El Royal Danish Ballet ha pisado el escenario del Teatro Real para deleite de los amantes del clásico y desesperación de sus detractores. Los unos, porque hemos disfrutado de una de las compañías de danza más antiguas y más respetadas del mundo, que no ha defraudado en ninguna de sus representaciones; los otros, porque no podían alegar los argumentos a los que generalmente se agarran: ni los daneses aburrieron, ni dejaron de aportar nada nuevo, ni mostraron ninguna señal que refleje declive económico ni intelectual. Con sus puntas brillantes, sus tutús impecables – ellas – , con su sobria masculinidad y técnica deslumbrante – ellos –, llegaron y convencieron. Todo, gracias al talento de Bournonville y la inteligencia de sus sucesores. La apuesta del Teatro Real ha sido, en ocasión, muy acertada. Si sorprendió una asistencia discreta de…
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