Aunque parezca mentira, las dos obras en cartel tienen algo importante en común: apenas se escuchan en las salas de concierto. La Sinfonía española porque -imagino- habrá quien la considere una pieza festivalera, poco seria y folclórica en la peor de sus acepciones; la Primera Sinfonía de Bruckner porque no hay por donde agarrarla. Esto último es rigurosamente cierto (y se lo dice un bruckneriano irredento); lo anterior es hipócrita: la composición más famosa de Lalo –que además es una preciosidad desde los pinreles hasta la peineta- también tiene derecho a ser interpretada en público, salvo que esos argumentos de falta de seriedad sólo pretendan escabullir la terrible dificultad que supone para el solista (y para la orquesta).
Y si no, que se lo digan a los alemanes Iskandar Widjaja (Berlín, 1986) y Christoph Eschenbach (Breslau, 1940).…
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