Decimoquinta visita de Sokolov al Palau. Una tradición. Ya como la de El Mesías por Navidad. Pero más salvadora. Recibido con expectación (casi completo el aforo). Dolorosamente despedido (por dejarnos). En los dedos esta vez Beethoven (o dos Beethoven, los que distinguen sus opus números 2 y 119) y Brahms (el exquisito último Brahms). En los dedos y en los brazos y en el piano y en la sala y en la luz tenue y en el aire, que a la vez es también luz clara y profunda. Sokolov desmiente que estos sean tiempos líquidos. Son tiempos luminosos. Sólidamente luminosos. Al menos mientras él impone su tiempo, su mundo, su sonido, su silencio.
Como siempre, parece que le sobra el trayecto entre la puerta de acceso a la sala y el piano. En él encuentra su plenitud. Lo necesita. Aunque quizá sea el propio instrumento el que precise al pianista y por…
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