Maduré, como tantos otros de mi generación, idolatrando la cultura. Por entonces, no se usaba calificarla de eurocéntrica, selecta, auténtica o alta. Todos sabíamos lo que era cultura: leer a Cioran, Proust o Cortázar; ver cine de autor en las salas de arte y ensayo; asistir a un concierto sinfónico o a un recital de música electroacústica de alguna de las vanguardias cultas y académicas; visitar las exposiciones monográficas de artistas contemporáneos y "comprometidos"... También teníamos muy claro lo que no lo era. Hasta los periódicos ayudaban a no mezclar las cosas: un recital semiclandestino de un cantautor, o se silenciaba, o aparecía en la sección de política (cuando no, en la de sucesos); un concierto de la Orquesta Nacional, en las páginas de cultura; y un show de una folklórica, en el espacio dedicado a espectáculos o a la…
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