DVD - Reseñas

Un buen Trovatore, que no es poco

Raúl González Arévalo

jueves, 20 de septiembre de 2018
Giuseppe Verdi: Il trovatore, ópera en cuatro actos (1836), con libreto de Salvatore Cammarano. Gregory Kunde (Manrico), Lianna Haratounian (Leonora), Vitaly Bilyy (Conde de Luna), Anita Rachvelishvili (Azucena), Alexander Tsymbalyuk (Ferrando), Francesca Chiejina (Inès), Samuel Sakker (Ruiz). Royal Opera Chorus. Orchestra of the Royal Opera House. Richard Farnes, director. David Bösch, director escénico. Julia Burbach, dirctora de reposición. Patrick Bannwart, escenografía y dirección de vídeo. Meentje Nielsen, vestuario. Olaf Winter, iluminación. Bridget Caldwell, directora de grabación. Subtítulos en inglés, francés, alemán, japonés, coreano. Formato audio: LPCM 2.0, DTS Digital Surround. Formato vídeo: 16:9. Un DVD de 140+7 minutos de duración. Grabado en la Royal Opera House, Covent Garden de Londres (Reino Unido) el 31 de enero de 2017. OPUS ARTE OA 1262 D. Distribuidor en España: Música Directa.

Dejando de lado la frase hecha de que para montar Il trovatore hacen falta los cuatro mejores cantantes del mundo, lo cierto es que es una ópera complicada por las exigencias de los cuatro protagonistas y la dificultad de juntar un reparto “ideal”. Esto explicaría la magra videografía de poco más de una docena de títulos disponibles para el espectador.

Bien es cierto que, si dejamos de lado grabaciones ya clásicas, como las que encabezan Mario Del Monaco (y Gencer, Bastianini y Barbiei en Hardy Classics), todo un documento histórico; Plácido Domingo (con Cappuccilli y Rabaivanska dirigidos por Karajan, ArtHaus Musik); o Luciano Pavarotti (con Marton, Zakick y Milnes dirigidos por Levine, en DG), con más renombre que sustancia, en los últimos años el sello amarillo ha publicado dos grabaciones que merecen absolutamente la pena, por reparto y dirección. Me refiero a la producción desde el Met de Nueva York con Marcelo Álvarez, Sondra Radvanovsky, Dolora Zakick y Dimitri Hvorostovsky dirigidos por Marco Armiliato, y a la de Berlín con Plácido Domingo y las grandiosas Anna Netrebko y Marina Prudenskaya (Azucena) dirigida por Barenboim, comentadas ambas desde estas páginas.

Se suma ahora una nueva grabación desde Covent Garden con dos elementos fundamentales de interés: Gregory Kunde y Anita Rachvelishvili. El tenor americano se encuentra en la fase final de su segunda carrera, en la que además de papeles de baritenor rossiniano se ha atrevido con el Verdi no solo lírico, sino spinto e incluso dramático, Puccini y el Verismo, como daba cuenta su recital Vincerò! (Universal). Manrico es un buque insignia para los tenores, al igual que lo es Calaf, otro papel en el que ha logrado triunfar. Lo más interesante de Kunde es cómo aplica su conocimiento belcantista, en particular en materia de legato y agilidades, al universo verdiano, cuyo estilo y fraseo domina con suma elegancia y participación dramática. La gran escena del tercer acto resume este aspecto, con un “Ah! Si, ben mio” impecable y exquisito, seguido de una “Pira” cantada con arrojo, pero no explosiva. Con estos precedentes hubiera sido interesante escuchar una mayor propuesta de variaciones, apenas sutiles en la línea de canto. Un héroe alejado del macho ibérico (teatral y vocalmente), que le acerca a la gran escuela de Bergonzi y Gigli y supone una lección de cómo culminar una carrera y resultar referencial con más de sesenta años.

La mezzo georgiana se encuentra en el otro extremo del arco vital, en la treintena, y sin embargo ya cuenta con una década de reconocimiento internacional desde que la Carmen scaligera de 2009 la catapultó a la fama. Desde entonces ha evolucionado la voz, siempre cálida, sobre la que ahora ejerce un dominio técnico absoluto: ahora sí controla el enorme volumen y es capaz de ofrecer matices, incluyendo piani y messe di voce, a la par que rotundidad en los extremos de la tesitura. Además, y sobre todo, ha crecido la artista: la composición de una Azucena enloquecida, delirante y de sutil agresividad, es una de las propuestas más interesantes que recuerdo en mucho tiempo, por encima de composiciones genéricas que se basan en apabullar vocalmente (léase Zajick) pero sin entrar en profundidades psicológicas. Una interpretación mayúscula en la que probablemente sea su mejor grabación hasta la fecha.

Junto a ellos, soprano y barítono están bien (hablamos siempre de Covent Garden), aunque menos singulares en su composición. Lianna Haratounian es una lírica con posibilidades de spinto, eficaz en los agudos, algo más corta en el grave, con una buena línea de canto en las dos arias, pero sin sello de firma particular. De la segunda cabaletta solo ofrece una estrofa, lo que confirma que las agilidades las afronta, pero no son su fuerte. O tal vez el corte se deba a que los dos últimos actos se ofrecían sin pausa, para ahorrar fatiga vocal. De hecho, tiene su mejor momento en el final de la ópera.

Respecto a Vitaly Bilyy, su Conde de Luna está bien cantado, es musical y la voz tiene un buen color para la parte. Es el acento y el fraseo verdiano lo que no se escucha como debiera, y aunque hace una buena labor, de nuevo no impresiona: la competencia es enorme. La otra voz grave, el bajo Alexander Tsymbalyuk, tiene unos medios impresionantes, sobrados para Ferrando. Estaría bien escucharle en papeles verdianos de mayor calado (Felipe II, Padre Guardiano, Fiesco, Silva, Zaccaria…) para valorar otras posibilidades dramáticas.

El Coro de Covent Garden está soberbio, como acostumbra, de la misma manera que la orquesta suena en buena forma, aunque menos inspirada que en otras grabaciones con el titular de la casa, Antonio Pappano, que ya grabó su propio Trovatore con Alagna y Gheorghiu para la extinta Emi. La dirección de Richard Farnes es correcta, no carece de vivacidad y ritmo, pero se echa en falta algo de urgencia y un mayor énfasis en los tiempos, de modo que el resultado final fuera menos lírico y algo más dramático.

La producción de David Bösch traslada la acción a la época contemporánea, aunque no renuncia a la imaginación, en particular en elementos que recuerdan el universo de Tim Barton, de Eduardo Manostijeras a Sweeny Todd, y que encuentran correspondencia en el decorado, el vestuario y, especialmente, la iluminación. Ambientar el campamento de gitanos en un circo ambulante o armar las milicias del conde de Luna con Kalachnikovs puede ser más o menos original, pero sobre todo, no molesta ni perturba el desarrollo y seguimiento de la acción, y hay algunas imágenes realmente impresionantes.

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