Extraño programa para inaugurar el curso de la Sinfónica de Galicia. Ecléctico, dirán los más prudentes; incoherente, dirán los más furibundos. A mí me resultó equilibrado en el sentido de que ninguna de las cuatro piezas tiene nada que ver entre sí; además, en ningún sitio está escrito que el programa de un concierto deba necesariamente contener un elemento de cohesión entre las obras que lo conforman. La única cohesión exigible es que se toque bien. Y esa exigencia fue sobradamente satisfecha.
Y para extraña la Sinfonía de Los Salmos de Igor Stravinski. Qué obra tan curiosa, en la que un autor cuya fama se debe a lo pagano habla de las virtudes teologales con tanta elocuencia como espiritualidad; qué chasco se debieron llevar en la Sinfónica de Boston cuando recibieron el encargo que habían hecho a Stravinski para el cincuentenario de…
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