Una de las cosas verdaderamente feas que tiene el estar muerto es no poder escuchar el Réquiem de Brahms. Más que nada porque uno ni siquiera debe de saber que está muerto. ¡Como para andar entonces penetrando en los significados de esta obra! Incluso vivo (yo suelo tener la sensación de que estoy vivo) parece que no se acabe nunca de alcanzar a entender ese maldito no sé qué (tan brahmsiano, por otra parte) que lo recorre. Esa mezcla de dulzura, fuerza, esperanza, resignación, poesía, drama, espiritualidad, sensualidad, consuelo, alegría, beatitud y… ¿mala leche? Perdón por exponer esta duda, fruto tal vez de mi susceptibilidad. Pero el latido inicial en la cuerda grave tiene tanto de vida biológicamente presente, de vida aferrada a la vida, que hay que tener cierta mala idea para hacer arrancar con ella un réquiem. Claro que también es…
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