Siempre he creído que si Andréi Tarkovski (Zavrasje, 1932 - París, 1986) hubiese conocido Galicia, se habría enamorado de ella. No tanto de sus estampas de postal, ni de sus monumentos enfocados como reclamo turístico, sino de esa Galicia interior cuyas aldeas abandonadas va esculpiendo el tiempo por medio de las brumas, las nieblas y las lluvias, dejando sobre los muros en ruinas una pátina de musgo y líquenes que despliega una tan rica como para nosotros innombrable escala de verdes (en eso, nuestro acervo lingüístico no resulta tan aquilatado como el de los pueblos árticos para los matices del blanco). Sin embargo -que tenga constancia-, Tarkovski nunca pisó Galicia, aunque como hombre culto que el realizador ruso fue, sin duda la conoció, al menos, a través de dos de sus pasiones: el cine y la literatura, ya fuere por la presencia de…
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