DVD - Reseñas

La erótica del poder

Raúl González Arévalo

jueves, 14 de febrero de 2019
George Friedrich Handel: Agrippina, dramma per musica en tres actos, con libreto de Vincenzo Grimani. Patricia Bardon (Agrippina), Jake Arditti (Nerone), Danielle de Niese (Poppea), Filippo Mineccia (Ottone), Mika Kares (Claudio), Damien Pass (Pallante), Tom Verney (Narciso), Christoph Siedl (Lesbo). Balthasar Neumann Ensemble. Thomas Hengelbrock, dirección. Robert Carsen, dirección escénica e iluminación. Gideon Davey, escenografía y vestuario. Peter van Praet, iluminación. François Roussillon, dirección de vídeo. Subtítulos en italiano, inglés, francés, alemán, japonés, coreano. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: PCM stereo, DTS 5.1. Dos DVDs de 179 minutos de duración. Grabado el 16 y 29 de marzo de 2016 en el Theater an der Wien de Viena (Austria). NAXOS 2.110579-80. Distribuidor en España: Música Directa.

Quien conozca la primera ópera de Handel, Almira, Königin von Kastilien, podrá apreciar el enorme avance que supuso en su teatro lírico la estancia italiana, que culmina precisamente con esta Agrippina. Sin embargo, la recuperación del título se hizo esperar en el redescubrimiento del catálogo de su autor en la segunda mitad del siglo XX. En la década de 1990 le dio visibilidad John Eliot Gardiner en la ya clásica grabación de Philips. Harmonia Mundi se subió al carro con la de McGegan, aunque en realidad no se puso a la cabeza hasta que reincidió en el título con el registro de Jacobs, ya a principios del siglo XXI. En formato audiovisual la propuesta de Östman no supera la modestia, y hasta el momento la referencia la encabezaba Jean-Claude Malgoire porque en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Afortunadamente, la grabación de Naxos eleva el nivel de la videografía, acercándolo al de la discografía.

Thomas Hengelbrock no llega a la profundidad teatral y las sutilezas de Jacobs, pero es dramático y dinámico, más que Gardiner, a pesar de una dirección que realmente es conservadora en su planteamiento y no arriesga, a diferencia del belga. En consecuencia, el excelente Balthasar Neumann Ensemble suena con la calidad sobresaliente acostumbrada, pero sospecho que podría haber alcanzado otra brillantez en otras manos. En cualquier caso, la comparación los sitúa muy por encima de los London Baroque Players y por encima de La Grande Ecurie et la Chambre du Roy.

Aunque la protagonista casi siempre es encarnada por una soprano, cabe recordar que el papel lo estrenó Margherita Durastanti, cuya tesitura evolucionó hacia la cuerda de mezzo, que en todo caso no estaba definida como tal a principios del siglo XVIII. En consecuencia, está perfectamente justificada la presencia de Patricia Bardon como Agrippina. Para mí siempre será un referencial Orlando con William Christie (Erato) en virtud de una voz homogénea, una coloratura fluida y un fraseo italiano muy bueno. Por ello me alegra comprobar que dos décadas más tarde la actriz ha perfeccionado su arte, y la voz y el canto mantienen su calidad, respetadas por el paso del tiempo.

La verdadera sorpresa la da Filippo Mineccia en la que constituye su mejor grabación hasta la fecha. Su Ottone es un gran ejemplo de cómo con un instrumento y una técnica menos redondos que los de otros contemporáneos –pienso particularmente en Philippe Jaroussky y Franco Fagioli, que también cantan papeles de soprano castrato– se puede construir un gran personaje y concentrar la atención en un espectáculo. No en vano, despliega una capacidad de efectos canoros que no esperaba a priori, al igual que ocurre con la gama de recursos dramáticos, de modo que el personaje es variado e interesante. A su lado el Nerone de Jake Arditti, poco atractivo vocalmente, empequeñece claramente. Por cerrar con los contratenores, tampoco Tom Verney llama la atención en ningún sentido como Narciso. Desafortunadamente, ninguno de los bajos está mejor servido.

En consecuencia, el tercer puntal del reparto es Danielle de Niese, que ya había causado una excelente impresión como Poppea de Monteverdi con Christie. Con Handel no le va a la zaga, es un compositor cuyo lenguaje domina –su Cleopatra es justamente conocida–, en lo vocal y en lo estilístico, y el resultado es muy superior al que alcanza con el belcanto decimonónico (Rossini y Donizetti). Su cortesana es fresca y astuta en todos los sentidos, y se complementa a la perfección con la Agrippina de Bardon.

Queda la producción de Robert Carsen, cuyo trabajo con el teatro handeliano ha alumbrado auténticos monumentos. No es este el caso, aunque se aprecia un buen resultado. La actualización del contexto de la Roma del siglo I a la de Mussolini no es original, hace mucho que se ha explotado la conexión estilística –especialmente la arquitectónica– entre la Italia fascista y el Imperio Romano. El resultado es una combinación de sofisticación y torpeza que realza el contexto original de la obra y la sátira que traslucen los personajes ideados por Handel para esta ópera en torno a la erótica del poder.

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