España - Cantabria

Música para un festival estival

Xoán M. Carreira

martes, 13 de agosto de 2019
Santander, domingo, 11 de agosto de 2019. Palacio de Festivales de Cantabria. Sala Argenta. London Symphony Orchestra. Sir Simon Rattle, director. Franz Joseph Haydn, Sinfonía nº 86 en re mayor, Hob. I/86. Benjamin Britten, Guía de orquesta para jóvenes. Serguei Rachmaninov, Sinfonía nº 2 op. 27. Festival de Santander 2019.
Rattle en Santander © by Pedro Puente/FIS, 2019

Tras el concierto, Jaime Martín, director del Festival de Santander, visiblemente satisfecho, contestó a mi saludo con un: "Música para un festival de verano". Y efectivamente la London Symphony Orchestra (LSO) ofreció un programa basado en el canon, idóneo para un veterano festival estival que representa el cénit de la creciente oferta musical santanderina. 

Haydn, Rachmaninov y Britten disfrutaron en vida de fama universal entre el público y los intérpretes, y fueron un modelo de referencia para sus colegas y para profesores de teoría musical y composición. Fueron artistas representativos del mainstream de su época y en el caso de Haydn el protagonista musical soberano e indiscutible de su época. En el siglo XXI Haydn es, junto con Haendel, el músico de referencia del complejo siglo XVIII. Por eso me desconcertaron las notas al programa de Jaume Fabregat, fruto de un convenio entre la Universidad de La Rioja y el Festival de Santander para que estudiantes del master de musicología hagan las notas al programa del festival. Tratándose de un programa tutorizado, es una pena que el/la profesor/a responsable no corrigiera los errores más evidentes, conceptual y gramaticalmente (incluso escribe con faltas de ortografía, como ese "Tchaikovsky" que contradice las normas de la RAE y ya ni siquiera usan los anglosajones desde hace años).  

Haydn es uno de los compositores favoritos de Rattle. Lo conoce profundamente, empatiza con su música, que disfruta sin disimulo, y desea compartir este goce con sus músicos y con el público. Interpretar la Sinfonía en re mayor nº 86 en la Sala Argenta es todo una aventura acústica. Para los que no conozcan la sala, se trata de un espacio rodeado de columnas y abierto, lo que impide que el sonido se quede en la sala y se dirija hacia los espectadores. Haydn inició sus especulaciones sobre la acústica orquestal en grandes salas precisamente con esta Sinfonía nº 86, la primera de las suyas escrita para ser tocada en un teatro público (la Loge Olympique de París). 

Rattle no sólo resolvió este desafío de modo infalible, consiguiendo un equilibrio, empaste y proyección de sonido casi milagrosas, sino que además alcanzó la excelencia interpretativa en el fraseo, articulación, dinámica, contrastes y -lo que es aún más importante- retórica discursiva. Salí del concierto convencido de haber asistido a la mejor interpretación que recuerdo de esta Sinfonía en re mayor, pionera de lo que llamamos estética romántica.

Rattle, que dirigió esta obra sin podio ni batuta, incluso interactuando con los músicos, exhibió el fruto de un largo proceso de maduración personal y artística que integra por un lado su experiencia de trabajo con la Orchestra of the Age of Enlightenment (de la que es artista principal) que se refleja en la rica panoplia de acentos, ataques y articulaciones, así como de su no menos larga experiencia como consumado intérprete de la música de George Gershwin y John Adams, en la cual ha potenciado su propia riqueza rítmica y su fina sensibilidad tímbrica. Probablemente sólo tras haber dirigido Gershwin se pueda lograr esa soberana precisión en los ataques de las trompetas y timbales o esa sonoridad ligeramente ácida en las maderas cuando se convierten en protagonistas. Incluso la experiencia de haber dirigido a Adams dota de nuevo sentido a la empastada sonoridad de los violines con las trompas (al fin y al cabo Haydn no pudo disfrutar del placer de escribir una parte de sintetizadores). 

La Guía de orquesta de jóvenes de Britten, una obra muy interpretada por la LSO, hasta el punto de que ellos marcan el canon interpretativo para muchos oyentes, sufrió las represalias de la acústica de la Sala Argenta que consiguió que en algunos momentos nuestro cerebro se viera engañado entre lo que veía y lo que oía. En una obra tan destinada al lucimiento de la orquesta y tan sutil en sus bromas sobre el carácter de cada instrumento, estos desequilibrios acústicos provocaban caídas de la atención o simplemente que el público asistente se quedara con las virtudes más externas de la obra: la grandeza sonora, los fortísimos, las variaciones rítmicas, etc. Puesto que la posición de mi butaca favoreció al arpa, me parece justo destacar la extraordinaria calidad de su intérprete, probablemente Bryn Lewis (el programa no indicaba el nombre de los músicos). 

La Segunda sinfonía (1907) de Rachmaninov es una obra maestra del estilo moderno y así fue reconocida desde su estreno al igual que hoy en día. Indisimuladamente deudora del modelo de la Patética de Chaicovsqui, modelo venerado universalmente por los compositores de los últimos años de la Belle Époque (desde Puccini a Stravinsky, y desde Sibelius al joven Falla). Rachmaninov tenía un pleno dominio de la forma y era un extraordinario orquestador, pero sobre todo -como artista moderno que era- su principal preocupación era emocionar y conmocionar al público, utilizando como vehículo trasmisor la empatía de los intérpretes. No es en vano que esta Sinfonía sea una de las grandes fuentes de inspiración de la música cinematográfica de la Guerra Fría. Cuestión esta que la interpretación de Rattle no obvia. Por el contrario, hace sonar en todo su esplendor aquellos temas que buena parte del imaginario colectivo de la sala identifica con los característicos paisajes del Medio Oeste norteamericano. 

Al margen de lo afortunado de su elección para este festival estival, la Segunda sinfonía de Rachmaninov es una obra apropiada para exhibir el magnífico estado actual de la LSO y la profunda maduración afectiva de Sir Simon Rattle, un artista del siglo XXI en constante renovación. Capaz como pocos de hacernos tomar conciencia de que la producción de Haydn y de Rachmaninov no es música del pasado sino música creada en 2019. 

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