Si me dieran a elegir un par de momentos para sabotear el Cuarto concierto para piano de Beethoven, sin apenas dudarlo elegiría el del arranque de la obra y cualquiera del movimiento central. Boicoteando el comienzo, esa frase tan sencilla como memorable que el piano sirve a la orquesta para que la modifique rítmicamente, la acelere y haga manar todo el resto, o extorsionando en el Andante con moto el enigmático diálogo entre la severidad del conjunto y la ternura del solista, se le hace un daño a la composición de tres pares de narices. Y como para narices, las del público del Palau, pues ya imaginan lo ocurrido. O quizás no del todo, porque siempre se puede sorprender uno.
Asistan, si no, a esta escena que bien podría estar inspirada en un chiste infantil: una señora le repite insistente a otra un mensaje verbal; dado que la receptora…
Comentarios