Tantos curas esgrimiendo cruces con ceño cretino siguen prendiendo fogatas en los Don Carlos de teatros internacionales que cuando leí unas críticas de la nueva producción de Amberes salí corriendo para ver si era cierto que allí vería algo nuevo. Lo primero distinto que encontré fue un teatro lleno y rebosante de gente joven. Y en la escena me encontré con la primera puesta operística del reconocido director teatral Johan Simons. Se trata de una regie de fuertes contornos surrealistas, concebida como la evocación de un protagonista infantil y enajenado que espera su fin en una cunita con barrotes blancos, que ora le sirve de prisión, ora de catafalco.
El condenado permanece todo el tiempo en escena y sale de su cuna para revolotear alrededor de los demás personajes, cantando e interfiriendo entre ellos cuando se lo pide la partitura.…
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