Rossini y España © 2018 by Fórcola
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«Quien haya llegado hasta aquí en la lectura, se habrá dado cuenta sin duda de que éste es únicamente un pequeño homenaje al Napoleón musical cuando se cumplen los ciento cincuenta años de su fallecimiento.» Con estas líneas –que es más que notorio que no ha leído, o no quiere mencionar, el autor de esta reseña– finaliza el libro de Fernando Fraga. Raúl González Arévalo descalifica Rossini y España como una «publicación modesta, de interés real muy limitado…». Obviamente, este improperio entra en el terreno de la descalificación gratuita, en una reseña o comentario parcial y torticero que tan sólo pretende destrozar un libro que, en ningún momento aspira a ser académico, científico o demostrar ninguna hipótesis preconcebida, sino, todo lo contrario, proporcionar al lector un ensayo musical y literario, de grata lectura, aportando algunos datos de la relación del compositor con España, lo español y los españoles que frecuentó. Los meandros que tanto molestan al señor González Arévalo («Fernando Fraga, conocido divulgador, se ve obligado frecuentemente a salirse por la tangente»), son precisamente la gracia del libro, un estilo personal del autor, que valorará todo lector amante del ensayo inteligente, ameno y no encorsetado (tan habitual en las letras académicas españolas y que, por desgracia, debe ser del agrado del reseñista). No tengo duda alguna de que los cientos de lectores que ya lo han leído lo habrán disfrutado (y así nos consta), entre otras cosas, por esos meandros o tangentes. De los meandros, precisamente, está plagado el Quijote (que seguramente conocía Rossini y que se menciona en el libro). Las tangentes sustentan la historia de la literatura universal. Es legítimo que a uno no le guste un libro. Lo demás, sobra.