Mírenle la cara a Rostropóvich cuando toca, esa doble línea horizontal de su boca, categórica, taxativa, acaso reflejo del arco que hiende el violonchelo con compacta lubricidad de carnicero. Fíjense ahora en el rostro de Gabetta, esa doble línea vertical de su entrecejo, el cauce por el que asciende lo que no puede permanecer pegado al suelo, un sonido dulce, de ponderada espesura y matizado color. Quédense con los dos, claro. Pero ahora nos toca permanecer un poco más junto a ella para recordar su exquisita articulación, la musical ligereza de su virtuosismo, la sensibilidad de su fraseo, el empaste de sus armónicos, el desafío hilado, casi detenido, sobre el silencio. Domina el Concierto de Saint-Saëns, lo mima, lo disfruta, lo comparte con los atriles que la rodean, y el director, de su añada (1981), balancea la orquesta, coordina…
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