Es evidente que a Nikolic le gustan los directores "clásicos". Furtwängler y Horenstein revolotearon en esta memorable sesión musical, el primero en cuanto a concepto general y algunos detalles (empleo de las maderas), y el segundo respecto a momentos más concretos: imposible no acordarse de Jascha en un scherzo bruckneriano tan punzante como demoledor. Construidas desde hechuras muy amplias y con absoluta fe, estas interpretaciones transformaron en una gran oportunidad el hecho de que Nikolic no dirigiera desde el podio, pues así la atención de los músicos a todo lo que estaba ocurriendo fue exquisita; si a esto le sumamos una planificación dinámica intachable, un sonido transparente y a la vez compacto, interpretaciones inolvidables de todas las familias y unas ideas absolutamente definidas, el lector puede imaginarse hasta qué punto…
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