Lo bueno de no haber visto demasiado es que se toma uno las oportunidades como una bendición, un regalo de los dioses que nos obliga a estar a la altura. Nuestra estancia en Amsterdam coincidía con un programa de la que -como reza la publicidad de una cerveza danesa- probablemente sea la mejor orquesta de la actualidad, en que aparecía nada menos que la Quinta Sinfonía de Ludwig Van, el tremendo obrón cuyas cuatro notas iniciales llenaron nuestra adolescencia de místicos delirios y que a cada audición se hace más grande, desde entonces. Habrá otras, pero para nuestra educación sentimental ésta es La Obra.De la vez anterior que escuchamos a esta orquesta nos queda un recuerdo de extremada precisión en el engarce de las piezas, una manera de exponer los mecanismos internos de la música sin descomponer por ello el conjunto. Parece que el…
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