Para acceder al interior del Auditorio de Galicia hay dos puertas: por una entramos quienes previamente hemos pasado por taquilla; por la otra se trafica con los pases de favor. Normalmente en esta segunda puerta se junta un puñado de amigos y familiares de los miembros de la orquesta, pero hoy había una verdadera aglomeración de gente. De modo que al lado de la parroquia habitual esta noche vi unas cuantas caras nuevas, cuya presencia en la sala se hizo notar no sólo con aplausos entre movimientos (nada que objetar), sino sobre todo al final de la primera parte del concierto en forma de silbidos aprobatorios. Bienvenidos sean los silbidos y quienes los soplaron, aunque habiéndose ahorrado el precio de la entrada (apenas superior a la de una sala de cine) bien podían haberse quedado a la segunda parte.
El caso es que volvía el venezolano…
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