Al acceder al Auditorio, mientras los abonados estrenábamos nuestra tarjeta electrónica acreditativa (se acabó el cartoncillo troquelado de las entradas) se nos advertía –por escrito en el programa de mano, y de palabra por parte de los ujieres- que la cosa iba a durar dos horas y veinte minutos sin descanso. Espontáneamente me salió agradecer el aviso con un “como debe ser”. Al final la función duró dos horas y doce minutos, y las próstatas compostelanas resistieron admirablemente (sólo conté un par de deserciones en el último acto); aunque en vano, porque esta vez la inauguración de la temporada de la Real Filharmonía de Galicia resultó decepcionante.
A propósito de El Holandés errante escribe Christian Thielemann en su libro Mi Vida con Wagner que “es una pieza tempestuosa, arrolladora, oscura, está animada por un aliento ardiente. Ya…
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