, con la trilogía de óperas de Mozart-Da Ponte, en producciones del Teatro di San Carlo de Nápoles. Este festival Mozart, como lo denominaron los responsables de la Ópera de Dubái consistió en dos representaciones, unas a principios y las segundas, a mediados de septiembre, de las tres óperas de Mozart con libretos de Lorenzo Da Ponte en montajes especiales para esta visita que ha realizado el Teatro di San Carlo de Nápoles.

Este teatro, uno de los mejores de eso tan representativo de la cultura italiana que son los teatros de ópera de provincias, ha sabido elegir excelentemente a sus directores artísticos y musicales. Los montajes de la trilogía Mozart que presentó el localmente conocido como “nostro Massimo” son nuevas producciones, estrenadas en esta gira por la ciudad de los Emiratos Árabes Unidos y específicamente concebidas y realizadas para esta ocasión, pues no figuran el cartellone del San Carlo para esta temporada ni parece que vayan a figurar en el repertorio de su sede napolitana próximamente3.

Es interesante para los lectores españoles, llegados aquí, que el actual director artístico es Paolo Pinamonti, exdirector del Teatro de la Zarzuela de Madrid, y que tras hacerse cargo del teatro napolitano, se ha nombrado por indicación suya a Zubin Mehta como director musical honorario y a Juraj Valcuha como director principal.

Lo primero que llama la atención de la trilogía Mozart-Da Ponte del San Carlo es la unidad estilística de las tres óperas, tanto en lo vocal como en la puesta en escena, en la mejor tradición de la opera buffa (o commedia per musica o drama giocoso), que como es sabido, es de origen precisamente napolitano. Los montajes son fieles al espíritu y al libreto de cada ópera, sin que se pueda decir que resulten anticuados o conservadores. La dirección escénica de los cantantes es bastante buena en general y el resultado, muy vivo y de excelente calidad teatral. La unidad estilística de los tres montajes se debe a que todos están firmados por el mismo regista, el italiano Mariano Bauduin, que contó con la colaboración en todos ellos del escenógrafo Nicola Rubertelli y el diseñador del vestuario Giusi Giustino.

Pese a esa igualdad estilística a la que he aludido líneas antes, el resultado concreto varia con cada título, siendo el más logrado el de Così fan Tutte, con inteligente y apropiado uso de la plataforma circular rodante del centro del escenario y de los esquemáticos decorados, suficientes no obstante para el desarrollo de la acción escénica. No es ese el caso, por ejemplo, del último acto de Le Nozze di Figaro, que se debería desarrollar en un jardín frondoso y donde faltaron los elementos necesarios (el libreto requiere “due padiglioni praticabile”, esto es, dos pabellones que no sean meramente figurados, sino que puedan usarse) para los juegos del escondite y de identidades intercambiadas. Sin esos elementos para esconderse unos de otros, la escena resulta confusa y poco realista.

Quizá el menos escénicamente logrado de los tres montajes sea el de Don Giovanni, con una escena inicial poco inteligible que anuncia un desarrollo escénico irregular y algo oscuro, aunque también con algunas buenas escenas. Más importante aún en este montaje de Don Giovanni para calificarlo como el menos bueno de los tres fue la omisión incomprensible hoy día del conjunto final3.

Me he referido ya a los decorados de Nicola Rubertelli a los que he calificado de esquemáticos y figurados, eso sí, diseñados y ejecutados con exquisito buen gusto. Los colores son cálidos y naturales, propios de las épocas rococó y neoclásicas de la gran escuela napolitana de pintura. Acertados asimismo las pinturas, de temática marítima, en los grandes tapices que sirven de fondo de escena, claramente inspiradas en vistas del golfo de Nápoles. Magnífico y lleno de color y adecuación a la época, el vestuario diseñado por Giusi Giustino.

La Ópera de Dubái dispone de un moderno, completo y técnicamente avanzado sistema de iluminación escénica, que fue aprovechado con acierto por los responsables de la escena, con la excepción del Don Giovanni, donde faltó el adecuado y necesario contraste entre las escenas de luz, que resultaron bastante apagadas, y las de oscuridad, demasiado negras y faltas de la necesaria visibilidad.

Orquesta y los “maestri concertatori e direttori d’orchestra”

La orquesta del Teatro San Carlo es una de las mejores que haya en los teatros de ópera de provincias italianos, destacando su cuerda, que sin embargo, sonó algo apagada, esto es, áfona en algunas ocasiones, (muy especialmente en la obertura de Don Giovanni) siendo difícil decir si debido al “maestro concertatore e direttore d’ochestra” Hansjörg Albrecht, quizá el más conocido y con más amplio CV artístico de los tres directores que llevó a Dubái el Teatro di San Carlo, o a la acústica de la sala. Cuando se pudo disfrutar del mejor sonido de esa orquesta fue en Così fan Tutte dirigida por Andrea Albertin, director artístico y musical de la compañía Opus Lirica de San Sebastán. Los vientos y las maderas, tan importantes en esta ópera, sonaron francamente bien, y las cuerdas tocaron con una “italianità” remarcable3.Finalmente, a buen nivel, excepto en la obertura, poco brillante y carente de la necesaria chispa, el director musical del Le Nozze di Figaro, Maurizio Agostini, un joven director de frecuente aparición en el foso del San Carlo.

Los elencos

El Massimo napolitano presentó en Dubái compañías de canto con jóvenes, algunos muy jóvenes valores de la lírica. La mayoría de ellos de origen italiano y cuya carrera se viene desarrollando en Nápoles y en otras capitales de provincias de Italia. Así, como Figaro se presentó a Filippo Polinelli, que ha tenido ya papeles protagonistas en Trieste, Bari, Nápoles, Bolonia y ha sido comprimario importante en grandes coliseos líricos internacionales como La Scala o el Covent Garden. Defendió con acierto y buena presencia escénica el rol, ayudado por la “italianità” del sonido de su voz, la articulación del lenguaje y su escuela de canto. Igualmente algo más que aceptables y cantando con perfecto estilo italiano de Mozart (bastante diferente del internacional de Viena, Salzburgo o Mónaco de Baviera) Valentina Mastrangelo como Sussana y Roberta Mantegna como la Condesa. Aunque nacida e iniciada como cantante en San Petersburgo, la mezzo Marina Ogii se acabó de formar en Italia y está desarrollando su carrera y terminando su formación en el mundo de la lírica italiana. De ahí que su Cherubino, correctamente interpretado y no exento de cierta gracia, sonó lo suficientemente italiano para no desmerecer en ese sentido de sus dos colegas italianas. Curiosamente, estas dos funciones en Dubái han sido sus dos primeras apariciones con la compañía lírica del San Carlo. Annamaria Napapolitano, ex miembro del coro del San Carlo y comprimaria habitual en ese teatro, interpretó con suficiencia a Marcellina. Poco se pudo apreciar la presencia en la escena de otro italiano, también ligado al Massimo napolitano, Dario Giorgiè en el rol de don Bartolo, pues se suprimió incomprensiblemente su aria “La vendetta, oh, la vendetta”. No hubo sitio, por otra parte, para Barbarina en estas funciones que comento, por lo que el último acto se resintió de su necesaria presencia como confidente de Figaro (amén de omitirse por ello la cavatina “L’ho perduta, me meschina”).

Ya he dejado constancia de que el montaje más redondo fue el de Cosí fan tutte. Con un reparto bastante equilibrado y formado por jóvenes intérpretes, es difícil destacar a alguno de los seis protagonistas, curiosamente sólo dos de los cuales son italianos, Chiara Tirotta, bastante aceptable, tirando a excelente Dorabella y Abramo Rosalen, un Don Alfonso muy digno, pese a su juventud, y con una vena cómica más que notable que se ha especializado en “ruoli buffi” como Mustafà y Basilio.

Otros protagonistas de Così fan tutte fueron la mejicana Karen Gardeazabal, como estupenda y muy juvenil Fiordiligi y que se prodigó mucho en 2017 como comprimaria en el Palau de las Artes Reina Sofía de Valencia (para 2018 está previsto que sea también Fiordiligi en Trieste). Formó con su colega Chiara Tirotta una divertida y adorable pareja de jovencitas alegres y bastante irresponsables y crédulas en las cosas del querer.

Además hay que destacar al argentino Francisco Brito, con buena impostación a la italiana y mejor acento itálico, que se prodigará mucho en Italia (La Fenice, Teatro Verdi de Trieste) en 2018, bien conocido en el Massimo de Nápoles y que encarnó estupendamente a Ferrando; y a su compañero de aventuras amorosas en esa divertida ópera mozartiana, claramente napolitana, Guglielmo, interpretado por el azerbaiyano Maharran Huseynov, quizá el que menos “italianità” exhibió, aunque cantó bastante bien sus dos graciosas arias Non siate ritrosi y Donne miei, la fate a tanti y formó un conjuntado dúo con su colega argentino, cuyos colores de sus respectivas voces se amalgamaron bien sin confundirse.

Finalmente, la japonesa Nao Yokomae fue una graciosa y pizpireta Despina, buena actriz y ejemplo de cómo los cantantes del lejano oriente son capaces de adaptarse perfectamente, tanto al acento como a la línea de canto de las óperas italianas. 

Para concluir, un breve comentario sobre Don Giovanni, que fue la función menos lograda de este festival de óperas de Mozart-Da Ponte en el lugar, repito, que ocupó el desierto de Dubái no hace mucho tiempo. Don Giovanni, el protagonista, fue posiblemente lo mejor del elenco y estuvo interpretado con suficiencia y carácter por Mattia Olivieri, desde hace breve tiempo un buen comprimario de La Scala (Nardo, Malatesta, Schaunard, Masetto, Belcore) y conocido por los ‘operófilos’ valencianos. Vladimir Sazdovski, apenas destacado fuera de su Macedonia natal, fue un flojo Leporello. Tampoco me convenció, aunque estuvo a más altura interpretativa en el papel de Donna Anna la soprano coreana Hye Myung Kang, que ha cantado muy poco fuera de Francia (donde ha intervenido en el Théâtre du Chátelet, Opéra de Marsella, Opera Nacional de Montpellier, Théatre du Capitole de Toulouse, Festival de Ópera de las Chorégies d’Orange) y de su país natal. Por su acento e impostación no encaja bien en repartos con intérpretes italianos o familiarizados con el canto a la italiana.

El mejor del reparto fue el tenor italiano Emanuele D’Aguanno como Don Ottavio, quien en los últimos diez años ha desarrollado, pese a su juventud, una brillante carrera en Italia y en algunos grandes coliseos líricos internacionales, como el Teatro Estatal de Baviera, La Scala, Glydebourne, Salzburgo. Sin razones aparentes (el tenor italiano puede perfectamente cantar ese dúo, mas tal vez le venga grande a la soprano) se suprimió el dúo Ah, vendicar, se il puoi, así como el aria “Dalla sua pace”, lo cual fue una lástima ya que D’Aguanno cantó espléndidamente “Il mio tesoro”, su aria del segundo acto.

 

Como Masetto apareció de nuevo Dario Giorgelé, el único cantante que figuró en dos roles distintos. Zerlina, su pareja, la interpretó la ucraniana Tamara Kalinka, de la que poco se puede decir pues se cortó su aria Batti, batti, o bel Masetto. Bueno, sí se puede decir que es muy joven y extraordinariamente bella y que apenas ha empezado su carrera como soprano y que su presencia en Dubái con el San Carlo es una de sus primeras actuaciones en la escena lírica internacional. Cantó bien y con bella voz su dúo con Don Giovanni La ci darem la mano.

Y para terminar esta crónica, unas pocas líneas para destacar al bajo italiano Giorgio Giuseppini, que en su rol de Commentatore mostro una voz poderosa, firme y segura en la parte más grave de su registro y con la oscuridad necesaria para dar el carácter de autoridad y la tenebrosidad que requiere el personaje.

Notas

Hasta la década de 1960, internacionalmente su nombre, por razones históricas, era el de Golfo Pérsico. Con la intensificación de la rivalidad entre Irán y varios Estados árabes y la aparición del nacionalismo árabe y el pan-arabismo, estos propusieron el cambio de nombre y empezaron a denominarlo Golfo arábigo. Hoy día y de forma general, para evitar la disputa, se le suele denominar simplemente “El Golfo”.

El dhow es una embarcación a vela de origen árabe caracterizada por su velamen triangular y bajo calado , siendo lo más común que cuenten con un sólo mástil, aunque pueden llevar dos o tres.

El Teatro San Carlo ha anunciado una nueva puesta en escena de Così fan tutte, en colaboración con la Wiener Staatsoper que dirigirá Riccardo Muti, que así retorna al Massimo napolitano. La dirección escénica estará a cargo de la joven Chiara Muti, hija del famoso director (al parecer, Muti es muy dado a mezclar trabajo y familia, lo que considero un grave error) y la “prima” está prevista para la inauguración de la próxima temporada, en noviembre de este mismo año.

Algunos directores escénicos o musicales han omitido en el pasado el sexteto final, basándose en que el “libretto” para las representaciones de Viena de 1788, en las que estuvo presente el propio Mozart, no lo incluye, aunque hay alguna partitura de aquellas representaciones (no autógrafa) que sí lo incluye. Sea como sea, lo cierto es que desde hace ya mas de dos siglos no es nada frecuente terminar la ópera con la muerte del protagonista.

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