Rumanía

Desconcierto

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

miércoles, 11 de septiembre de 2019
Bucarest, sábado, 7 de septiembre de 2019. Auditorium del Museo Nacional de Artes. Charles Richard-Hamelin, piano. Festival Enescu, 2019. Debussy, Images oubliées. Rachmaninov, Morceaux de fantaisie op. 3. Enescu, Suite para piano nº 1 en sol menor op. 3 'dans le style ancien'. Prokofiev, Sonata para piano nº 4 op. 29. Festival Enescu 2019
Charles Richard-Hamelin © Festival Enescu, 2019

Inauguramos nuestra visita al Festival Enescu con este concierto matinal, porque el apellido Hamelin, unido a piano, siempre es atractivo. Sin embargo Charles Richard-Hamelin (Joliette, 1989), aunque igualmente canadiense y quebecoise, no es Marc-André Hamelin (Montreal, 1961), quien dará un recital en este mismo festival el próximo 14 de septiembre. Y debemos confesar que llegamos a la sala de conciertos despistados (y medio dormidos, porque gracias a esos 'maravillosos' retrasos aereos habíamos aterrizado en Bucarest en mitad de la madrugada), sin saber cuál de los dos nos tocaba escuchar. 

Ciertamente Richard-Hamelin es un pianista muy competente, que en los últimos años ha participado y ganado diversos premios, y cuya carrera está despegando con fuerza, como solista y en música de cámara, pero el balance global del concierto fue desconcertante. Richard-Hamelin hizo una ejecución brillante, desplegando una importante técnica: gran igualdad entre manos y dedos, ataque absolutamente preciso, gran fluidez melódica, buena proyección (aunque quizás no estaba a gusto con el instrumento que le había tocado), etc. Sin embargo en muy pocos momentos llegamos a percibir una interpretación musical coherente, a entender sus intenciones.

La interpretación de las Images oubliées de Debussy con las que inició el concierto fue plana, falta de esa sensibilidad tan típica de la Belle Époque. Y no es que Richard-Hamelin optara por la visión moderna o vanguardista de Debussy, algo que hacen muchos pianistas, resaltando lo que tiene de innovador en su lenguaje, sino simplemente que fue aburrido. Y eso es especialmente grave en una obra tan simbolista como Images oubliées (1894), llena de evocaciones e invocaciones a la imaginación del oyente y del intérprete, que -en palabras del propio Debussy- "no son para salones brillantemente iluminados [...] sino más bien conversaciones entre el piano y uno mismo". 

La Cuarta sonata de Prokofiev fue también una decepción, porque precisamente la precisión mecánica, esa gran técnica que posee Richard-Hamelin, dejaba en evidencia la ausencia de un discurso interpretativo coherente. A veces hacía cosas muy bellas, alardes de sonido y fraseo que encandilaban, y poco después una banalidad rompía el encanto. Pero aún más grave era ese no saber qué pretendía Richard-Hamelin, cuál era su visión de Debussy, Prokofiev o incluso el Chopin de las dos propinas que ofreció al finalizar el concierto. De hecho una de los momentos menos atractivos del concierto fue el Andante Spianato de Chopin (antes había tocado un nocturno, sin nada destacable), zigzagueante e incluso disperso al grado que nos preguntamos por la posibilidad de que Richard-Hamelin se encontrase indispuesto. 

En el caso de las Morceaux de fantaisie op. 3 de Rachmaninov, obras breves y de lucimiento, la situación cambió. Richard-Hamelin hizo una versión poco imaginativa aunque satisfactoria de estas encantadoras obras, puesto que el virtuosismo no le falta. Nuevamente percibimos esa desconcertante mezcla de momentos brillantemente resueltos con otros descuidados, pero el resultado total es positivo. Probablemente lo más atractivo del concierto fue la interpretación de la Suite para piano nº 1 en sol menor op. 3 'dans le style ancien' de Enescu, quizás porque al ser una obra poco habitual en el repertorio tanto el propio Hamelin como el público no rumano sentíamos más curiosidad. A ambos nos llamó nuevamente la atención el romanticismo que impuso a la obra, puesto que las notas al programa hablaban de referencias a compositores del siglo XVIII o anteriores, "dans le style ancien", y lo que sonó tuvo mucho de chopiniano. A Maruxa incluso le pareció percibir una cita del mismo Nocturno de Chopin que luego tocó como propina al final. En cualquier caso, Richard-Hamelin tuvo la cortesía de defender con convicción la enorme categoría artística de George Enescu como compositor y no considerarlo simplemente como un 'peaje' impuesto por la participación en este festival.  

En resumen, Richard-Hamelin es un pianista con virtudes y capacidad, pero al que parece faltarle aún madurez para definir su estilo. O quizás simplemente el ser canadiense como Glenn Gould o Gil Evans pueda resultar un peso significativo para un pianista joven, que se ve obligado a competir en concursos donde la imaginación no es un factor que se valore especialmente, y al mismo tiempo ser tan personal y creativo como Gould, Evans o el propio Marc-André Hamelin. 

En cualquier caso el público discrepó de nuestra valoración, ovacionó entusiasmado a Richard-Hamelin y muchos se agolparon al final del concierto en la mesa de autógrafos mientras otros se quedaban al lado de la puerta de salida comentando sus momentos favoritos del recital. 

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