España - Castilla y León

Salonen, González-Monjas y el control de la energía

Samuel González Casado

jueves, 22 de febrero de 2018
Valladolid, viernes, 16 de febrero de 2018. Auditorio del CCMD. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Roberto González-Monjas, violín. Andrew Gourlay, director. Beethoven: Coriolano, op. 62. Salonen: Concierto para violín. Wagner/Gourlay: Parsifal (suite). Ocupación: 90 %.
Roberto González-Monjas © Compris

En este programa de temporada n.º 9 se sintió la expectación de poder escuchar en directo a Roberto González-Monjas, violinista vallisoletano que cuenta con una más que interesante carrera internacional. La obra elegida, el Concierto de Esa-Pekka Salonen, era todo un reto, porque se trata de una obra mayor, en la que los distintos ambientes, muy contrastantes, son llevados hacia todo lo que pueden dar de sí en progresiones que muchas veces avanzan por acumulación, y que se caracterizan por cambios inesperados de todo tipo que dificultan continuamente la labor de solista y orquesta. Se trata de una obra en la que el espectador puede disfrutar, y mucho, con esa mezcla de imaginación y tremendo rigor de Salonen, pero que para los intérpretes requiere una energía y a la vez un control difíciles de maridar.

Roberto González-Monjas lo logró, porque se encuentra en un gran momento de madurez artística que le permite moldear una brutal parte "física" (tercer movimiento, por ejemplo) que también requiere de entrega absoluta para transmitir ese paroxismo urbano y callejero. Las altísimas cualidades técnicas de González-Monjas y sobre todo su actitud comprometida son fundamentales en este concierto, también respecto a la delicadeza del Adieu, el cuidado a la hora de coser armónicos y el entendimiento con una parte orquestal que tiene mucho que expresar.

En este sentido, debe mencionarse el fantástico entendimiento con la OSCyL —buena labor de muchos profesores, como Germán Barrio a la celesta— y su titular, Andrew Gourlay, aunque el potente sonido que el solista extrae a su Guarneri facilita y mucho crear una expresión libre y coherente del todo, que es lo que en suma busca Salonen. Se trata de una interpretación, por tanto, que merece repetirse con asiduidad, ya que implica muchísimo trabajo previo y los resultados han sido espectaculares.

El concierto había comenzado con un irregular Coriolano, en la que la cuerda sonó desafinada y las entradas se cuadraron dificultosamente, pero se consiguió salvar la papeleta con una organización dinámica eficiente. Precisamente la cuerda, muy mejorada, brilló en la suite de Parsifal que el propio Gourlay había preparado y que ocupó la segunda parte de la velada. Este tipo de arreglos del Festival Escénico Sacro siempre se encuentra con dos problemas: por un lado, el estatismo de esta maravillosa música en la obra completa se ve fantásticamente compensado con unos coros y cantantes potentísimos, lo que evidentemente no ocurre en los arreglos orquestales; por otro lado, un discurso musicalmente variado de una suite continua y bien enlazada debe sacrificar el devenir dramático de la obra, con lo que la música puede perder parte de su significado; de hecho, Gourlay no tiene ningún problema en unir pasajes de distintos actos, aunque siempre con intencionalidad.

Su labor es habilidosa, y muy meritoria, porque el recorrido por la obra traslada inmediatamente a todos los admiradores de Parsifal a ese mágico ambiente sin ningún sobresalto. Quizá para los que no sean asiduos a la obra esta suite pueda resultar más durilla, ya que su estatismo a veces no tiene las espectaculares compensaciones con que Wagner siempre premia al público paciente. En cualquier caso, resulta fundamental una buena labor orquestal. Como se ha mencionado en el párrafo anterior, la aumentada cuerda mejoró ostensiblemente con respecto a Coriolano, y alcanzó cotas muy parecidas al del anterior concierto de temporada, protagonizado por Semyon Bychkov.

Gourlay trabajó a conciencia las transiciones, jamás descuidó el equilibrio y utilizó el color y los efectos en general de forma muy inteligente, con lo que consiguió dar vidilla a muchos pasajes de la suite que en una interpretación plana hubieran resultado mortales, y sin embargo de esta manera sacan a relucir la prestancia de este trabajo. Además, Gourlay aprovechó la baza de contar con fantásticas colaboraciones en las maderas, como el flautista André Cebrián y el clarinetista Angelo Montanaro, y en general la obra disfrutó de una actuación realmente brillante del resto de familias.

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