Si todos los que empezamos a leer crítica allá a finales de los 80 y parte de los 90 en España siguiéramos teniendo en cuenta las tonterías que desde los chiringuitos de turno se publicaban sobre algunos maestros, escuchar a Slatkin en directo nos hubiera causado lipotimias. Ya por entonces uno podía preguntarse cómo era posible que esos músicos que sistemáticamente solo tenían una estrella en la lista de las mejores versiones (lo que siempre partía de un calculado desprecio por todo aquello que podría amenazar zonas de confort), entre los que se encontraban grandes hoy poco discutibles como Dutoit, Donhányi, Masur, el propio Slatkin, grabaran discos a diestro y siniestro. ¿Es que las discográficas no se enteraban? ¿Cómo podían lanzar a 3000 pesetas un CD de un director tan malo?
La realidad conectaba con otro aspecto: la también…
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