España - Andalucía

Volvió Violetta

Raúl González Arévalo

viernes, 7 de diciembre de 2018
Málaga, domingo, 25 de noviembre de 2018. Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Giuseppe Verdi: La Traviata, ópera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave. Ainhoa Arteta (Violetta Valéry), Antonio Gandía (Afredo Germont), Juan Jesús Rodríguez (Giorgio Germont), Mónica Campaña (Flora Bevoix), Alba Chantar (Annina), Luis Pacetti (Gaston de Letorières), Francisco Tójar (Doctor Grenvil), Isaac Galán (marqués d’Obigny), José Manuel Díaz (Baron Douphol). Coro de Ópera de Málaga (director: Salvador Vázquez). Orquesta Filarmónica de Málaga. Director musical: José María Moreno. Director de escena: Francisco López. Producción escénica del Teatro Villamarta de Jerez. Aforo: 1104. Ocupación: 100%
Traviata según López © Daniel Pérez/Teatro Cervantes, 2018

Cuando en junio pasado se anunció la 30º Temporada Lírica del Teatro Cervantes de Málaga, quedó claro que el coliseo había decidido celebrar las tres décadas de ópera por todo lo alto, con tres platos fuertes, tutto Verdi: La traviata, Aida y Otello. Y para abrir la serie, un campanazo muy sonado: la presencia de Ainhoa Arteta en su papel fetiche, tras quince años sin cantarlo. La expectación era máxima, y no solo en la ciudad, sino también en el ámbito nacional, no exenta de algunas dudas, sobre todo por el repertorio actual de la soprano, centrado en el Puccini más pesado (Tosca y Manon Lescaut, a los que se unirán el año que viene Madama Butterfly y Minnie de La fanciulla del West, ahí es nada). Las entradas se agotaron rápidamente, confirmando, de nuevo, el hambre de ópera que hay en un público que responde con ganas ante las buenas propuestas, y que previsiblemente se repetirá en los dos títulos siguientes. ¿Para cuándo la tercera función en la oferta programada?

El foco de atención tenía un único punto: Arteta. No tengo ninguna duda de que, si no hubiera hablado con ella el día antes de la función, en una larga entrevista que se publicará próximamente en Mundoclasico.com, esta crítica sería diferente. Y probablemente peor, porque habría entendido menos cosas. No es ningún secreto, porque ella misma lo ha contado, que a la soprano tolosarra le ha pasado la vida por encima en varias ocasiones. Al igual que a Violetta. Por eso mismo estoy seguro de que nunca, en los quince años que la frecuentó, su identificación con el personaje fue mayor que en este regreso a él. Y eso vale mucho más que cantar con mayor adecuación el aria y la cabaletta que cierran el primer acto conforme lo escribió Verdi. La soprano solo competía con el recuerdo de sí misma, un fantasma que la perseguía desde que hace quince años se vio obligada a dejar el papel porque su voz se rompió. Un fantasma que se evaporó con el triunfo rotundo que cosechó, y que le hizo acabar la función visiblemente emocionada, dedicándola a su madre, ya fallecida. Aunque ella dice que le debía a Violetta demostrar que podía cantarla una vez más por todo lo que le ha dado, yo creo que la vida le debía a Ainhoa esta reparación: poder volver al personaje al que ella le ha dado todo para despedirse de él por decisión propia. 

Como era previsible, el primer acto fue el único que realmente representó un escollo para la soprano, que sin embargo pudo salvarlo con mucho oficio y prudencia, pero también con decisión y la complicidad del foso, más allá de la omisión del da capo de la cabaletta -al igual que se hizo con las de los demás intérpretes- y del Mib5, que además no está escrito. A partir del segundo acto todo fue más fácil, si es que se puede emplear ese adjetivo en este papel. Arteta es una excelente actriz, por lo que confirió una gran credibilidad al personaje, ya evidente en el dúo con Germont, en el que Juan Jesús Rodríguez le dio réplica a su altura, y el final del segundo acto en casa de Flora. Los pianissimi perfectamente audibles con los que abordó “Alfredo, Alfredo, di questo core” y las frases que le siguen lograron un efecto inesperado en una voz que se ha vuelto más dramática y ha ensanchado notablemente. La intensidad teatral aumentó en el tercero, y aunque algunas frases desgarradas denotaron el repertorio más pesado que últimamente centra su carrera (“È tardi!”), volvió al pianissimo para el “Addio del passato”. La suciedad puntual del sonido solo añadió fuerza a la escena, culminando una Violetta profundamente humana, que se aferraba a la vida con desesperación. En cuanto apareció delante del telón para los saludos finales el teatro se vino abajo, puesto en pie al unísono para recibirla, en uno de los triunfos más rotundos que he presenciado en el Cervantes en 25 años. Era lo justo.

Al lado de toda esta emoción, el resto del reparto corría el riesgo evidente de quedar eclipsado. Sin embargo, Juan Jesús Rodríguez logró otro triunfo artístico y personal, igualmente reconocido por los asistentes. Lo cierto es que es capaz de conferir la autoridad que necesita Germont, pero también la flexibilidad que requiere la evolución del personaje desde el rigor con el que se presenta en el dúo del segundo acto, hasta el reconocimiento por el sacrificio que ha exigido a la protagonista al final del mismo. “Di sprezzo degno se stesso rende” fue más efectivo por doliente que por severo. A su lado, el Alfredo de Antonio Gandía estuvo menos logrado. Al margen del menor desarrollo de un personaje que es inmaduro y por tanto antipático, de los tres protagonistas el tenor valenciano fue el que menos matices ofreció, aunque es indudable su adecuación vocal y el registro agudo brilló cada vez que tuvo ocasión de lucirlo. Los personajes secundarios oscilaron entre lo olvidable, lo discreto y lo correcto, mejores las mujeres (Chantar y Campaña) que los hombres (siempre fiable Pacetti). 

La puesta en escena del Teatro Villamarta no tiene grandes ambiciones, más allá de servir al texto, lo que no es poco. La dirección escénica de Francisco López es correcta, clásica, tradicional y sin riesgos, en especial por lo que toca al movimiento de un coro más bien estático, centrado y logrado en sus intervenciones, aunque me convenció más en la Turandot que abrió la temporada pasada, al igual que la Filarmónica de Málaga, más matizada en ese Puccini o en el Così fan tutte de Mozart con su titular, Hernández Silva, que en este Verdi, donde sonó más eficaz que sutil. Lo mismo ocurrió con la dirección de José María Moreno, que destacó en particular por el apoyo que supo prestar a las voces, respirando con ellas, algo siempre complicado en Verdi.

Málaga ha abierto a lo grande, continuando el cambio de rumbo iniciado en 2017, al recuperar las señas de identidad que hicieron de sus temporadas de ópera unas de las más atendibles del recorrido de provincias. Aunque, desde luego, contar con Arteta y Rodríguez ha sido todo un lujo en estas latitudes, que esperemos que se repita. Una vez de vuelta la fórmula del éxito, además de mantenerla hay que procurar ampliarla, en número de funciones y en los solistas nacionales de indudable proyección internacional con los que se cuenta.

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