Noruega

Filarmónica de Oslo. Gran orquesta busca casa

Agustín Blanco Bazán

martes, 27 de noviembre de 2018
Oslo, viernes, 2 de noviembre de 2018. Sala de conciertos de Oslo. Sergei Rachmaninov, Sinfonía coral Las campanas. Sergei Prokofiev, Sinfonía nº 5. Solistas: Olga Podova, soprano. Alexey Dolgov, tenor, Kostas Smoriginas, bajo. Coro Filarmónico de Oslo. Orquesta Filarmónica de Oslo. Vasily Petrenko, director
Vasily Petrenko © IMG Artists, 2018

No hay caso. Cada vez que voy a un país nórdico (los escandinavos más Islandia y Finlandia) paso un papelón haciendo preguntas con respuestas obvias. Por ejemplo: cuando hace algunos días mis anfitriones en Oslo me comentaron que la Orquesta Filarmónica de la ciudad no es subvencionada localmente sino en un noventa por ciento por el Estado Noruego, pregunté si esto no les obligaba a hacer giras por todo el país. Respuesta: “No, porque en Noruega cada región tiene su propia orquesta. Bergen por ejemplo….” Y seguí preguntando: siendo Noruega un país tan rico, ¿por qué no construyen en Oslo una nueva sala de conciertos para reemplazar la actual, tan famosa por sus problemas acústicos? “Hmm…es que sería una idea difícil de aceptar para el ciudadano medio, porque significaría distraer en un gasto útil pero no estrictamente necesario, una suma más justificada para inversión en proyectos más prioritarios en materia de bienestar social. La acústica es problemática, pero finalmente se pueden escuchar allí buenos conciertos.” 

La sala es un atractivo edificio de la década de 1970, con una sala principal de aproximadamente 1500 butacas y sin mayores problemas acústicos en mi butaca, fila 11 al centro. Y la orquesta, llevada por Maris Jansons a un nivel de excelencia a la altura de las mejores agrupaciones europeas, celebrará sus cien años en el 2019 con una gira bajo la dirección de su actual director titular Vasily Petrenko, que incluirá Barcelona, Madrid y Zaragoza a fines de enero.

En la sinfonía coral Las campanas que abrió el programa, Petrenko optó por una exposición de incisiva variedad cromática y, sí, una expresividad reminiscente de Chaicovsqui, pero sobria y subordinada a la expresionista modernidad de Rachmaninov. El allegro ma non tanto del primer movimiento fue inquietantemente naif y juguetón, con un tenor (Dolgov) con voz de clarín en alternancia con carrillón de color plateado y un coro con masa de emisión asombrosamente ágil y exacta. Imposible dejar de recordar los “ding-dong” del movimiento coral de la Tercera de Mahler. De esta forma no pudo ser mayor el contraste con el Lento de las sombrías campanas de una boda llena de premoniciones en el segundo movimiento, y también aquí una soprano excepcional (Podova) convenció con su melancolía y neurosis en contrapunto con inquietantes variaciones armónicas que Petrenko decidió enfatizar con claridad, pero sin exageración expresiva. Petrenko ve en las campanas de alarma del tercer movimiento (Presto) no solo una crisis personal sino la anticipación del Armagedón de la primera guerra mundial que se desataría poco tiempo después de la composición de la obra, y consecuentemente, los abruptos c

mbios de tiempo y el desarrollo de contrastes entre los diferentes grupos instrumentales fue llevado aquí a un paroxismo de intensidad y color. Por momentos pareció como si Musorgsky extendiera su dislocada expresividad a un futuro que luego tomarían John Adams y el minimalismo americano. Y hablando de Musorgsky, fue como un verdadero Boris Godunov que Kostas Smoriginas, con decantada articulación y elegancia, se enfrentó con las campanas de duelo del último movimiento. Luego de esta magnifica exhibición de extremos, las cuerdas de esta gran orquesta nórdica entonaron la melodía que cierra la obra con reconcentrada y conmovedora ternura. 

En el primer movimiento de la Quinta de Prokofiev las virtudes orquestales fueron contención y expresividad frente a un director empeñado en pasar un mensaje diferente de la propagandística alusión de Prokoviev al “espíritu humano” versión Unión Soviética. Nada, pues de reminiscencias “beethovenianas” en esta interpretación empecinada en reemplazar falsas grandilocuencias con una parodia ferozmente nihilista, con control de dinámicas al borde de las resistencias acústicas de la pobre sala. De cualquier manera, el desarrollo del primer tema de flauta y trombón con comentario de cuerdas contrastó admirablemente con el lirismo espectral de la flauta y el oboe en el segundo motivo, y la partir de allí las cuerdas progresaron con fuerza irresistible a la estertórea coda final que sonó sin estridencias gracias a esa mezcla de fuerza de proyección y brillantez aplacada con opacidad tan peculiar en los metales de esta orquesta.

El scherzo combinó un implacable marcado con una humorística elegancia en la intervención de violas y clarinetes en la sección media y solo en el adagio del tercer movimiento se entregó Petrenko a la onírica y misteriosa belleza de la melodía de cuerdas contrastadas con una intervención de piccolo en perfecta afinación. Finalmente, el allegro que cierra la obra fue “giocoso” sólo hasta cierto punto. En su charla pre-concierto, Petrenko introdujo este final pidiendo al publico que se imaginara un supervisor ordenando repetidamente  trabajar a la tropa de obreros a su cargo: “Imagínense al supervisor diciendo: ¡trabajen!, ¡trabajen!...” Y repitió en el inglés esta expresión, (“work, work, work”) por lo menos diez veces. Cuando su audiencia comenzaba a inquietarse moviendo cabeza y culo, Petrenko interrumpió con una reflexión cálidamente impostada en el registro medio de su voz: “el problema es que esta conminación al trabajo termina enajenando a sus destinatarios. Este es un movimiento en camino a la locura.” Pero no tanto como para permitir maravillosos interrogantes de clarinete, antes de precipitar a la orquesta en una furiosa hoguera cromática final. “Finalmente el rondó se agota en una pregunta final: ¿Qué es la felicidad? ¿Es el hombre soviético realmente feliz trabajando y trabajando? Este tipo de obras siempre invitan a disquisiciones sobre el significado de la felicidad.”

En el caso de la Filarmónica de Oslo la felicidad es por lo pronto una merecida nueva sala de conciertos. ¡Y qué cerca pareciera estar esta meta, con sólo superar algunos percances burocráticos! Porque al día siguiente de la pelea sinfónica entre Prokofiev y Petrenko, fuentes de información alternativa me contaron que el sector privado ya ha ofrecido pagar una nueva sala. Pero esto no quita la necesidad de actuar con precaución. Después de todo, la experiencia de la ópera de Copenhague, un elefante blanco pagado por una compañía de contenedores que después no quiso seguir aportando dinero de manutención, es una lección a tener en cuenta. Y la excusa de que el dinero se puede emplear mejor en bienestar social que en salas de conciertos no es una locura de corrección política. Oslo no es Londres, donde la pobreza de desamparados en ollas populares no obsta a que cuando Simon Rattle se le ocurre una nueva sala, varios oligarcas ofrecen dinero para comprarla y del resto no se habla. Y tampoco es Los Ángeles con esa megalomanía del Walt Disney Concert Hall al lado de paupérrimos barrios de inmigrantes latinos. Seguramente, la sala de conciertos llegará a Oslo como llegó la nueva ópera, un témpano de radiante blancura en el fiordo de la ciudad debidamente mantenido con fondos públicos. Porque en Noruega, las artes son, finalmente, un elemento mas de una ética social robusta (y humanamente) holística. 

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