España - Andalucía

Interesante piñata musical rusa

José Amador Morales

miércoles, 9 de enero de 2019
Sevilla, jueves, 20 de diciembre de 2018. Teatro de la Maestranza. Anatoli Liadov: Polonesa para orquesta en Do mayor, Op. 49; Serguei Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini; Piotr Ilich Chaicovsqui: Aria de Lensky (arreglo para flauta de G. Braunstein) y Polonesa, de “Eugenio Oneguin”; Modest Mussorgski/Rimsky-Korsakov: Introducción  y Polonesa, de “Boris Godunov”. Mijáil Glinka: Ruslán y Ludmila, obertura. Piotr Ilich Chaicovsqui: Cascanueces, suite. Tatiana Postnikova, piano. Vicent Morelló Broseta, flauta. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. John Axelrod, director musical.

No siempre contundente y a veces cogido por los pelos, el cuarto concierto de abono de la presente temporada de la Sinfónica de Sevilla se presentaba bajo el título “Pasión por Pushkin” al girar el programa -presuntamente- en torno a la figura del gran escritor ruso. Un programa, dicho sea de paso, variopinto al tiempo que contundente (duró más de dos horas y media) en el que, eso sí, se impuso el inefable atractivo de la música rusa. 

A nivel interpretativo, lo mollar del concierto estuvo constituido por las Variaciones sobre un tema de Paganini en la primera parte, así como la suite Cascanueces en la segunda. La pieza de Rachmaninov se abrió paso tras una -más bien poco lucida- Polonesa de Liadov (compuesta en memoria de Pushkin) con demasiado ruido y brocha gorda sonora; algo que afortunadamente no se repitió en el resto de la velada. Para esta ocasión la pianista de la casa, una Tatiana Postnikova siempre sensible y musicalísima, convenció y cosechó un éxito tan rotundo como justo. Su pianismo, más sensible y ligero que virtuosístico o incisivo, se metió paulatinamente al público en el bolsillo hasta embelesarlo a partir de la celebérrima decimoctava variación. En agradecimiento, y con tacto y gusto exquisito, la pianista moscovita regaló un atinado Diciembre de Chaicovsqui.

La segunda parte se abrió con una selección de piezas orquestales procedentes de óperas rusas. La única vocal, el sentido aria de Lensky procedente de la ópera Eugenio Onegin de Chaicovsqui, se ofreció en la versión para flauta y orquesta de Guy Braunstein (célebre violinista que fuera concertino de la Filarmónica de Berlín), aquí bajo la solvente interpretación de Vicent Morelló Broseta, flauta solista del conjunto sinfónico sevillano, quien ofreció fuera de programa una interesante lectura de Syrinx, de Claude Debussy. El ramillete de obras compuesto por la Polonesa de Chaicovsqui, la homónima de Musorgsky (procedente de su ópera Boris Godunov, quien la viera en el Maestranza…) o la furibunda obertura de Ruslán y Ludmila de Glinka, sirvieron para comprobar una vez más la impresionante brillantez e intensidad sonoras que consigue extraer John Axelrod de la Sinfónica de Sevilla. Y de paso, en esa misma línea, poner en bandeja una preciosa, también por momentos preciosista, versión del Cascanueces de Tchaikovsky, cuyo acertado juego de texturas, entre la opulencia sinfónica y un sonido casi camerístico, fue de la mano de una musicalidad exquisita. 

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