Después de un primer concierto de temporada algo irregular, se produce el que parece ser una de las cumbres de la temporada: el del n.º 2, un “todo Chaikovski” que podría ser juzgado tan comercial por las obras como inhabitual por el formato. Como ocurre siempre, estas apreciaciones apriorísticas pueden languidecer ante la importancia de los resultados, que en este caso fueron apabullantes.
En el Concierto para violín, e incluso antes que el solista, lo primero que destacó fue el sonido de la orquesta, que Pinchas Steinberg consiguió convertir en una especie de tapiz. No hay duda de que este director es un esteta y disfruta calibrando volúmenes, imbricando timbres... para conseguir una suerte de uniformidad que curiosamente abre todas las posibilidades del mundo, como demostraría en su inolvidable Quinta y desde luego en el Concierto,…
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