Cien años después de su estreno, las obras originales de Arnold Schoenberg siguen sin gozar del favor general del público (y de los músicos). No así sus arreglos de composiciones ajenas -que tienen plena vigencia-, tanto los propios (desde el Cuarteto con Piano de Johannes Brahms hasta el Vals del Emperador de Johann Strauss), como los de sus discípulos. Parece ser que en 1920 Schoenberg tenía prisa por presentar en su “Sociedad musical privada” la Séptima Sinfonía de Anton Bruckner, y ante el tamaño de la pieza encargó la reducción a dos jóvenes veinteañeros -Hanns Eisler (compositor que más tarde se separó del dodecafonismo y cuyo nombre aún mantiene uno de los conservatorios de Berlín), y Karl Rankl (director de orquesta que puso orden artístico en el maltrecho Covent Garden de la posguerra, hasta que regresó el Baronet Beecham con su…
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