DVD - Reseñas

La loba de Francia

Raúl González Arévalo

lunes, 29 de abril de 2019
George Benjamin: Lessons in Love and Violence, opera en dos partes y siete escenas con libreto de Martin Crimp (2018). Katie Mitchell, dirección de escena. Stéphane Degout (King), Barbara Hannigan (Isabel), Gyula Orendt (Gaveston/Stranger), Peter Hoare (Mortimer), Samuel Boden (Boy/Young King), Ocean Barrington-Cook (princesa). Orchestra of The Royal Opera House. George Benjamin, director. Un DVD grabado en la Royal Opera House de Londres (Reino Unido) en mayo de 2018. OPUS ARTE OA 1221. Distribuidor en España: Música Directa.

Entre 1955 y 1977 el escritor francés Maurice Druon publicó sucesivamente los siete volúmenes de su serie dedicada a Los reyes malditos, una saga sobre los soberanos de Francia desde los últimos cinco Capetos hasta los dos primeros Valois, de Felipe IV el Hermoso a Juan II el Bueno. El título deriva de la maldición que profirió en la hoguera el último Gran Maestre de los templarios, Jacques de Molay. Con unos personajes perfectamente delineados y una intriga política cruda y compleja, no es de extrañar que George R. R. Martin dijera que se trata de “el juego de tronos original”, en el que se inspiró para su propia Canción de Hielo y Fuego, proclamando a su autor, con razón, el mejor escritor francés de novela histórica desde Alexandre Dumas.

El quinto volumen de la entrega, La Loba de Francia, se centra en el reinado de Eduardo II de Inglaterra, sus amoríos con Hugo Despenser, y los desencuentros con su mujer, Isabel de Francia, y el amante de esta, Mortimer. La trama desemboca en la guerra civil que finaliza con la deposición y el asesinato de Eduardo II. La protagonista absoluta, huelga decirlo, es la reina Isabel, mujer de fuerte carácter, públicamente humillada por su marido y decidida a asegurar la herencia de su hijo, el futuro Eduardo III, conservando el poder político con apoyo del rebelde Mortimer. Viendo la nueva ópera de George Benjamin, en la que la reina tiene un papel principal, era imposible no pensar en la novela de Druon, por más que el libreto se haya basado en el Eduardo II de Christopher Marlowe, condensado en siete escenas que se distribuyen en dos partes. La trama era demasiado atractiva para que no terminara convertida en ópera. Lo curioso que hayan coincidido dos en el tiempo, pues Andrea Lorenzo Scartazzini estrenó su Edward II en Berlín en 2017. Pero mientras que su obra se centra en la homosexualidad del monarca, en la de Benjamin tiene más peso la acción política.

Comoquiera que sea, el resultado es una obra de gran concisión, de poco menos de hora y media de duración, en la que no hay caídas de tensión, y cuyas escenas tienen en común una atmósfera claustrofóbica para sus protagonistas, con una trama crispada, incluso sórdida en la crudeza con la que se exponen las relaciones, con economía de gestos y hechos. La calidad literaria del texto, con citas textuales de Marlowe, es altísima. La música de Benjamin, con una instrumentación magistral a la hora de subrayar emociones, con habilidad para dar voz a los personajes que interactúan físicamente, mientras traducen en el canto sus pensamientos reales, es capaz de pasar de la sensualidad a la crueldad sin solución de continuidad. La presencia de dos niños –el príncipe Eduardo y una de sus hermanas, no se especifica cuál– en un ambiente por momentos siniestro recuerda Una vuelta de tuerca de Britten. No en vano, probablemente Benjamin sea el único sucesor digno del de Aldeburgh.

El DVD recoge el estreno absoluto de la obra en Londres la primavera pasada. La entrega del reparto a la partitura es absoluta. A la cabeza se sitúa la soprano canadiense Barbara Hannigan, intérprete fetiche de Benjamin –ya le encomendó la protagonista de la anterior Written on Skin–, actriz inmensa y cantante magnífica para meterse en la piel de Isabel. Igualmente enorme Stéphane Degout, que compone un rey sádico y hedonista que, sin embargo, inspira cierta compasión. También perfectos en sus cometidos Gyula Orendt como el sinuoso Gaveston y Peter Hoare como un Mortimer proto-fascista, mientras que uno se queda con ganas de más con el príncipe de Samuel Boden. La orquesta del Covent Garden está soberbia bajo la batuta del propio compositor, y la puesta en escena de Katie Mitchell es un apoyo fundamental para el desarrollo dramático. En definitiva, una obra teatralmente irreprochable, musicalmente moderna, sin renunciar a la tonalidad, variada y, sobre todo, imaginativa, al servicio de un texto con el que respira y cuyo efecto subraya. Una obra redonda en una interpretación intachable.

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