España - Galicia

Alquitarar con música el verbo

Paco Yáñez

lunes, 5 de noviembre de 2018
Pontevedra, sábado, 27 de octubre de 2018. Iglesia de San Bartolomé. Ricard Capellino, saxofones. Alberto Posadas: Veredas. Ocupación: 20%.

«Yo he llegado a la música más tarde que a la pintura, pero he recibido de ella un inagotable caudal. He aprendido mucho de la mutua potenciación de la música y la palabra en Schönberg y, sobre todo, en ese lugar de la aventura creativa moderna que es para mí el Wozzeck de Alban Berg. Los rastreadores de influencias pueden circular por canales estrechos e incomunicados. No prestan mucha atención a estas cosas. Sin duda, yo he sido profundamente modificado por la escucha de ciertos compositores, como Varèse o Webern. La música breve, precisa, fulgurante, de Webern fue para mí un encuentro radical. La primera vez que oí a Webern en un concierto escribí compulsivamente durante la audición. Hay poemas y fragmentos de poemas míos que vienen directamente de la música. Por ejemplo, el título y el final del poema «Invención sobre un perpetuum mobile» de Interior con figuras [1976] evocan el final de Wozzeck. En el mismo libro, «Arietta, Opus 111» remite a esa infinitud del espacio creador a la que se abren las tres últimas sonatas de Beethoven. Los catorce textos que componen Tres lecciones de tinieblas [1980] se formaron desde la música. Su asociación con la pintura fue inmediata, gracias a la bella interpretación de las catorce primeras letras del alfabeto hebreo hecha por el pintor Baruj Salinas. Esperan aún su asociación con la música. Siempre pensé que esos catorce textos deberían ser cantados».

 

Para quienes estamos siempre atentos a cualquier publicación que amplíe nuestro conocimiento de la persona y la obra del poeta gallego José Ángel Valente (Ourense, 1929 - Ginebra, 2000), el reciente lanzamiento en Galaxia Gutenberg del volumen El ángel de la creación. Diálogos y entrevistas (2018) ha supuesto todo un festín del verbo valentiniano, así como una nueva posibilidad de adentrarnos en el pensamiento de un escritor que, ya no sólo en su faceta de ensayista, sino también en la de poeta, por medio de (no sé si paradójica o antitéticamente, o ambas y ninguna al tiempo) un vaciado de sí mismo consiguió alquitarar un caudal de conocimiento que posibilitó esa aspiración, tan conectada con la mística, de que a través del yo hablara el mundo entero, siendo el poeta, a la par, mundo mismo en las palabras de sus textos.

 

Entre las entrevistas recogidas en El ángel de la creación por el poeta canario Andrés Sánchez Robayna (albacea del escritor gallego y editor de esos dos imprescindibles volúmenes que son las obras (in)completas de Valente en Galaxia Gutenberg), se encuentra la mantenida por el orensano con Martín Arancibia: diálogo publicado por la revista Quimera en el año 1984 del que provienen las palabras que encabezan esta reseña, un texto que nos adentra un paso más en la relación del poeta con la música (a través de tan señeros nombres en la composición del siglo XX); una relación que, asumiendo el reto lanzando por Valente, han fraguado en sus pentagramas compositores españoles y europeos como Iluminada Pérez Frutos (que, precisamente, puso en A orilla de la sola quietud (2007) música a las Tres lecciones de tinieblas), José María Sánchez-Verdú, Beat Furrer, Mauricio Sotelo, o Alberto Posadas.

 

Precisamente, con Alberto Posadas (Valladolid, 1967) nos quedamos hoy, pues en el marco del VI Festival Internacional de Creación Musical Contemporánea Vertixe Sonora tuvimos la fortuna de escuchar, el sábado 27 de octubre en la pontevedresa iglesia de San Bartolomé, la segunda audición al completo del ciclo para saxofón Veredas (2014-18), tras su estreno en Valencia, el pasado 21 de abril, dentro del Festival Ensems. Siendo Veredas un ciclo basado en la poesía de José Ángel Valente, recaló la partitura, así pues, en la tierra del poeta gallego; consolidando, asimismo, la presencia de la música de Posadas en Galicia a lo largo de estos últimos años, pues en 2017 pudimos escuchar a Sisco Aparici tocar Hylé (2013) en el V Festival Vertixe Sonora y al cuarteto Sigma interpretando Knossos (2016) en las VI Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela; mientras que en 2016 el viola francés Christophe Desjardins nos había deslumbrado con Tombeau et double (2014) en el IV Festival Vertixe Sonora; así como, en 2013, el ensemble Vertixe con la soberbia Versa est in luctum (2002), entonces en el marco de las II Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela: citas otoñales, por tanto, todas ellas.

 

Pues bien, fiel a su tradición, volvían los pentagramas de Alberto Posadas a las sombrías jornadas del otoño galaico, y lo hacían con uno de los ciclos para saxofón más importantes de nuestro tiempo: una propuesta en la que el espacio, la poesía y la música se dan la mano para habitar las resonancias de una iglesia de San Bartolomé que Ricard Capellino, saxofonista que dio a conocer la obra en Valencia, exploró en diversos puntos y alturas, ofreciendo una lectura técnicamente espectacular: fruto de un lustro de trabajo mano a mano con Posadas que ha dado como resultado, además de tan excelente partitura, una publicación (por ambos firmada) fundamental en lo que a la técnica de saxofón contemporáneo se refiere: New perspectives on the saxophone. From sonic exploration to composition (ISBN 978-84-942958-2-9), volumen que en sus 354 páginas recoge el proceso de creación de Veredas, así como, de forma pormenorizada, los recursos técnicos utilizados en las seis partes que conforman el ciclo: un trabajo colosal y exhaustivo parangonable (incluso el volumen de Capellino y Posadas con un número mayor de páginas y técnicas registradas) a otro libro imprescindible en lo que al saxofón actual se refiere: The Techniques of Saxophon Playing (2009), obra conjunta del compositor italiano Giorgio Netti y del saxofonista suizo Marcus Weiss.

 

Con tal paleta de recursos técnicos a su disposición, Ricard Capellino ha hecho buenas en sus seis veredas las palabras pronunciadas por el director artístico del Festival Vertixe, Ramón Souto, en la presentación del concierto, alocución en la que definió a Posadas como «uno de los grandes alquimistas de la composición mundial»; un alquimista del que el compositor vigués destacó el control total del instrumento y de sus posibilidades espectrales, así como el cambio radical de planteamientos sonoros que el ciclo Veredas pone sobre los atriles, pues desde su primera pieza, escrita en 2014, hasta la última, finalizada en 2018, se percibe una apertura y una potenciación de las sonoridades extendidas sobre las siempre sólidas estructuras espectrales posadianas, dando lugar a lo que hace tan sólo cuatro días, en nuestra reseña del soberbio monográfico de Alberto Posadas publicado por el sello NEOS (11715), definía como trazo totalizador de un compositor que actualmente conjuga las potencias de los lenguajes armónico y ruidista como pocos creadores con tal grado de musicalidad y sentido -nunca mejor dicho en este caso- poético.

 

La primera de estas seis piezas, Ruinas (2014), fue interpretada por Ricard Capellino en el brazo derecho del transepto, iniciando así su exploración de los espacios acústicos de la iglesia de San Bartolomé: una exploración en la que previamente nos había invitado a seguirlo, pudiendo desplazarse libremente el público entre pieza y pieza para ganar en cercanía con respecto al saxofón. Otra característica de Veredas es que no sólo supone una exploración poético-musical del espacio, sino de las tesituras armónicas y tímbricas del propio saxofón, pues cada una de las seis piezas que conforman el ciclo está escrita para los respectivos instrumentos de dicha familia de metales. Así, Ruinas fue compuesta para saxo tenor, dialogando su música con el poema homónimo recogido en el volumen valentiniano Treinta y siete fragmentos (1971). Fiel al comienzo del poema («Se abatieron los muros, / cayó el templo») es el violento inicio de Ruinas, con sus golpeos sonoros que hacen explícita la fisicidad de la ruina, tanto en el ataque como en el slap. Armónicos y multifónicos servirán a Capellino para evocar muchas de las texturas sugeridas por el poema: la inmovilidad y el temblor, la ceniza y la luz, con sus rugosidades y transparencias. Tal y como Souto y Capellino habían apuntado en sus respectivas alocuciones, en el comienzo de esta «especie de peregrinación persiguiendo un sonido inalcanzable» nos encontramos todavía con el fuerte peso de lo cromático y de lo espectral, tan medidos aquí en carga y levedad: aquélla(s) de la luz. En una línea análoga a la que cuatro días antes habíamos escuchado a Vertixe Sonora en A Coruña, a raíz de un concierto en torno al Manifiesto Gutai, hay en esta primera estación de Veredas una fascinación por la ruina, así como una voluntad de construcción de algo nuevo a partir de sus vestigios históricos; quizás, de ahí, esos constantes juegos de velocidades, esa necesidad de vibración de la materia, de su expansión armónica, en paralelo, paradójicamente, a un extatismo que concentra el flujo y el discurso musical dentro de un espacio, todavía, hollado.

Fragmentos fracturados (2014) nace desde el oscuro poema homónimo recogido en la tercera parte del poemario Breve son (1953-68), y está escrito para saxofón alto. Con Ricard Capellino ubicado en el lateral izquierdo de la nave mayor de San Bartolomé, asistimos a otra inmersión en el tiempo, a través de la velocidad y de la fractura de una luz negra en el reino de lo discontinuo, pues tal reza el poema de Valente. Hay, por ello, un trabajo de saxofón muy rítmico, así como una dispersión por medio de aire que nos remite a esa «bruma tentacular de la mañana» en la que el poeta encola fragmentos. Aparece, asimismo, un clima crepuscular, desolado, en el intento de mantener una motilidad acústica que llega a lo espasmódico en lo gestual, con furibundos slaps y pasajes de aire cual espectros sobrevolando la música, directamente surgidos de lo más trágico del poema: «Y ahora no preguntes / por qué nos duele en el humano vientre / el feto no alumbrado, / el fruto agraz y su negada muerte». Ese espacio de confrontaciones que es el texto valentiniano exige de Ricard Capellino, en Fragmentos fracturados, un virtuosismo de impresión en cuanto a digitación y control de la proyección sonora, hasta ese vaciado final de aire que hace presente y da forma en el silencio a la propia muerte.

 

Serán ceniza (2015) nos remite a los versos inaugurales de A modo de esperanza (1953-54), pieza epifánica en el catálogo valentiniano, pues, además de ser el primer libro publicado del orensano, fue el poemario que le valió el Premio Adonáis en 1954 (con las cruciales repercusiones que ello deparó en su trayectoria poética). Escrita para saxofón soprano, esta tercera parte de Veredas nos conduce, de nuevo, a un vacío que es muerte y silencio, pero entre cuyos resquicios se alza el poeta para proclamar la esperanza, «Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora». El multifónico adquiere una gran importancia a la hora de dar forma musical a esa fusión de los estallidos nocturnos, de la materia y de la nada; así como, de nuevo, a una luz aquí remota. Hay algo, en estas tres primeras piezas, de mayor liviandad, más tendido en planos, más puro y espectral; en la antesala misma de que la cuarta parte de Veredas lo transforme todo...

...y es que Objetos de la noche (2015), escrita para saxofón barítono preparado con un spring-drum en el interior de su campana, nos conduce a un espacio musical mucho más rugoso, ruidista y heterogéneo, a una pieza de una belleza subyugante y poderosa; en mi opinión, el pasaje más logrado del ciclo Veredas. Objetos de la noche toma su título del primer poema de Material memoria (1977-78), uno de los libros, también, más rotundos de Valente. De este modo, el saxofón barítono de Capellino convierte en sonido ese aire que en el poema baja como un gran animal no visible a abrevar lo celeste, abriendo la latitud total de la mañana, para extender su luz primigenia. Es, por ello, que se da la acerada profusión de contrastes entre los pasajes más agudos, sin boquilla, a modo de gritos desgarradores pronunciados dentro del saxofón, y esas resonancias graves que aún anclan la música a la oscuridad de la noche. A que tal noche adquiera mayores relieves y capas de profundidad colaboró en Pontevedra el hecho de que el saxofonista valenciano tocase esta pieza desde la tribuna de San Bartolomé, a una altura considerable, proyectando su saxofón hacia una bóveda de cañón que ha amplificado sus resonancias, transformándolas y haciendo arquitectura sonora de las mismas: cual fantasmas o ese animal mojado por la dura transpiración del sueño o de la muerte que habita el poema en su primera estrofa. Así pues, ya desde lo directamente escuchado al saxofón, ya por medio de sus reverberaciones y ecos en las bóvedas, hay algo profundamente acechante aquí, con su nerviosismo, sus miedos y sus gritos tan agresivos, convirtiendo Objetos de la noche en todo un tour de force. A ello se suma la capa que añade la sonoridad provocada por el spring-drum, que inicialmente nos hizo pensar en algún tipo de instalación electrónica lanzada desde el saxofón. En absoluto es así, pues toda la sonoridad textural de esta cuarta pieza, sus rugosidades de apariencia electrónica, nacen del movimiento del propio saxofón, agitado con violencia por Capellino con el spring-drum en su interior, mientras que el cable del mismo cuelga por fuera de la campana, ampliando esa polimorfa gravedad ruidista de apariencia electroacústica. Es así, quizás, como Posadas da forma musical a las palabras de Valente, a sus fracturas y búsquedas: «Dime / con qué rotas imágenes ahora / recomponer el día venidero, / trazar los signos, / tender la red al fondo, / vislumbrar en lo oscuro / el poema o la piedra, / el don de lo imposible». Pocas veces habrán tenido lo oscuro, el poema y la piedra este marasmo de sonoridades aparentemente imposibles desde un saxofón, servidas de forma tan abrumadora como lo ha hecho Ricard Capellino en colaboración con la arquitectura vibrátil de San Bartolomé; pues, como afirmaba el compositor gallego Jacobo Gaspar tras el concierto, esta obra no hubiese sonado así en otro recinto que no fuese uno eclesiástico, con sus resonancias, hoy, en color metal, con los murmullos y los fonéticos proyectados al interior del tudel, antes de que Objetos de la noche se disolviese en las vibraciones del spring-drum y su desmaterialización en el espacio: obscurum per obscurius.

 

Interior con figuras (1973-76) es uno de los poemarios más heterogéneos de José Ángel Valente, así como uno de los que tienden diálogos interdisciplinarios más explícitos y potentes. En la cuarta parte de este libro encontramos la composición en cinco fragmentos Arietta, opus 111, un poema que, volviendo a las palabras de Valente que encabezan esta reseña, «remite a esa infinitud del espacio creador a la que se abren las tres últimas sonatas de Beethoven». Quiso toda una conjunción de astros musicales que un día antes, el 26 de octubre, Josep Colom (presente en el concierto de Ricard Capellino) interpretase, precisamente en Pontevedra, la Sonata para piano Nº32 en do menor opus 111 (1820-22) del genio alemán, en un concierto a modo de homenaje a quien fuera su amigo, el arquitecto pontevedrés (y pianista aficionado) Alejandro de la Sota. Así, de Beethoven a Posadas, pasando por Valente y de la Sota, hemos podido tender un recio puente de referencias entrecruzadas que no han hecho sino más sólidos los pilares de una creación abocada a una atenta escucha mutua, a la fertilización que siempre posibilitan las grandes obras, sean pentagrama, poema o arquitectura. La Arietta (2016) posadiana establece un fortísimo contraste con la anterior pieza de Veredas, al pasar del saxofón barítono preparado en las alturas de la iglesia a un sopranino con sordina straight emplazado en la nave mayor de San Bartolomé, entre las dos filas de bancos en las que se sentaba un público cuyo número había ido menguando a lo largo del concierto (en algunos casos, habría que decir que para bien, pues hemos vuelto a sufrir ruidos y molestias que no son de recibo en un evento de esta naturaleza). Cómo no, Arietta es silencio roto, etérea luz a modo de transparencia, pues «Delgado, / tenue, / agudo, / el timbre hila / la melodía al corazón del aire. / Entra en la sombra, / busca a tientas / lo inferior disparado hacia lo alto», hacia la región aguda de un sopranino que, por sus trinos («en trino por tres veces», reza el poema) y por su cercanía al timbre del oboe, convoca reminiscencias de la música árabe, del trino del pájaro simurg en la poesía sufí: ese ámbito poético y espiritual tan querido por Valente. De este modo, la música es ritmo, danza y vuelo, se trasciende a sí misma para dejar de ser sonido y devenir transparencia, canto silente, motilidad estática. La voluntad de trascendencia del saxofón se mostrará, asimismo, en las estaciones de su particular purificación en pos de ese pájaro solitario tan sufí como sanjuanista: se abandona progresivamente el fraseo inicial del trino, más oriental y melódico, para abrirse a los múltiples planos de la luz en el multifónico, en la textura de la inmaterialidad. Es éste un proceso que viene y va a lo largo tanto de la música como del poema, «Ahora / se funde en la materia / feraz del mundo, en las cosas que son, / que han sido o que serán, / el solitario. / Cantabile, / hacia adentro», intercalando la dinámica del trino y del multifónico hacia una síntesis de movimiento y quietud, en una pulsión musical progresivamente acentuada hasta que, en sus cuatro últimas notas, el saxofón se desprende de sí mismo y se eleva, llevado por la música del texto, «al centro, al fuego, al aire, / al agua antenatal que envuelve / la forma indescifrable / de lo que nunca nadie aún ha hecho / nacer en la mañana del mundo».

 

Concluyó la peregrinación poético-musical de estas seis Veredas en el centro mismo del crucero, bajo la cúpula de San Bartolomé: espacio de encuentro de los puntos cardinales en el que Ricard Capellino interpretó Límite (2017-18), partitura para saxofón bajo preparado con dos sordinas, una wah-wah y una plunger. Límite toma su nombre del último poema de El inocente (1967-70), un libro en el que Valente incluye un texto dedicado a José Lezama Lima. No es baladí, el citar al escritor cubano, tan relacionado con el poeta gallego por vínculos de mutua admiración, si pensamos que el poemario valentiniano Material memoria tiene como preludio una frase de Lezama que tan certera hubiese sido para Límite como aquélla de que «La luz es el primer animal visible de lo invisible», y es que, en sus tres únicos versos, Valente concentra en el poema aquí tomado por Posadas toda la esencia de la oscuridad, de la luz y de la nada: «Qué oscuro el borde de la luz / donde ya nada / reaparece». Es por esa dinámica de opuestos reintegrados a una sola sustancia por lo que Límite se convierte en los extremos sonoros de Veredas reunidos en una sola pieza, aun a pesar del rango tan grave que el saxofón bajo por tradición nos refiere. Sin embargo, la preparación del instrumento con las dos sordinas, unida a un prolijo trabajo del multifónico, obra el milagro de que el saxofón sea, al tiempo, grave y agudo, oscuridad y  luz, en unos rangos que, a mayores, se van abriendo a lo largo de la propia pieza, cada vez más extrema en sus tesituras. De este modo, los registros graves convocan ecos de las texturas y rugosidades precedentes, transformándolos e implosionándolos; mientras que lo más agudo revolotea de nuevo cual pájaro simurg y huye como haces de luz o como ese «primer animal visible», que diría Lezama. De nuevo, y como en Objetos de la noche, la preparación del instrumento hace que su sonoridad adquiera una apariencia, en muchos momentos, electrónica, dejándonos impresionados por cómo a un saxofón bajo se le puede extraer tal plétora de agudísimos y multifónicos en tan distintos y extremos registros, cada vez más distanciados: más luz y sombra a un mismo tiempo, pues a medida que nos encaminamos al final de Límite, el registro medio desaparece, para tensar la cuerda poético-musical tan sólo por sus extremos (es más, debido a las sordinas, cuando el registro medio hace acto de presencia -y quizás, también, por la propia naturaleza sonora que impronta tal preparación-, la apariencia es la de una trompeta, más que la de un saxofón). Fue así cómo, tras casi ochenta minutos de una experiencia poética y musical epifánica, alcanzamos ese oscuro borde de una luz que se elevaba desnuda a las resonancias de las bóvedas de forma, ya, indefinible: registro agudo y transparente que arrastraba, en su huida, a todos los matices de las sombras.

 

Veredas es, junto con necessità d'interrogare il cielo (1996-99), de Giorgio Netti, uno de los ciclos para saxofón más importantes de nuestro tiempo, superando la partitura de Posadas, en mi opinión, por tesituras, registros y audacia artística, lo logrado por el compositor milanés (una necessità d'interrogare il cielo que, igualmente, pudimos disfrutar en su día en Galicia, en una lectura sobrecogedora de Pablo Coello en el marco de las IV Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela (octubre de 2015); unas Xornadas que, en su primera etapa, tuvieron al propio José Ángel Valente como relator, por medio de Anton Webern e as estéticas da retracción (fragmento), ponencia pronunciada en octubre de 1995 en el Centro Galego de Arte Contemporánea y recogida en el ensayo Cuatro referentes para una estética contemporánea, texto incluido en Elogio del calígrafo: recopilación de ensayos valentinianos sobre arte escritos de 1972 a 1999). Como sucediera con Marcus Weiss y Giorgio Netti, de Veredas nos quedará ya no sólo el inmenso trabajo por Alberto Posadas y Ricard Capellino compilado en New perspectives on the saxophone, sino la belleza de lo interpretado en Pontevedra por el saxofonista valenciano en la noche de un otoño que, históricamente (como hemos visto), parece ser la estación en Galicia más propicia para la música del vallisoletano, tal y como lo es para la poesía de Valente, con sus violentos contrastes de luz y sombra, inmersos, como ya lo estamos, en los cromatismos de la degradación de las hojas. Tan sólo he echado de menos el que entre los desplazamientos de Ricard Capellino hacia los distintos atriles desde los que ha habitado musicalmente el espacio eclesiástico no se hubiese procedido a la lectura de los poemas con los que dialogaba cada pieza de Veredas, pues ello hubiese perfilado con mayor nitidez el sabio alquitarado que, por medio de la música, Alberto Posadas ha realizado del verbo.

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