España - Galicia

Un concierto en dos partes

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 28 de noviembre de 2019
Santiago de Compostela, jueves, 21 de noviembre de 2019. Auditorio de Galicia. Pacho Flores, trompeta. Real Filharmonía de Galicia. Manuel Hernández-Silva, director. Arturo Márquez: Concierto de otoño para trompeta y orquesta; Efraín Oscher: Danzas latinas para trompeta y orquesta; Jean Sibelius: Sinfonía nº 2 en Re mayor, op. 43. Asistencia: 90%.
Pacho Flores © 2019 by Auditorio de Galicia

Para acceder al interior del Auditorio de Galicia hay dos puertas: por una entramos quienes previamente hemos pasado por taquilla; por la otra se trafica con los pases de favor. Normalmente en esta segunda puerta se junta un puñado de amigos y familiares de los miembros de la orquesta, pero hoy había una verdadera aglomeración de gente. De modo que al lado de la parroquia habitual esta noche vi unas cuantas caras nuevas, cuya presencia en la sala se hizo notar no sólo con aplausos entre movimientos (nada que objetar), sino sobre todo al final de la primera parte del concierto en forma de silbidos aprobatorios. Bienvenidos sean los silbidos y quienes los soplaron, aunque habiéndose ahorrado el precio de la entrada (apenas superior a la de una sala de cine) bien podían haberse quedado a la segunda parte.

El caso es que volvía el venezolano Pacho Flores con un programa latino comisionado por él, y con seis instrumentos, seis (tres trompetas, dos cornetas y un fiscorno), igualmente fabricados para él por la firma valenciana Stomvi. El hombre tiene buen cartel, y no seré yo quien le niegue ese mérito. Y no defraudó, si bien a diferencia del concierto de la temporada anterior –más variado y más serio- esta vez el carácter monográfico de su intervención acabó resultándome un pelín cargante. El año pasado fue la sorpresa, el descubrimiento de un músico con unas dotes sobrehumanas en fuelle y en virtuosismo; esta noche también las exhibió -y mi asombro no se resintió-, pero más al servicio de la gloria propia que a la de los compositores.

Del mejicano Arturo Márquez (Álamos, Sonora, 1950) todo el mundo conoce y admira –servidor el primero- su Danzón nº 2 para orquesta. El Concierto de otoño es igualmente arrebatador, al punto que uno no puede evitar mover –con prudencia- los pies y los omóplatos mientras escucha esta música “quitapesares” (así lo expresa el mismo Márquez en las notas del programa de mano). Lo malo es que, de tanto arrebato, a Flores y a Hernández-Silva la cosa se les fue de las manos –sonido de brocha gorda por ambas partes-, y aquello se convirtió en un descontrol (sé de buena tinta que el personal del Auditorio se marcó una conga entre bambalinas).

Otro tanto ocurrió con el estreno absoluto –imagino que el autor no estaba presente en la sala, porque de otro modo habría salido a saludar- de las Danzas latinas del uruguayo Efraín Oscher (Montevideo, 1974), quien demuestra saberse su Copland y su Bernstein, aunque aquí se haya decantado por cinco “mascletás” para trompeta y orquesta. Una cosa es que solista y director sean dos bailongos irredentos (la cadencia de la última de las danzas con el maestro acompañando a los bongos), otra que se trate de músicas desenfadadas, y otra que no deban tocarse con finura.

Con dos serenas excepciones, coincidiendo con los momentos en que Flores hizo sonar el fiscorno con una calidez maravillosa: el segundo movimiento del Concierto de Márquez (durante el que Diego Ventoso dio todo un recital de buen gusto tocando las maracas, mientras Roberto Oliveira a las claves recordaba ese “ta, ta-ta, ta-ta” que constituye la base rítmica de toda la música popular caribeña), y el vals venezolano con el que agradeció la ovación del público (no debe olvidarse que en Caracas saben tanto de valses como en Viena o en San Petersburgo, y que además allí no los recluyen en los salones de baile).  

En la segunda parte Manuel Hernández-Silva renovó por enésima vez su idilio con la Real Filharmonía de Galicia (la prueba es el pataleo de los músicos al final de la función). Él es de esos directores con los que uno practica el estimulante proceso –que dura una fracción de segundo pero se repite en innumerables ocasiones a lo largo de la pieza- que consiste primeramente en interpretar su gesto y su expresión facial, después deducir la consecuencia sonora de esa invitación antes de que se escuche, acto seguido comprobar el acierto en la deducción, y finalmente sentir -¡y pensar!- aquello que hace insustituible la experiencia del concierto en vivo: qué bonito es, qué bien tocado está, lo están haciendo para mí, y yo correspondo esforzándome en la atención.

Por supuesto, esa satisfacción sensorial e intelectual no se produciría sin un concepto claro, trabajado antes en los ensayos y transmitido ahora a través de la batuta y de la mirada. Precisamente porque el maestro conoce bien a la orquesta, Hernández-Silva hizo un Sibelius a la medida de las posibilidades de la Real Filharmonía: serio, concentrado, compacto, y de tiempos ligeros para no descompensar cuerda y metal (la única pena es que, habiendo mantenido la fanfarria a raya, en cambio los violines no encontraron el último punto del empaste: ¿tal vez faltó un ensayo más?). Ejemplos: el dramatismo de la conclusión del primer movimiento –esos dos pizzicatos sangrantes-; el pulso del Andante contra viento y marea –y anda que no hay mucho de uno y otra en este fragmento sinfónico, el más extraño y misterioso del autor-; el nervio del Scherzo que sin embargo no olvida un fraseo elegante en el breve puente del violonchelo solo en el Trio; y la expresividad contenida del Finale, elocuente pero sin regodeos.

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