España - Valencia

¿Quién teme a la obsolescencia feroz?

Rafael Díaz Gómez

viernes, 23 de febrero de 2018
Valencia, miércoles, 17 de enero de 2018. Palau de la Música, Sala Iturbi. C. M. von Weber: Oberon (obertura), J 306. L. van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 4 en sol mayor, op. 58. P. I. Chaicovsqui: Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64. Philharmonia Zurich. Helène Grimaud, piano. Fabio Luisi, director.
Fabio Luisi © 2018 by Eva Ripoll

Si me dieran a elegir un par de momentos para sabotear el Cuarto concierto para piano de Beethoven, sin apenas dudarlo elegiría el del arranque de la obra y cualquiera del movimiento central. Boicoteando el comienzo, esa frase tan sencilla como memorable que el piano sirve a la orquesta para que la modifique rítmicamente, la acelere y haga manar todo el resto, o extorsionando en el Andante con moto el enigmático diálogo entre la severidad del conjunto y la ternura del solista, se le hace un daño a la composición de tres pares de narices. Y como para narices, las del público del Palau, pues ya imaginan lo ocurrido. O quizás no del todo, porque siempre se puede sorprender uno.

Asistan, si no, a esta escena que bien podría estar inspirada en un chiste infantil: una señora le repite insistente a otra un mensaje verbal; dado que la receptora no lo entiende, la emisora lo reproduce cada vez con más fuerza, así hasta que la primera le asevera a su compañera que lo que le haya de contar lo haga por el otro oído, ya que por el que tiene más próximo no oye nada (condición que a todas luces no la convierte en media Beethoven); evidentemente, a estas alturas Grimaud y Luisi se han liado la manta a la cabeza y llevan encima unas decenas de compases. Certifico la veracidad de la anécdota, que al menos alberga la vis cómica que no se aprecia en los más usuales actos vandálicos que amenazaron el segundo tiempo: toses, desnudez de caramelos y otros variados ruidos, entre los que ha de figurar de grado o por fuerza los ocasionados por la telefonía móvil.

Tanto croar, cual en charca de Platée, invita al discordante silencioso a mover la vista en busca de la fuente de los humanos, que no batracios, intonarumori. Y lo que se encuentra es un panorama no precisamente futurista. Porque al margen de que toses, caramelos, teléfonos y sorderas a medias no son atributos exclusivos de añadas provectas, es tan obvio que la edad media de la sala grande del Palau envejece, como que un porcentaje importante de quienes la ocupan lo hacen por una razón de prestigio social. Que sí, que es cierto, que ya llevamos tiempo anunciando el fin de la música sinfónica y de cámara en vivo sin que éste acabe de llegar. Pero es que por primera vez me cuentan de auditorios en los que la incontinencia del respetable obliga a cambiar las butacas de la sala no de forma esporádica, sino por sistema (e in crescendo). Así que la agonía está ahí, lenta pero implacable, no por sobreabundancia de ancianidad, sino por la ausencia de recambio.

Y no lo va a tener con este tsunami neoliberal, poderoso y patán, que se está llevando por delante entre otras muchas cosas no sólo el tejido cultural que extendía sus urdimbres entre la clase media, sino la misma clase media. Bien pudiera ser que la desigualdad económica aumentara en la misma medida en la que el adocenamiento se extiende sin distinguir niveles de bienestar (pensamiento apocalíptico). Pero también que los referentes tradicionales en la acreditación social mediante la cultura no han de mostrarse inmutables y que, además, Internet ha abierto infinitas posibilidades de culturización sin que tengamos que desplazarnos a los espacios donde tradicionalmente nos proveíamos de música (pensamiento integrado). Pero en lo que respecta a la música en vivo, trabajando (las personas que lo hacen) más horas, en peores condiciones y por menos dinero, ¿quién se plantea acudir a un concierto sinfónico o de cámara? En una ciudad como Valencia, que no da para mucho más, la gente que invierte su tiempo y su dinero en la música que aún denominamos clásica, elige la ópera. Tuve la oportunidad de acudir no hace mucho a un concierto magnífico del grupo español de violas Angelicata Consort para la Sociedad Filarmónica (y no pierdo de vista que el de las sociedades filarmónicas es un caso extremo) en la misma sala Iturbi del Palau. ¿Cuál fue la asistencia? ¿Uno, dos centenares de personas?

 

Entre las muchas cuestiones que nos podemos plantear al respecto es la nada original de si una velada en la que los platos fuertes son Beethoven y Chaicovsqui, bien que sin duda con obras maestras, contribuye a la renovación del panorama o lo acaba de esclerotizar (otro tipo de obsolescencia programada o, mejor, en la programación). Y la verdad es que me encantaría poder ofrecer una respuesta infalible sobre el particular. Pero me limitaré a reconocer sin rubor que servidor, que ya no desentona en ese paisaje entre maduro y crepuscular que conforma el público del Palau, acudió al reclamo del programa como mosca a la miel. Y que la miel, limpia y nutricia, me atrapó.

A la calidez del alimento contribuyó mucho una Helène Grimaud a la que con demasiada frecuencia la iconografía con la que se la asocia es la de su juventud, como si se le quisiera ocultar una madurez que, por lo demás, le sienta fenomenalmente (y me refiero al aspecto profesional, que es el que nos ha de ocupar). La pianista francesa (Aix-en-Provence, 1969) lució una dicción cristalina, una articulación precisa que sin usar mucho el peso del brazo y menos el del cuerpo fue capaz de recrear densidades de diferente permeabilidad. Su ligereza resultó profunda y su aparente espontaneidad, muy natural, no contradijo el rigor cognitivo en el que estaba fundada. Se complementó en la tarea con una orquesta atenta y flexible, sólo en algún punto demasiado poderosa. El aplauso obtenido fue cerrado y unánime y obtuvo como recompensa dos propinas de la solista que acabaron de apuntalar su concepción del piano como instrumento nítido, dúctil, elegante y sinceramente encantado de conocernos.

Por su parte, Fabio Luisi, a quien hasta ahora no había tenido el gusto de ver en directo, fue para mí un grato descubrimiento. Su entrega gestual es omnisciente, sin embargo no resulta pedante ni histriónica. Logra concertar con exactitud y minuciosidad, pero a la vez con un élan vigoroso y cimbreante. De su centuria, en la que ninguna sección desmereció, sobresalieron unas maderas extraordinarias. La obertura de Oberon mostró sus credenciales, la de la competencia de los atriles y la de la fuerza unificadora y dramática de la batuta. Pero donde cosechó el verdadero triunfo fue con la Quinta de Chaicovsqui. Construida con mucha inteligencia, con un detalle que bordeando lo quisquilloso acababa evitándolo, se desplegó brillante y colorida, melódicamente pregnante y sinfónicamente teatral. Es difícil aportar nada nuevo a estos pentagramas, pero no hay duda de que tan bien servidos, el placer que proporcionan es inmenso. Y, en fin, ya veremos por cuanto tiempo en una sala de conciertos.

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