España - Galicia

Beethoven el minimalista

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 19 de febrero de 2020
Santiago de Compostela, jueves, 13 de febrero de 2020. Auditorio de Galicia. Cuarteto Quiroga (Aitor Hevia y Cibrán Sierra, violines; Josep Puchades, viola; Helena Poggio, violonchelo). Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Anna Clyne: Masquerade; John Adams: Absolute Jest; Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 2 en Re mayor, op 36. Ocupación: 80%
John Adams © 2013 by Christine Alcino

“Jugando con Beethoven”, reza el título del concierto. Por supuesto se refiere en exclusiva a la segunda obra en cartel, en la que John Adams realmente juega con diferentes temas del genio de Bonn (ninguno, por cierto, de su Segunda Sinfonía). Porque con la Sinfonía en Re mayor lo último que hizo Paul Daniel fue jugar; al contrario, se la tomó muy en serio. Y porque no hay nada de Beethoven en la obra de Anna Clyne que abría plaza; pero sí mucho juego en una pieza concebida específicamente para el jolgorio multitudinario de “La Última Noche de los Proms” en su edición de 2013.

Riccardo Muti conoce bien a Anna Clyne (Londres, 1980) porque fue compositora residente en la Sinfónica de Chicago hace unos años. De su trabajo dice el maestro napolitano que “se sitúa en la dirección del drama interior en una especie de tormenta espiritual”. Esta Masquerade tiene desde luego mucho de fuerza interior, pero su tono es marcadamente festivo -sin ser vulgar ni gratuitamente ruidoso-; y además es trepidante porque esos apenas cinco minutos de música a tiempo ligero le estimulan a uno de la mejor manera, gracias a un buen conocimiento de los medios orquestales y a un lenguaje asumible por todos los públicos. Daniel y la Real Filharmonía se recrearon en esta música y recrearon al respetable.

Lo de John Adams (Worcester, Massachusetts, 1947) es directamente una gozada. El mérito de Absolute Jest no estriba en hacer una obra a partir de material temático de los últimos cuartetos de Beethoven o de sus sinfonías; sino en descubrir que Beethoven en sí mismo puede sonar tan modernamente minimalista como las obras del propio Adams. Imaginen una pieza de casi media hora impulsada por con la misma célula rítmicamente saltarina que mueve el Scherzo de la Novena Sinfonía; una pieza que suena a Adams por los cuatro costados (su escritura siempre transparente, la sorpresa constante en las alternancias de las intervenciones solistas, el lenguaje próximo y plagado de síncopas); y que, de pronto, salten uno o dos compases -o solo medio compás- de aquel Scherzo, de forma que la música de Beethoven suene como si estuviese compuesta en 2012.

Daniel, el Cuarteto Quiroga y la orquesta hicieron que esa media hora pasase como un suspiro. Daniel usó la batuta -adminículo que sólo emplea cuando tiene delante una orquesta engordada con numerosos refuerzos y cuando la obra en cuestión requiere de un gesto preciso- para administrar el divertimento en su justa medida para no perder el pulso ni la limpieza en los planos sonoros; la Real Filharmonía -todos sentados al borde de sus sillas- se lo pasó en grande; y el Cuarteto Quiroga demostró su categoría con atención, claridad y poderío sonoro (una cosa es que se ayudaran de una discreta amplificación, y otra que Cibrán Sierra haga los honores tocando un Amati que en su día usó Arnold Rosé, el legendario concertino de la Ópera de Viena en los tiempos de Mahler). Haciendo valer su galaico nombre, los del Quiroga agradecieron la ovación del público dando la gaita (entiéndaseme).

Para trasladarles la impresión inmejorable que me produjo la interpretación de la Segunda Sinfonía primero tengo que referirme al sonido: fuerte, vigoroso, claro, rotundo, inexorable, rugiente, luchador y rabioso como yo creo que debe sonar Beethoven (se haga “como siempre” o “históricamente informado”, o tomando lo mejor de ambos mundos, que es como lo hicieron Daniel y la Real Filharmonía). Pero también quiero referirles una imagen que me ayudó a comprender tal felicidad auditiva (al fin y al cabo uno va al concierto para escuchar, pero también para ver): Daniel pasó las hojas de la partitura en los dos movimientos intermedios; pero en los movimientos exteriores -para mí los que mejor salieron-, una vez sujetado el timón del tiempo, mantuvo los papeles quietos en el atril mientras dejaba hacer a la orquesta, en prueba de esos raros momentos en los que todos quienes están en el escenario saben -y quienes estamos del otro lado notamos- que cuando algo funciona no hay que tocarlo.

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