A la vista del programa, me había prometido a mí mismo disfrutar de una función alegre, divertida y chispeante: una obertura celebérrima directamente ligada a la sinfonía con más sarcasmo de todas las de su autor, y un concierto de fuegos artificiales. Además, un solista precedido de galardones prestigiosos y un director a quien ya conocía y de quien tengo buena opinión. Disfrutar, disfruté; pero esta noche no se escuchó en el Palacio de la Ópera nada divertido ni chispeante (y no me estoy refiriendo a los “guasapitos” inoportunos –todos procedentes del mismo sector de la sala, lo cual significa que al dueño del teléfono no le dio la gana de apagarlo-, ni al coro de toses del respetable –al que un servidor contribuyó, no por aburrimiento sino por catarro-).
Andrey Boreyko (Leningrado, 1957) no quiso ningún lirismo en las secciones impares…
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