A Paul Daniel le gusta dar la campanada al menos una vez al año, programando algo que se salga del repertorio propio de la Real Filharmonía. Algo que se salga mucho. A veces acierta –como en el Tristán de hace un par de temporadas; y otras veces se estrella –como en la Tercera Sinfonía de Mahler del curso pasado-. Esta vez acertó, y la apuesta era muy arriesgada. No es que la Real Filharmonía no pueda poner en atriles nada de Strauss (salvando el Concierto para oboe, las Metamorfosis y poco más): es que la partitura de Elektra exige más del doble de la plantilla ordinaria de la orquesta compostelana, y nada menos que tres sopranos “heroicas” (válgame la comparación).
Tampoco están los tiempos presupuestarios para dispendios disparatados, y montar la ópera entera habría sido ruinoso, habida cuenta de que, además de a los veintipico…
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