Musicología

Farinelli en España: del mito a la tragedia

Daniel Martín Sáez

miércoles, 3 de octubre de 2018
Corrado Giaquinto, Retrato de Farinelli © Civico Museo Bibliografico Musicale, Bolonia

Mientras se celebraba este año 2018 la lustrosa efeméride «nacional» del 2 de mayo, a pocos metros del Palacio Real de Aranjuez ardió en llamas la casa de Farinelli, un palacio construido expresamente para el famoso cantante y embajador de la monarquía española, que estuvo más de veinte años trabajando para la corte junto a dos reyes consecutivos, Felipe V y Fernando VI. La singular arquitectura palaciega, su privilegiada situación y la fama de su antiguo inquilino no han bastado para evitar una tragedia anunciada, que es mucho más grave que una torpe negligencia de la Comunidad de Madrid y el municipio de Aranjuez. Se trataba del único inmueble vinculado a su figura, tras la demolición en 1949 del palazzo de Bolonia, donde se retiró con un sueldo vitalicio de la corte española.

El estado de abandono del edificio, vendido a trozos a diversos propietarios, nos ofrecía hasta hace poco un reflejo esperpéntico de la realidad española: una parte del palacio, en estado de semiabandono, podía adquirirse desde hacía años en Idealista, el famoso portal de alquiler y venta de inmuebles, donde se recogía que había sido construido «por encargo del artista italiano Carlo Broschi, conocido como Farinelli» al mismo tiempo que se subrayaban «los usos compatibles de esta propiedad: residencial, hotelero, comercial, religioso, cultural, clínica médica, etc.». Otra parte estaba ya ocupada, como conviene a la gentrificación de las sociedades actuales, por un Foster's Hollywood.

Seguramente, su utilización como «clínica médica» habría hecho las delicias de los mitólogos de Farinelli, acostumbrados a repetir que el cantante vino a España desde Inglaterra (donde estuvo tres años actuando en los teatros de Londres) para recluirse en la corte y curar con su canto la melancolía de Felipe V, como han repetido una y mil veces los historiadores desde el siglo XVIII hasta el presente. Como antaño hiciera David con Saúl, Farinelli habría ejercido como sanador del rey hasta el final de sus días, siguiendo un plan cuidadosamente pergeñado por su esposa. Según la versión más extendida de este mito, Isabel de Farnesio habría ordenado cantar a Farinelli en una habitación contigua a la real, de modo que Felipe V, en un estado depresivo, pudiera escucharle. El rey llevaba mucho tiempo en la cama, sin asearse, no se afeitaba ni atendía los asuntos de Estado, pero al escuchar la voz del castrato se recompuso y prometió otorgar al cantante cualquier cosa que le pidiera. Farinelli habría pedido al rey que se aseara y atendiera los asuntos de Estado, ejerciendo como musicoterapeuta a partir de entonces hasta la muerte del soberano.

El mito no cristalizó hasta 1780, cuando Farinelli ya ni siquiera vivía en España. Apareció por primera vez en la historia de Jean Benjamin de Laborde, que reunió algunos de sus elementos a través de los relatos transmitidos desde Inglaterra, en pleno contexto bélico contra España, como se puede comprobar en la correspondencia de Benjamin Keene, embajador inglés en España, en la obra de Johann George Keyssler, miembro de la Royal Society, o en la historiografía de John Hawkins y Charles Burney, que acabó plagiando el relato al propio Laborde, influyendo a todos sus biógrafos y mitólogos hasta el día de hoy. Basta leer la prensa inglesa a partir de 1737 para comprobar la ingente cantidad de noticias sobre el conflicto diplomático azuzado contra España, que les había hecho perder a su cantante estrella, al tiempo que desbarataba sus negocios en ultramar. Las menciones a Farinelli aparecen en la prensa inglesa incluso después de su muerte en 1782.

Como consecuencia, tres años en Londres han sido más influyentes en la imagen de Farinelli que dos décadas en España. Poco han importado, para construir la leyenda, los elogios de Esteban de Arteaga o Antonio Eximeno, su cuidada Descripción sobre las funciones realizadas en el Teatro del Buen Retiro y los espectáculos de Aranjuez, su conexión directa con los reyes o su influencia sobre figuras de la talla de Metastasio, el historiador Giovanni Battista Martini o el marqués de la Ensenada. Farinelli ni siquiera tiene una calle en España.

El mito también se extendió a través de las artes, desde simples canciones hasta novelas, obras de teatro, óperas y zarzuelas, una tradición que ha llegado a nuestro presente y que ha alcanzado su máximo apogeo dentro y fuera de España en la última década. A ella se ha entregado, casi como fiel epígono de sus compatriotas, un historiador de la talla del británico Henry Kamen, autor de Felipe V: el rey que reinó dos veces (2000), reutilizando la leyenda en su peculiar contribución mitológica al espectáculo músico-teatral Farinelli and the King de su paisano Claire van Kampen, que lo estrenó en Inglaterra en 2015.

En la versión adaptada para Broadway en 2017, con enorme éxito de crítica y taquilla, Kamen publicó una nota publicitaria titulada Songs for a Sad King (Canciones para un rey triste), donde aparece nítidamente el mito terapéutico, y en el programa de mano se utilizaba explícitamente la leyenda para remarcar la oposición negrolegendaria entre España y Europa, según la cual el cantante habría tenido que elegir, cuando visitó la corte en 1737, entre la fama y reconocimiento público de los teatros ingleses y la vida privada y sobria de la corte española, deformando así los hechos históricos hasta invertirlos. Como es sabido, Farinelli alcanzó su mayor reconocimiento público en España, tanto nacional como internacional, convirtiéndose en una de las figuras más relevantes de la monarquía española, no sólo en lo artístico, sino también en lo político. El monumento palaciego recientemente calcinado es sólo una prueba de ello.

Si nos tomásemos en serio a Kamen, casi podríamos observar como un singular caso de «justicia poética» la apertura de un negocio americano de hamburguesas en la casa ribereña del cantante. Pero el historiador, como quizá los aficionados a la comida rápida, se sorprendería de encontrar, entre la correspondencia de Farinelli, la carta donde expresa su alegría ante la «victoria completa sobre el Rost Bif», como escribió a su amigo Sicinio Pepoli al conocer la victoria de España frente a Inglaterra, poco después del famoso Sitio de Cartagena de Indias (1741) defendido por Blas de Lezo, otro mítico «mediohombre», aunque por razones distintas. Las armas y las letras, la diplomacia y el arte, la guerra y la ópera están llenas de correspondencias en este periodo. No hemos de olvidar que Farinelli, en su testamento, pidió ser enterrado con la Cruz de Calatrava que le había otorgado Fernando VI.

Curiosamente, tras el fallecimiento de «el Prudente», sería un compatriota italiano de Farinelli, nacionalizado inglés y conocido como Joseph Baretti, por entonces ligado a la Royal Academy of Arts de Londres, quien introduciría en 1770 otro mito sobre la estancia del cantante en España: la idea de que Carlos III le expulsó de manera inmisericorde en 1759, afirmando que «los capones [sólo] son buenos sobre la mesa», juicio para el cual tampoco se ha ofrecido ninguna prueba, contrastando además con el sueldo vitalicio otorgado por Carlos III desde entonces hasta su muerte en 1782, con el cual se retiró en Bolonia, donde mandó construir el citado palacio.  

Ambos mitos, que podemos denominar el Mito de entrada y el Mito de salida de la leyenda de Farinelli en España, no habían sido cuestionados hasta ahora. Al contrario, se ha tratado de un tópico esencial en la bibliografía musicológica desde Mariano Soriano Fuertes hasta Louise K. Stein, pasando por Barbieri, Carmena y Milán, Peña y Goñi, Mitjana, Cotarelo y Mori, Subirá, Martín Moreno y Máximo Leza, ocupando las grandes historias de la música española de Alianza y Fondo de Cultura Económica. También aparece en The Cambridge Companion to Eighteenth-Century Opera (2006) y en la entrada dedicada al autor por Ellen T. Harris en el Grove Music Online, entre otros lugares. Aunque la cantidad de elementos mitológicos varían de un caso a otro, en ningún caso se aporta ninguna fuente que lo corrobore, manteniendo todos ellos una explicación psicológica simple para un hecho complejo condicionado por múltiples razones históricas y políticas.

El papel de Farinelli en España, no sólo como cantante y organizador de festejos, sino también como una figura diplomática de primer nivel, ha quedado envuelta y a veces disuelta por la leyenda, que hoy repiten sin reparos casi todos los periódicos de tirada nacional –baste ojear noticias al respecto en ABC, El País, El Mundo, La Razón, El Español…– acompañando la reseña de obras literarias y teatrales donde aparece el famoso mito de entrada, como la novela de Ruiz Mantilla, Yo, Farinelli, el capón (2007, 2ª ed. 2017) o la obra de teatro de Gustavo Tambascio, Farinelli, el castrato del rey Felipe (2016).

Que la historiografía, la musicología, la prensa, la literatura y el teatro español hayan terminado emulando a sus homólogos ingleses, cuyos fundamentos hunden sus raíces en ideas negrolegendarias, sería una simple anécdota si no fuera por las consecuencias que ello puede tener para nuestra historiografía, nuestra idea de la música española y nuestra idea de España y su extraordinario patrimonio. Desde las coordenadas legendarias que hemos expuesto, uno casi entiende la dificultad de asimilar que Farinelli dispusiera de un completo palacio para su disfrute junto al Palacio Real de Aranjuez, una oportunidad única para construir un Museo Farinelli, para el cual existen sobradas piezas de museo, desde esculturas y retratos hasta grabados, lienzos de escenografías, fuentes musicales o instrumentos musicales del periodo. Pero las leyendas, lejos de la imagen que algunos lingüistas e historiadores han defendido, presentándolas como meros «relatos» falaces o simbólicos, pueden condicionar la realidad hasta destruirla. El incendio del palacio de Farinelli es sólo un ejemplo de la lógica que lleva del mito a la tragedia.

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