España - Madrid

Street Scene, la cotidianidad como máxima

Germán García Tomás

miércoles, 21 de febrero de 2018
Madrid, miércoles, 14 de febrero de 2018. Teatro Real. Street Scene, ópera americana en dos actos de Kurt Weill con libreto de Elmer Rice basado en su obra homónima. Letras de Elmer Rice y Langston Hughes. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Ópera de Montecarlo y la Öper Köln. Estreno en el Teatro Real. Dirección de escena: John Fulljames. Escenografía y figurines: James Farncombe. Coreografía: Arthur Pita. Reparto (selección): Paulo Szot (Frank Maurrant), Patricia Racette (Anna Maurrant), Mary Bevan (Rose Maurrant), Joel Prieto (Sam Kaplan), Verónica Polo (Shirley Kaplan), Gerardo Bullón (George Jones), Lucy Schaufer (Mary Jones), Jeni Bern (Greta Fiorentino), Michael J. Scott (Lippo Fiorentino), Tyler Clarke (Daniel Buchanan), Eric Greene (Henry Davis), Irene Caja (Mrs. Davis), Montse Gabriel (Mrs. Hildebrand), Marta Fontanals-Simmons (Jenny Hildebrand), Richard Burkhard (Harry Easter). Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Pequeños y Jóvenes Cantores de la JORCAM. Dirección musical: Tim Murray. Ocupación: 85%.
Street Scene según Fulljames © 2018 by Javier del Real

Para algunos, no podría existir algo tan paradójico como una ópera americana, por vincularse este género musical a la vieja Europa. En su exilio americano, el compositor Kurt Weill pretendió rediseñar los moldes tradicionales de la ópera, adaptándolos a un nuevo tipo de teatro musical en el que se aunara la refinada cultura académica y las más populares formas de expresión. Lo dejaba meridianamente claro el músico alemán cuando escribió estas líneas: “el concepto de ópera no puede interpretarse en el sentido limitado de lo que predominaba el siglo XIX. Si lo sustituimos por la expresión teatro musical, las posibilidades de desarrollo aquí, en un país que no debe asumir una tradición operística, se vuelven mucho más claras. Podemos ver un campo para la construcción de una nueva (o la reconstrucción de una clásica) forma”. (The future of opera in America. Modern music).

Quizá la máxima culminación de lo afirmado es una de sus últimas obras, Street Scene, definida por el propio Weill como “ópera americana” y que consideraba la más lograda de sus creaciones teatrales. Estrenada en Filadelfia en 1946 y en Nueva York al año siguiente, ponía música a la obra homónima del dramaturgo Elmer Rice, con el apoyo del letrista afroamericano Langston Hughes. Con ella, el Teatro Real de Madrid ha decidido apostar de nuevo de forma acertada por una obra de raíz netamente americana después de las representaciones de la ópera contemporánea Dead Man Walking de Jake Heggie, en lo que supone en cierta medida una continuidad con temáticas que apelan a la cotidianidad humana y al manifiesto interés de poner en valor este tipo de teatro musical del siglo XX.

En esa máxima de lo cotidiano social, la obra nos remite a una escena callejera en el barrio pobre neoyorquino, el East Side Manhattan, en la que asistimos, bajo un punto de vista hiperrealista y con un acusado componente de crítica social (aspectos en los que Weill sigue apostando tras sus colaboraciones alemanas con Bertold Brecht) al discurrir de diferentes retales de vida que viven asediados por las diferencias sociales, la marginalidad, la pobreza o el desahucio.

Por encima de todas esas historias individuales, se nos destaca la infelicidad del matrimonio que forman Frank y Anna Maurrant, que lleva a ella a buscar el amor de un tercero, con lo que la trama tiene los suficientes ingredientes para convertirse en tragedia, un hecho agigantado por los continuos rumores y habladurías que discurren por el barrio sobre la infidelidad de Anna a su reaccionario y violento marido. Al lado queda la sincera pero imposible historia de amor entre la hija de ambos, Rose, y su vecino, el estudiante de derecho Sam Kaplan, que sueñan en vano con huir lejos del enjambre en que habitan.

En lo musical, Kurt Weill crea una suerte de género fronterizo. El modelo de ópera-jazz establecido en 1935 por George Gershwin con Porgy and Bess está continuamente presente (no en vano se ha calificado Street Scene como “el Porgy and Bess de los blancos”). Junto a los códigos asentados del imperante musical americano (que hacen difícil la clasificación como ópera en el sentido estricto del término), Kurt Weill despliega una interesantísima y maestra asimilación de estilos heterogéneos (verismo, opereta…). Una mezcolanza de lenguajes eclécticos que Weill convierte en asombrosamente compatibles entre sí y que convierten a esta obra en un atractivo producto escénico alejado de sus obras anteriores, en ese continuo anhelo de aportar y crear un teatro musical siempre novedoso, que rompiese con lo anterior.

Una obra que se antoja tan compleja en lo teatral y de un gran componente coral como Street Scene cobra aquí sentido en la extraordinaria puesta en escena de John Fulljames, que nos presenta ese gran edificio plagado de existencias humanas en el que el agobiante calor se palpa desde el inicio, y cuya apoteosis visual aparece en ese gran número de baile (“Moon-Faced”), totalmente “desintegrador” respecto a la trama narrada, que descubre al fondo del escenario una visión iluminada de la ciudad de los rascacielos, potenciado por la deslumbrante coreografía de Arthur Pita.

A lo largo de la extensa nómina de personajes que pueblan la escena es digno de mención el sobresaliente trabajo tanto en lo canoro como en lo teatral que en esta producción realizan los cantantes Patricia Racette dando vida a una abnegada y sufridora Anna Maurrant, el rotundo Frank de Paulo Szot, Mary Bevan como su dulce hija Rose, y el muy entregado Sam de Joel Prieto, a los que se une la compacta y vigorosa contribución del Coro Intermezzo y los siempre coordinados Pequeños y Jóvenes Cantores de la JORCAM. En el foso, la experta labor de Tim Murray a la hora de aportar una continua coherencia narrativa, que al frente de la Orquesta Titular del Teatro consigue plasmar la verdadera esencia que sitúa a Street Scene entre el más canónico musical americano y su honda huella de ópera verista. Un espectáculo integral en el que lo cotidiano es la máxima teatral.

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