DVD - Reseñas

Semper Gloriana Regina

Raúl González Arévalo

viernes, 7 de junio de 2019
Gaetano Donizetti: Il castello di Kennilworth, ópera seria en tres actos con libreto de Andrea Leone Tottola (1829). Jessica Pratt (Elisabetta), Carmela Remigio (Amelia Robsart), Xabier Anduaga (Leicester), Stefan Pop (Warney), Dario Russo (Lambourne), Federica Vitali (Fanny). Coro y Orquesta Donizetti Opera. Riccardo Frizza, director. María Pilar Pérez Aspa, dirección escénica. Angelo Sala, escenorgafía. Ursula Patzak, vestuario. Fiammetta Baldiserri, iluminación. Subtítulos en italiano, inglés, francés, alemán, japonés, coreano. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: Dolby digital 5.1; PCM 2.0. Un DVD de 139 minutos de duración. Grabado en el Teatro Sociale de Bérgamo (Italia), en entre el 24 de noviembre y el 2 de diciembre de 2018. DYNAMIC 37834. Distribuidor en España: Música directa.

Cuando se habla de la llamada Trilogía Tudor (nunca concebida como tal por Donizetti) se cita como precedente Elisabetta al castello di Kennilworth –lo que lleva a alguno, en el colmo del despropósito, a sugerir mejor una Teatrología Tudor–. La ópera, con el título original de Il castello di Kennilworth, se estrenó en Nápoles en julio de 1829, y se volvió a ofrecer al año siguiente, siempre en el San Carlo, ahora con el nombre de la reina precediéndolo y con algunos cambios que afectaban fundamentalmente al papel de Warney, que pasaba de tenor a barítono.

En esta segunda versión la rescató Opera Rara en Londres en 1977 con Janet Price e Yvonne Kenny como protagonistas femeninas, y el Festival Donizetti de Bérgamo en 1989, con Mariella Devia y Denia Mazzolà Gavazzeni (grabada por Ricordi). La decisión del mismo festival de proponer la versión original para dos tenores ha supuesto, por lo tanto, la recuperación en tiempos modernos de la obra tal y como la concibió su autor. Y, en consecuencia, la grabación de Dynamic, ofrece el título en primicia discográfica.

Aunque siempre se incluye la ópera en la etapa juvenil del bergamasco, como todo el catálogo previo a Anna Bolena (1830), merece la pena hacer un pequeño análisis antes de comentar la grabación. La distribución original con dos tenores y dos sopranos mira directamente a la Elisabetta, regina d’Inghilterra de Rossini, que supone por argumento y estructura su antecedente más inmediato. Sin embargo, Donizetti se encaminaba ya hacia la consecución definitiva de un estilo propio, como confirman las sucesivas Il diluvio universale e Imelda de’ Lambertazzi del año siguiente. Así las cosas, si en la versión original de Zoraida di Granata para dos tenores y soprano –no estrenada pero reconstruida y grabada por Opera Rara– el modelo rossiniano es absoluto, no se puede afirmar con tanta rotundidad lo mismo para este Castello.

La primera cuestión en la que se diferencia la obra es en la estructura en tres actos, que Donizetti favoreció en su primera madurez a partir de 1830, frente a los dos de las óperas serias napolitanas del Cisne de Pésaro. Para ello contó con el indispensable Tottola, que también había escrito libretos para Rossini. La segunda se refiere al propio reparto: la Elisabetta rossiniana responde al esquema preferente que presentaba una soprano corta como protagonista (Isabella Colbran), un tenor más agudo con facilidad para la coloratura (Manuel García) y un baritenor menos ágil (Andrea Nozzari), ninguno de los cuales necesita presentación. Hay además de una seconda donna, Girolama Dardanelli, cuyos estrenos no han dejado una gran huella en el repertorio, a pesar del éxito obtenido con Generali y Pacini.

La vocalidad de los protagonistas donizettianos era bastante diferente. La soprano titular, Adelaide Tosi, era una gran coloratura de enorme extensión hacia el agudo, como confirman otros papeles compuestos para ella por Meyerbeer (L’esule di Granata), Pacini (Alessandro nell’Indie), Bellini (Bianca e Fernando), Mercadante (I normanni a Parigi, Francesca da Rimini) y el propio Donizetti (Il paria), es decir, nada tenía que ver con la Colbran. Giovanni David, tenor agudísimo y ágil, había estrenado muchos de los papeles de Rossini en Nápoles, ninguno en la Elisabetta citada, y en 1829 los signos de desgaste eran evidentes. Por su parte, Berardo Winter era un tenor más central y sin mucha agilidad, de modo que no se puede equiparar a los papeles de Nozzari, como también confirman otras partes que le compuso Donizetti, con quien colaboró asiduamente en Il borgomastro di Saardam, L’esule di Roma, este Castello y las ya citadas Il diluvio universale e Imelda de’ Lambertazzi. Por último, la seconda donna, Luigia Boccabadati, frecuente al igual que Winter en las primeras óperas de Donizetti, estrenó para él la segunda versión de Zoraida di Granata, así como este Castello, las farsas I pazzi per progetto y La romanziera e l’uomo nero, y la semiseria Francesca di Foix. Tenía una voz más central y con menor despliegue de coloratura que la de la Tosi, pero también era capaz de otra expresividad, como confirma la sorprendente aria final de Sela en el Diluvio, de gran dramatismo. En consecuencia, y más allá de las apariencias, este Castello di Kennilworth no es una mera copia de Elisabetta ni de las fórmulas rossinianas, como cabría esperar de entrada. En lo que sí coinciden ambos compositores es en reservar una escritura mucho más florida a la protagonista, entendiendo la coloratura como un lenguaje áulico, que aquí se identifica como propio de la soberana.

Como en todas estas óperas, era preciso contar con un reparto de altura. Y se ha reunido como pocas veces en una obra prácticamente desconocida de estas características. Jessica Pratt, que ya había confirmado su afinidad con Donizetti con Rosmonda d’Inghilterra en este mismo escenario, no solo no teme el recuerdo de una joven Devia, técnicamente irreprochable: lo supera y se propone como referencia absoluta del papel gracias a un canto más expresivo y una actuación más cálida. No se me ocurre un nombre mejor para el papel hoy día. Belcantista suprema, heredera y sucesora de otras australianas, desde la Melba hasta la Sutherland, la Pratt (que también merece el artículo) se impone en primer lugar por la perfección técnica de la emisión: no sé qué me maravilla más, si la capacidad para apianar y regular el sonido, el dominio absoluto de las agilidades o los agudos deslumbrantes, todos presentes en el aria de entrada y el rondó final. Pero donde remata su condición de artista de gran clase y prima donna assoluta es en los recitativos, que borda por el sentido dramático justo que otorga a la palabra, y en los números de conjunto, como los dúos o el maravilloso cuarteto que cierra el segundo acto, chispazo de lo que será capaz de regalar Donizetti más adelante, donde se impone sin esfuerzo, pero sin avasallar tampoco. Por eso mismo me resulta desconcertante que no hayan contado con ella para la Lucrezia Borgia de la próxima edición. Espero que tenga ocasión de grabarla porque estoy seguro de que será todo un espectáculo, como casi cualquier Donizetti que le den en estos momentos.
 

Sin un registro publicado con la joven Yvonne Kenny como Amelia –otra insigne belcantista australiana–, Carmela Remigio supera por goleada a la siempre interesante en el acento Denia Mazzolà, que sin embargo nunca fue una gran belcantista. Mucho más cómoda en el repertorio del XIX que en el barroco, la soprano italiana está prácticamente perfecta en un papel más central, menos demandado en el agudo –que no es su punto fuerte– y cuya exigencia en materia de coloratura es más limitada. Al mismo tiempo, luce perfectamente un acento que requiere mayor fuerza sin exagerar el drama, sin perder de vista la línea de canto, en la que muestra una gran musicalidad. Además, es buena actriz, creíble en el dúo con Leicester y en el desprecio que siente por Warney. “Par che mi dica ancora”, auténtica aria de la locura donizettiana, armónica de cristal incluida, reúne todos estos elementos y completa el mejor retrato de la artista hasta la fecha, a la misma altura de la Maria Stuarda que encarnó en 2002 en el mismo escenario, también publicada por Dynamic.

Entre las voces masculinas es obligado empezar por Stefan Pop. Warney es un personaje más ingrato y mucho menos lucido que el reciente Roberto Devereux, y a buen seguro le conviene menos que el conde de Essex, pues su vocalidad, sin ser rossiniana, no anticipa aún la del Donizetti maduro, que ya presagia el Verdi más lírico. Sin embargo, se impone la raza del artista, la solidez del centro, la firmeza del agudo, la claridad de la dicción y la solvencia del acento. No estoy muy seguro de cuánto más hubiera podido matizar una parte que no tiene mucho desarrollo dramático y tampoco añade nada a una carrera que merece otros cometidos mayores, como algunos papeles creados por Duprez o Basadonna. En todo caso, difícilmente se podía sacar más provecho a una parte de la que sabe transmitir la falsedad interesada y la mezquindad ruin.

Xabier Anduaga es el tenor emergente del momento. Tras causar sensación como tercer tenor del Ricciardo e Zoraide de Pésaro, Leicester le sitúa ya como protagonista capaz. Al personaje le sienta estupendamente la belleza de la voz, la juventud del intérprete y una técnica muy buena, aunque aún tiene margen para mejorar. Con todo, sin un aria propia –como el homónimo de la Stuarda– y con dos dúos muy comprometidos, mantiene el tipo y da réplica adecuada a dos sopranos enormes en sus cometidos, de modo que el vasco causa una excelente impresión global. Para rematar, tendrá que profundizar en el fraseo y, sobre todo, en la intención dramática del acento, de menor efecto que el de sus compañeros.

Entre los secundarios, correctos Dario Russo como Lambourne y Federica Vitali como Fanny. El coro realiza un trabajo digno en general, aunque algunos momentos suenan más esforzados que adecuados, en especial algunas entradas y frases sueltas. A mayor altura suena la orquesta, con un trabajo honesto, que se beneficia sin duda de la afinidad de Riccardo Frizza con el repertorio del primer Ottocento y su dirección equilibrada. El maestro sabe acompañar las voces adecuadamente, algo fundamental en estas obras, y logra ofrecer con sonidos limpios los planteamientos dramáticos que ya anuncian el Donizetti maduro.

La puesta en escena es de una sencillez enorme, con un cuadrado inclinado sobre el que se desplazan los personajes y muy pocos elementos para ambientar las escenas. El vestuario estaba mucho más cuidado y desarrollado, adecuado y sin alardes para recrear el reinado isabelino. Y tiene la inteligencia de no intentar hacer de la ópera lo que no es, ni cambiando el género –se trata de un drama– ni pretendiendo una profundidad que no tiene, de modo que el resultado final, funcional, no inspira pero tampoco molesta, lo que se agradece.

Después de las recientes Il pigmalione, Olivo e Pasquale e Il borgomastro di Saardam, Dynamic sigue explorando las primeras obras del catálogo donizettiano, aunque con este Castello se sitúa –como el propio festival– en otro nivel. Ya se anuncia la primeriza Enrico di Borgogna, esa sí rossiniana de pleno derecho. Imposible no sentir curiosidad.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.