La orquesta del Mariinski suena a foso, que en este caso no quiere decir otra cosa que le cubre una pátina a la vez transparente y espesa de vocación teatral, un telón de boca arrebujado que en el preludio de Lohengrin van rasgando los instrumentos en un único y sucesivo aliento, con una una acuciante necesidad de contarnos, de tocarnos, necesidad física, dramáticamente sensual, envolvente, hasta que ya no hay pátina ni telón, sólo carnalidad sonora en infinitas texturas.
Esta experiencia ya es suficiente como para que haya merecido la pena la asistencia a la sala. Pero habrá que esperar a la segunda parte de la velada para recuperar la misma altura. Muestra mucha cintura Gergiev en el juvenil primer concierto de Rachmáninov. Maneja los tiempos con flexibilidad, controla los volúmenes y lustra los timbres. Hace que se aprecie en la obra…
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