España - Galicia

Las virtudes del violinista solitario

Paco Yáñez

lunes, 8 de abril de 2019
Lugo, martes, 2 de abril de 2019. Museo Interactivo da Historia de Lugo. Roberto Alonso Trillo, violín. João Pedro Oliveira: Derivative I. José María Sánchez-Verdú: Tres interludios. Francisco Guerrero: Zayin VI. Joan Bagés: La voz, las voces. Ocupación: 50%.
Roberto Alonso Trillo © 2017 by robertoalonsotrillo.com

Si hace una semana visitaba Mundoclasico.com el violinista gallego Roberto Alonso en su condición de pensador y musicólogo, por medio de su libro Death and (Re)Birth of J. S. Bach. Reconsidering Musical Authorship and the Work-Concept (Routledge, 2019), siete días después nos reencontramos con el músico vigués, pues fue precisamente Alonso quien, el pasado martes 2 de abril, levantó el telón del séptimo Ciclo de Música Contemporánea de Lugo "MIHLSons-XXI", una de las citas más potentes con la música contemporánea en la primavera gallega, este año dedicada por su director artístico, el siempre valiente e incansable Diego Ventoso, a la música contemporánea en la Península Ibérica: tema que hasta el próximo 30 de abril reunirá en Lugo a una serie de músicos especializados en el repertorio actual, como el propio Roberto Alonso, además de Thomas Piel, David Durán, o Noé Rodrigo, para abordar una programación que comprende, como es seña de identidad en este ciclo, la interdisciplinariedad, con conciertos y espectáculos de danza que podremos disfrutar en diversos espacios de la ciudad amurallada...

...ahora bien, el primer evento de "MIHLSons-XXI" en 2019 (titulado por Roberto Alonso Rememorando el porvenir, en lo que parece un guiño cinematográfico al mediometraje Le Souvenir d'un avenir (2001), de Chris Marker) se desarrolló extramuros y bajo tierra, pues tal emplazamiento tiene el espectacular museo que da nombre a este ciclo de música contemporánea, un Museo Interactivo da Historia de Lugo en una de cuyas salas circulares Alonso manifestaba serias dudas, antes de comenzar su recital, sobre cómo se comportaría la acústica tan agresiva y directa que percibía en el lugar donde se disponía el semicírculo que formaban sus atriles. Sin embargo, ya en las primeras notas de la partitura que abrió el concierto, Derivative I (2017), obra para violín solo del compositor portugués João Pedro Oliveira (Lisboa, 1959), pudimos percibir una presencia impresionante del instrumento de Roberto Alonso (un Francesco Mauritzi de 1835), totalmente envueltos por la acústica creada por el violinista y su reverberación en el espacio circular del MIHL. Audición, por tanto, de lujo, en cuanto a inmersión acústica y empaque sonoro; si bien, en tan alto grado transparente, que cada nota y articulación quedaban radiografiadas hasta en sus más nimios resquicios, algo que esta noche no constituyó problema alguno, pues hemos disfrutado de uno de los mejores recitales para violín solo, por obras y calidad interpretativa, que recuerde en Galicia.

Era éste un recital, además, muy bien pensado por Roberto Alonso, con su progresivo adentramiento en la modernidad y en un sonido más complejo y espacialmente construido; siendo así que Derivative I fue la obra más clásica en su factura; si bien, un clasicismo que adonde nos conduce es a la Segunda Escuela de Viena, debido al estudio que de los saltos interválicos en esta partitura João Pedro Oliveira realiza. El propio compositor lisboeta relaciona Derivative I con su serie de cuatro piezas para solistas Integrais (1986-87), un ciclo en el que los procedimientos informáticos sirvieron a Oliveira para generar «todas las posibles relaciones existentes entre dos intervalos de generación». Treinta años más tarde, el compositor luso compondrá Derivative I a partir del material empleado en Integral I (1986), también para violín solo, explorando algunas secciones de aquella partitura y recomponiendo sus materiales. A pesar de que no estamos ante una pieza del empaque de las otras tres que componían el programa, su transparencia y desnudez sirvieron para dejar algo meridianamente claro ya desde el principio del concierto: la demostración de absoluta musicalidad que Roberto Alonso nos ha ofrecido esta noche, con un dominio del arco apabullante, tanto en presión, como en ritmo, ataque, dobles cuerdas, etc. En el caso de Derivative I, y aunque Oliveira nos habla de esos rangos interválicos tan esquemáticos y explícitos, Alonso se adentra en sus graduaciones de un modo microtonal, habitando los espectros que por resonancia armónica extrae tanto con arco y presión sobre el diapasón, como por el efecto de las dobles cuerdas. Gran lectura, así pues, uniendo un refinamiento técnico irreprochable a la habitual expresividad de uno los músicos que en Galicia mejor comprenden que ambos aspectos, sumados a un planteamiento intelectual muy sólido, no están, ni mucho menos, enfrentados.

La segunda partitura de la noche nos conducía a unos paisajes musicales más actuales, de la mano de los Tres interludios para violín solo (2006) de José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968), tres piezas cuya audición en Lugo me ha hecho rememorar el estreno, el 4 de mayo de 2007, de El viaje a Simorgh (2002-06), cuarta ópera del compositor andaluz, entonces con el violín de Ara Malikian desdoblado en el Teatro Real de Madrid gracias a la electrónica del Experimentalstudio de Friburgo para dar cuenta del viaje de aquel pájaro solitario que era el músico libanés, en paralelo a la danza del otro pájaro solitario de la ópera, Cesc Gelabert, y a la soberbia escenografía aviar de Frederic Amat. A pesar de que el pájaro Simorgh vuela sin abandonar su extatismo, la interpretación de Malikian la recuerdo en Madrid como una constante invitación al movimiento y a la multiplicidad del canto de su violín; siendo, por ello, muy expansiva y dinámica. Mientras, en el MIHL lugués, Roberto Alonso ha apostado más por la concentración y el despojamiento sonoro, algo perfectamente acorde con su concepción de estos Tres interludios, pues antes de comenzar su interpretación los ligó al canto gregoriano (presencia de lo medieval tan querida por Sánchez-Verdú como fertilizador de sus imaginarios artístico-musicales), con su búsqueda de una sola nota atacada de distintas formas por medio de una moderna explotación de los diversos parámetros que posibilita el lenguaje del violín actual; de modo que esa unión de desnudez y rugosidad nos ha vuelto a hablar en Lugo de lo que es, al tiempo, uno y múltiple: algo tan propio de la poesía de un San Juan de la Cruz que nutre tanto a la ópera de Sánchez-Verdú como a la novela de Juan Goytisolo en la que El viaje a Simorgh está libremente basada, Las virtudes del pájaro solitario (1988).

Así pues, la de Roberto Alonso ha sido, tomando prestada otra expresión sanjuanista, una «música callada» (aunque no, precisamente, la de Mompou) más introspectiva que la de Malikian doce años antes (en Lugo, sin electrónica), volcada ahora sobre las más delicadas rugosidades, construyendo la luz de estos Tres interludios desde un concepto scelsiano del despojamiento instrumental también muy afín a Sánchez-Verdú. Es por ello lo extremadamente delicado del ataque de Alonso, ya sea en un metálico y desmaterializado sul ponticello, en un obsesivo y rítmico col legno, en sus aleteos aviares por medio del trémolo, etc. Aunque, como antes precisamos, esta versión luguesa ha carecido de electrónica, algo de la misma parece infiltrarse en la naturaleza acústica del violín, cual si implosionase la multiplicidad de la versión operística en los Tres interludios para violín solo, ya por el propio concepto musical de Sánchez-Verdú, ya por la soberbia interpretación de Roberto Alonso, tan repleta de matices, enfatizando los distintos planteamientos temporales de cada interludio, su forma -como indica el propio violinista en sus notas- de jugar con el olvido y la memoria a través de la construcción de los materiales desde una erosión que diríamos geológico-musical: material-memoria (parafraseando a un poeta tan querido por Verdú como José Ángel Valente) tan recurrente en la obra del compositor algecireño. Dentro de esa firme exposición por parte de Alonso de la tan reconocible estética de José María Sánchez-Verdú, ha destacado el tercero de los interludios, con su motilidad y refinamiento a la hora de movilizar más técnicas en su instrumento, destacando el sul ponticello y el col legno para remedar tanto el vuelo del pájaro solitario como su carencia de un color determinado (en la que se reflejarían todos los colores). Como en el resto del concierto, el manejo del arco me ha parecido de una calidad superlativa, así como la afinación y el punto exacto de expresividad sin descuidar en ningún momento la precisión técnica.

Con Francisco Guerrero (Linares, 1951 - Madrid, 1997) y Zayin VI (1996) nos encontramos con una de las obras cumbre para violín solo en el final del siglo XX español. Dedicada a Irvine Arditti, es la del violinista londinense la versión canónica de esta extensa partitura (dispuesta por Roberto Alonso en un semicírculo de atriles), la grabada por Arditti para el sello Almaviva (DS-0127) en 1997-98, dentro del registro al completo del ciclo Zayin (1983-97) por el Arditti Quartet. Aunque en su presentación de esta pieza Roberto Alonso nos habló (muy pertinentemente) de matemáticas y fractales, así como de caos y de un imparable fluir musical que el violinista gallego relacionó con la torrencial escritura del austriaco Thomas Bernhard, también se refirió a que, dentro de su construcción desde un pensamiento científico y postserial, en Zayin VI indefectiblemente se reconoce la voz del propio Guerrero, un compositor que en esta partitura (en la estela de Iannis Xenakis: una de las influencias mayores del propio Guerrero) formula al violinista un conjunto ideal al que aspirar, pues Alonso (y no le falta experiencia al músico vigués en piezas de la más alta complejidad) reconoce que la partitura está en el límite de lo tocable, siendo prácticamente imposible dar cuenta de todo cuanto está escrito...

...ello me ha retrotraído a la que fue mi primera reseña para Mundoclasico.com, publicada el 4 de abril de 2003, precisamente con un disco de Francisco Guerrero de por medio: el (tan esperado) registro de sus obras orquestales a cargo de José Ramón Encinar y la Orquesta Sinfónica de Galicia (col legno WWE 1CD 20044). Me decía entonces Xoán M. Carreira que para tocar lo que Guerrero había dejado escrito en aquellas partituras serían necesarias «manos de ocho dedos y bocas de dos leguas». Pues bien, ya en 2019, Roberto Alonso ha demostrado que, si no tiene dieciséis dedos en sus manos, pocos le han de faltar, o un muy buen uso realiza de los diez que yo le he contado, aunque reconociera, tras la apabullante interpretación que de Zayin VI ha realizado en Lugo, acabar exhausto y con los dedos algo forzados: tal es la exigencia física que Guerrero demanda al violinista a la hora de abarcar los rangos extremos que ataca en el instrumento, explorando tanto lo más grave, ronco y textural del mismo, como lo más aflautado y agudo, sin que falten ejercicios de profuso agitato activando las cuatro cuerdas alternativamente de un modo febril: ataque de reminiscencias históricas y virtuosísticas que pone sobre los atriles no sólo esas reapariciones de motivos fractales, sino los vínculos de Guerrero con la historia, deslizándose en Zayin VI ecos de un compositor tan bien conocido (y tocado) por Alonso como Johann Sebastian Bach. Integrando, por tanto, la historia como una cadena profusamente entrelazada que a Guerrero llega desde el privilegiado eslabón de Iannis Xenakis como conexión con el rizoma infinito del estilo, Roberto Alonso ha hecho explícitas esas estaciones y momentaneidades del violín, con una contundencia brutal y sin ambages, al tiempo que con asomos de poética y lirismo en los que adquiere otra personalidad diría que más actual con respecto a Irvine Arditti y su concepción tan seca y cortante de Zayin. Es también más refinado Alonso en cuanto a microtonalidad, al señalar con más detenimiento y espacio los intervalos en las dobles cuerdas, así como la proliferación de sus armónicos, dando salida al concepto que el propio violinista especificaba en sus notas para este concierto: «Zayin VI es precisamente esto: un violín que quiere sonar como un cuarteto, del que intenta imitar la trama polifónica como masa física»; una fisicidad creada desde la rugosidad, con algunos puntos en común con Sánchez-Verdú, si bien en el algecireño, de un modo más refinado; mientras que en Guerrero, más expeditivo y violento, algo a lo que ha ayudado esta noche en Lugo el manejo de los contrastes, la rotundidad en los registros extremos y, de nuevo, un proverbial manejo del arco por parte de Roberto Alonso: pura musicalidad, tanto en el preciso ángulo de ataque como en su presión y velocidad. Una gozada, así pues, que nos recuerda que, por difícil que sea la música de Francisco Guerrero, con intérpretes (pertenecientes a una nueva generación) del calibre de Roberto Alonso es posible llegar a un alto porcentaje de lo escrito en las endiabladas partituras del jienense; páginas que, como las de Sánchez-Verdú, se echan de menos en Galicia con mayor frecuencia en nuestras programaciones, tanto en las orquestales como en las camerísticas, pues nos adentran en lo mejor de la música española contemporánea.

A tal nivel hemos de situar la partitura que cerraba este concierto, la impresionante La voz, las voces (2012), obra para violín, voz (ambos, amplificados y a cargo de un solo intérprete) y electrónica del catalán Joan Bagés (Lleida, 1977), prolífico compositor presente esta noche en el MIHL de Lugo y que ya había visitado Galicia en anteriores ocasiones, con motivo de los estrenos de sus páginas camerísticas ...si tú no estuvieras observándome, yo no estaría aquí... qué incertidumbre! (2015) y Muzak (2016). La voz, las voces surge a partir del trabajo pictórico y poético de Juan Carlos Mestre (a quien la partitura está dedicada), tomando su texto de un poema homónimo incluido en el libro de Mestre La poesía ha caído en desgracia (1992), una obra en la que el poeta berciano se lanza en pos de la sabiduría alquitarada en la palabra, adentrándose en la duda, en el espacio y en el tiempo por medio de unas imágenes que trascienden a las modas y a los cánones al uso, para dar cuenta de ese saber intemporal que habita tanto al sabio como al poeta, huyendo de la racionalidad moderna y de lo que Sultana Wahnón, en su estudio del poemario de Mestre, dice «cárcel heideggeriana» de la palabra (en cuanto a tradición hermenéutica de la filosofía del lenguaje alemana). Es así como de La poesía ha caído en desgracia emergen imágenes y símbolos tomados por Joan Bagés atendiendo no sólo a sus connotaciones poéticas, sino a su gran carga matérica, de forma que la música se transforma en sangre, hierro, niebla, viento, madera, vidrio... y, por supuesto, en voces; en este caso, la del propio Roberto Alonso, que se hace cargo (cual trovador del siglo XXI) del violín y del recitado, más que de la declamación, pues su narración del texto adquiere cierta distancia y frialdad, sumiéndonos en un fluido poético-musical intemporal, en el que los símbolos trascienden la perennidad del momento.

Pero lo matérico no proviene, en La voz, las voces, tan sólo del texto, sino de una selección pictórica de la obra de Juan Carlos Mestre realizada por Bagés (como mapa del territorio para el autoconocimiento, sostiene Alonso) conforme al «contraste entre la unidad visual con las que cada una de estas obras se nos presenta. Cada cuadro es como un todo, único, global. Pero que a su vez contrasta con su interior: lleno de matices, de complejidades donde uno no sabe bien si la forma interna la genera una regularidad calculada, como si se trata de patrones numéricos, codificados, o por lo contrario, resulta que la forma es generada por el puro azar, el caos», afirma el compositor, algo que nos remitiría, de nuevo, a un universo guerreriano en el que caos y orden, azar y matemáticas no tanto se enfrentan como se tienden la mano e integran. Ahora bien, esa alta carga matérica que nos plantea La voz, las voces adquiere una presencia más poética, a pesar de que muchas de las técnicas extendidas que despliega Roberto Alonso en su violín sean aún menos convencionales, injertándose la partitura del compositor ilerdense en una estética netamente post-lachenmanniana, pues en La voz, las voces resonarán muchas de las técnicas para instrumentos de cuerda sintetizadas por el genio de Stuttgart, si bien con tal vuelta de tuerca, que dejarán a partituras como la propia Toccatina (1986) en música 'antigua'. De este modo, Roberto Alonso activa su violín en toda su extensión, con procedimientos emanados de la musique concrète instrumentale, como el roce del arco contra la voluta y las clavijas, o la percusión de las cuerdas con el tornillo del arco, convocando, así, las sonoridades matéricas del vidrio, la madera, el metal, etc., referidas por Mestre en La poesía ha caído en desgracia. El uso de la electrónica, amplificando y produciendo una ligera reverberación en voz y violín, agudiza esa rugosidad, así como desdibuja los límites de ambos, de forma que es lo más puramente matérico-musical lo que emerge desde unos altavoces que, dispuestos como lo estaban cerca de las paredes curvas del MIHL, no han hecho sino más envolvente esa inmersión en las potentes imágenes de Juan Carlos Mestre: inmersión que se agudizó por la dramaturgia de la luz dispuesta en Lugo, con un juego de penumbras y cromatismos en los cuales resonaban los óxidos y los pálpitos de las palabras: situación que, de nuevo, lo conduce a uno al jardín de la memoria, hermanando La voz, las voces con uno de los estrenos poético-lumínico-musicales más estremecedores que recuerdo, el de Libro del Frío (2007-08), de José María Sánchez-Verdú, en la Catedral de León, el 3 de octubre de 2008, entonces a partir de los versos de Antonio Gamoneda, un poeta tan querido por el propio Juan Carlos Mestre.

Múltiples conexiones, por tanto, a las que daba lugar este tan bello programa interpretado en Lugo de forma magistral por un Roberto Alonso en estado de gracia (como el público supo reconocer, con una intensa y sabia ovación); un concierto que hemos de sumar a los mejores recitales que de música contemporánea se hayan celebrado en Galicia a lo largo de los últimos años, uniéndose a jornadas memorables como las ofrecidas por Séverine Ballon en Vigo (12 de noviembre de 2016), David Durán y Haruna Takebe en Pontevedra (9 de junio de 2017), Ricard Capellino en Pontevedra (27 de octubre de 2018), o Thomas Piel, también en Pontevedra (5 de noviembre de 2018): citas, todas ellas, que compartían, además de unos estándares interpretativos de verdadera excelencia, unos programas con presencia de grandes compositores y partituras contrastadas, algo tan importante para que el público aprecie y se enganche a la mejor música de nuestro tiempo, pero cuestión no siempre comprendida a la hora de programar. Afortunadamente, el Ciclo de Música Contemporánea de Lugo "MIHLSons-XXI" nos ofrecerá en 2019 este planteamiento de programación artística que considero mucho más pertinente hasta el próximo 30 de abril, ya desde este soberbio recital que, parafraseando al llorado Juan Goytisolo, nos muestra las enormes virtudes de este violinista, hoy, en solitario.

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